Testimonio de una cordobesa: del orgullo regional a la tragedia de las inundaciones
Cordobesa narra su tierra y la tragedia de las inundaciones

Una vida entre el orgullo cordobés y la fuerza del río Sinú

Mi historia comienza en la cuna del porro sinuano, bajo la sombra del tradicional sombrero "vueltiao", jugando en la tierra fértil que caracteriza a mi región y asomándome cada tarde a las orillas del majestuoso río Sinú, justo cuando los areneros llegaban con su carga. Debo confesar que esta labor, la de los areneros, es una de las más duras que he conocido en mi vida.

Raíces familiares en Montería

Bordeando este mismo río se encuentra Montería, la ciudad que me vio crecer junto a una familia numerosa y llena de carácter: nueve mujeres, mis tías Corrales, que marcaron mi infancia. Fueron años donde me enamoré profundamente de esta tierra que, aunque modesta en su desarrollo urbano, esconde en su ruralidad un valle inmenso y extraordinariamente productivo.

Siendo aún una niña, mi familia tomó la decisión de emigrar al exterior en busca de nuevos horizontes. La distancia era enorme y yo apenas comprendía el significado de aquel cambio, pero nuestras raíces cordobesas nunca dejaron de llamarnos; por eso, eventualmente, regresamos.

El orgullo de ser cordobesa en el mundo

A los 18 años, partí nuevamente del país para perfeccionar mi dominio del idioma inglés. En cada encuentro con personas de otras culturas, mi momento predilecto llegaba cuando me preguntaban si era de Córdoba, Argentina. Yo, con una amplia sonrisa llena de orgullo, respondía: "No, soy de Colombia, del departamento de Córdoba".

Con el tiempo, retorné a mi tierra natal y la encontré más fuerte y próspera que nunca. Mientras en otras partes del país se hablaba del campo con términos de atraso, en Córdoba conversábamos sobre futuro y oportunidades concretas.

  • Más de dos millones de cabezas de ganado pastaban en nuestras extensas sabanas.
  • Los pastizales no representaban mera supervivencia, sino símbolos de abundancia.
  • El maíz no era una simple promesa: era cosecha tangible.
  • El arroz no constituía únicamente esperanza: era una industria consolidada.

Las fincas crecían visiblemente, las carreteras mejoraban su conectividad y, a diferencia de lo que algunos podrían pensar, yo no crecí viendo cómo Córdoba retrocedía. Por el contrario, fui testigo de cómo avanzaba a paso firme.

Persiguiendo sueños desde Bogotá

Con cierto dolor, partí una vez más, esta vez hacia la capital, Bogotá, para perseguir mis dos grandes aspiraciones: convertirme en reina y ejercer el periodismo. Enfrenté cada desafío con la ilusión y la pasión de quien sabe exactamente lo que desea alcanzar.

En algunas ocasiones, me topaba con personas que desconocían la existencia de mi departamento, y otras que se entretenían bromeando con mi acento característico o diciendo "eche" sin tener la menor idea de su uso adecuado. Resultaba un tanto frustrante, pero también divertido; parecía que mi manera de hablar constituía un pequeño misterio internacional que todos ansiaban descifrar.

Reencuentro con las raíces cordobesas

Al cumplir mis sueños, tuve el honor de representar a mi departamento en el Concurso Nacional de Belleza y me propuse recorrer sus 30 municipios para reencontrarme con mis raíces y conocer de primera mano todo lo que nos define como cordobeses.

  1. Pude admirar no solo las impresionantes artesanías de los indígenas zenú, reconocidas mundialmente, sino también su meticuloso proceso creativo.
  2. Degusté la exquisita comida árabe en Cereté y recordé que Santa Cruz de Lorica conserva la huella de miles de árabes que migraron allí buscando refugio.
  3. Disfruté de las playas de Moñitos, viví la alegría contagiosa del Festival del Porro en San Pelayo y me encontré con la imponente hidroeléctrica de Urrá, custodiada por la etnia indígena embera, que define la fuerza y la riqueza de nuestra tierra.

La tragedia que cambió todo

El seis de febrero de 2026, día en que la lluvia llegó a Córdoba, primero como un susurro leve y luego como un rugido ensordecedor que abrazó la tierra con fuerza devastadora. Los ríos, cargados de memoria histórica, rompieron sus orillas y los caminos se transformaron en espejos de agua interminables.

Diecisiete municipios despertaron bajo el mismo cielo gris plomizo y la calamidad se hizo visible en cada casa, en cada calle, recordándonos la fuerza imparable e indomable de la naturaleza. Sin pensarlo dos veces, tomé el primer vuelo disponible hacia mi hogar.

El paisaje desolador de la inundación

Al llegar, me encontré con un paisaje profundamente lamentable: más de 150.000 personas afectadas, aproximadamente el 80% del territorio bajo el agua y alrededor de 50.000 familias que veían impotentes cómo la corriente violenta se llevaba sus casas y pertenencias.

Las calles se habían convertido en ríos turbulentos; muchas personas se resistían a abandonar sus hogares; niños lloraban desconsolados y mujeres embarazadas buscaban desesperadamente cobijo. La tierra ganadera, otrora símbolo de abundancia, vio morir a miles de reses. No fue simplemente una inundación: fue mirar con el corazón destrozado esas mismas calles de mi infancia, cubiertas por un agua que no pedía permiso para invadirlo todo.

Fue comprender, de manera dolorosa, que el progreso también puede ahogarse. El agua no solo borró caminos físicos: borró certezas, borró sueños y borró la normalidad que conocíamos.

La misión periodística en medio del caos

Mi misión era informar a todo Colombia sobre lo que estaba sucediendo y, en medio de la catástrofe, caminaba con mis botas pantaneras, con el temor constante de pisar una alcantarilla abierta. En ese recorrido, encontré historias que me conmovieron profundamente:

  • El señor octogenario que, cada día sin falta, ayudaba a otros ancianos de su barrio cargando agua y alimentos.
  • La madre que no solo logró salvar a su familia, sino también a sus siete gallinas, asegurándose de que ningún ser vivo quedara atrás.

Aunque la tragedia golpeó con fuerza brutal, los cordobeses afectados demostraron ser personas sin límites, pujantes, resilientes y, sobre todo, llenas de una esperanza inquebrantable.

El espíritu solidario que emergió

En medio de la devastación, nació un poderoso espíritu de solidaridad: empresas privadas y miles de colombianos de todas las regiones se unieron para donar toneladas de agua potable, kits de aseo, mercados de alimentos, colchones y tantos otros insumos que, aunque insuficientes ante la dimensión de la tragedia, resultaron significativos para cada uno de los damnificados.

La lección de reconstrucción

Justo cuando tomaba un vuelo de regreso a mi otra realidad en Bogotá, comprendí plenamente que, aunque el camino de reconstrucción será largo y arduo, juntos podemos superar cualquier obstáculo. Como lo proclama nuestro himno cordobés con firmeza y determinación: ¡Contigo, sobre el yunque! ¡Contigo hasta triunfar!