La guerra como videojuego: la peligrosa deshumanización del conflicto moderno
Dicen que las guerras nunca son como las narran, que siempre son más brutales y devastadoras de lo que se cuenta. Quienes las deciden desde cómodos despachos rara vez son los mismos que las pelean en el campo de batalla o los que sufren sus consecuencias directas. Las guerras contemporáneas han evolucionado hacia una sofisticación tecnológica que las aleja cada vez más de la realidad humana.
Pantallas que ocultan el dolor real
Los conflictos actuales ya no se libran en campos de batalla delimitados, sino desde búnkeres a prueba de bombas, desde donde se dirigen drones y misiles teledirigidos. Los resultados se monitorean en pantallas de alta definición, como si se tratara de un videojuego estratégico. Esta realidad fue denunciada recientemente por el joven activista Francisco Javier Vera, quien alertó sobre cómo "el gobierno de Estados Unidos ha estado narrando la guerra contra Irán como si fuera un videojuego".
Según Vera, esta aproximación "no es chistosa ni inocente" sino "muy peligrosa", ya que la propagación de estas imágenes puede deshumanizarnos ante el dolor ajeno. La insensibilización frente a hechos violentos y la pérdida de empatía se convierten en herramientas de alienación colectiva.
La canción de Mercedes Sosa que sigue vigente
Esta deshumanización desafía directamente el llamado que hacía Mercedes Sosa en su emblemática canción "Solo le pido a Dios", donde imploraba: "que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre sin haber hecho lo suficiente, que la guerra no me sea indiferente". Preservar nuestra humanidad implica mantener la capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno y negarnos a ver el dolor de otros como simple entretenimiento digital.
Las víctimas reales de guerras virtuales
Mientras los conflictos se gestionan como videojuegos desde salas de control, la realidad en terreno es muy diferente:
- Los principales afectados por ataques con misiles y drones son civiles inocentes
- Niños, niñas y personas mayores representan el porcentaje más alto de víctimas mortales
- Periodistas y trabajadores humanitarios arriesgan sus vidas en zonas de conflicto
- Los combatientes también sufren las consecuencias físicas y psicológicas
Mientras tanto, figuras como Trump, Putin y Netanyahu continúan con sus vidas cotidianas -comiendo, jugando golf, celebrando cada objetivo alcanzado que aparece en sus pantallas- completamente aislados del sufrimiento que causan sus decisiones.
Las nuevas formas de hacer la guerra
Estos conflictos sofisticados y ruinosos emplean tecnología de punta para ejercer lo que podría considerarse la máxima expresión de maldad deshumanizada. Sus efectos se extienden a múltiples ámbitos:
- Económico: Cortar suministros y provocar hambrunas se han convertido en estrategias bélicas
- Ambiental: Los daños ecológicos se suman al ya crítico cambio climático
- Social: La deshumanización del prójimo erosiona los fundamentos de la convivencia
Cualquier modalidad de guerra, con sus masacres y crímenes específicos, representa un regreso a la barbarie que genera:
- Desastres humanos de proporciones incalculables
- Daños ambientales a menudo irreversibles
- Crisis económicas globales
- Ciclos interminables de venganza y contra-venganza
- Dolor y muerte que trascienden generaciones
¿Qué alternativas quedan?
Frente a esta realidad, las manifestaciones pacifistas suelen terminar apoyando a un bando u otro, perpetuando la idea de que existen "guerras buenas". Cuando ni las marchas, ni las peticiones firmadas, ni siquiera organismos como la ONU parecen capaces de frenar la maquinaria bélica, ¿qué opciones quedan?
Una posibilidad es volver a lo básico, a lo local, a lo tangible. Construir paz y solidaridad en los espacios inmediatos:
- En el núcleo familiar
- En la vecindad y comunidad local
- En las ciudades y regiones
- En el ámbito nacional
Esta aproximación desde lo cotidiano podría representar un contrapeso a la deshumanización global, recordándonos que detrás de cada pantalla hay seres humanos cuyos sufrimientos merecen ser reconocidos y cuya dignidad debe ser preservada, incluso -y especialmente- en tiempos de guerra.



