Sarah Mullally es entronizada como Arzobispa de Canterbury en ceremonia histórica
Sarah Mullally, primera mujer Arzobispa de Canterbury

Un hito histórico en la Iglesia anglicana

Este miércoles, Sarah Mullally fue entronizada como la primera mujer Arzobispa de Canterbury en una ceremonia cargada de simbolismo en la catedral gótica de Canterbury, cuna espiritual del cristianismo en Inglaterra. El evento, que contó con la presencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, marcó un momento trascendental para una comunión religiosa que enfrenta desafíos tanto del laicismo creciente como de tensiones internas.

Pompa y significado en medio de desafíos

Mullally, de 63 años y anteriormente enfermera antes de su conversión y ordenación, recibió con emoción el báculo de arzobispa en una ceremonia que destacó por su carácter universal. Asistieron dignatarios de diversas religiones, incluyendo representantes cristianos, judíos, musulmanes e hindúes, todos varones, quienes fueron testigos del creciente protagonismo de las mujeres en el anglicanismo en solo doce años desde que se permitió la ordenación sacerdotal femenina.

La Iglesia anglicana, fundada en 1534 como escisión de la Iglesia de Roma, ha evolucionado desde una iglesia nacional inglesa hasta una comunión global con aproximadamente 85 millones de fieles, concentrados principalmente en Asia y África. Sin embargo, en el Reino Unido, solo un millón de británicos se consideran "practicantes regulares", y de ellos, apenas la mitad asiste a misa los domingos.

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Tensiones y cisma latente

En África ha surgido un movimiento conservador que se opone firmemente a las tendencias modernistas del anglicanismo, particularmente en temas como la ordenación de mujeres y el matrimonio homosexual. Este grupo, liderado por el arzobispo ruandés Laurent Mbanda, se declaró en octubre pasado como la Comunión Anglicana Global, afirmando ser el verdadero representante de la fe anglicana y potencialmente representando a la mitad de los anglicanos mundiales.

A pesar de esta tensión, Mullally evitó cualquier mención directa al posible cisma en su primer sermón. En cambio, se centró en llamamientos genéricos a la paz en regiones conflictivas como Oriente Medio, Ucrania, Sudán y Birmania, y en reconocer el dolor de quienes han sido afectados por fallos dentro de la comunidad cristiana, en una cuidadosa alusión a los escándalos de pederastia que costaron el cargo a su predecesor.

Ceremonia cosmopolita y simbólica

La entronización tuvo un marcado carácter internacional, con cantos en swahili y bemba, una plegaria en urdu, y la lectura principal del evangelio realizada en español por una obispa mexicana. El pasaje elegido fue del evangelio de San Lucas, donde la virgen María acepta su papel como instrumento del Señor, analogía que Mullally utilizó para describir su propia visión de su papado.

Al finalizar la ceremonia, Mullally recibió cerradas salvas de aplausos, especialmente de las mujeres presentes, destacando el significado de este día para el futuro de la Iglesia anglicana. Aunque el evento no capturó una gran atención mediática en el Reino Unido, su impacto simbólico y las implicaciones para la unidad anglicana son profundas, en un contexto donde la diversidad y la tradición buscan un equilibrio delicado.

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