El azar que salvó una vida: cómo un desvío fortuito evitó una tragedia mortal
Azar salva vida: desvío evita tragedia mortal en Bogotá

El azar que salvó una vida: cómo un desvío fortuito evitó una tragedia mortal

No solo es una bella palabra, sino que quizá no haya un tema más intrigante que el azar. Cuando decimos azar, estamos nombrando la frontera del conocimiento. Es trazar una línea al afirmar: hasta aquí llegan la certidumbre y empieza una región encantada, el dominio de fuerzas que no conocemos.

El incidente que redefinió un destino

Julián caminaba hacia una entrevista de trabajo importante en Bogotá, con el currículum perfectamente ordenado en su maletín. Decidió comprar un café, un desvío de apenas dos minutos en su rutina habitual. Al salir de la cafetería, una ráfaga de viento hizo volar una hoja de su diario personal por la calle. Al intentar atraparla, se detuvo en seco en la acera.

Fue ese preciso segundo, ese cambio de ritmo forzado por el viento, lo que provocó que no estuviera bajo el andamio que se derrumbó un instante después en la esquina que él habría cruzado de no haberse detenido. El café derramado en su camisa y la pérdida de la hoja del diario —pequeñas molestias— lo salvaron de una muerte segura, un destino reescrito no por su voluntad, sino por una fatalidad fortuita.

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El azar como frontera del conocimiento humano

En la escena anterior podemos constatar que el azar puede librarnos de la tragedia, funcionando como un factor determinante entre la supervivencia y el desastre. Curiosamente, los árabes, inventores del álgebra y de la palabra “azar”, no dejaron estudios. Tampoco los chinos, porque para ellos el azar no existe.

Si tomamos como propia la idea de Borges, planteada en una conferencia que ofreció en 1977 sobre La Divina Comedia, en la cual sostiene que no hay azar, según el escritor, «lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad».

Una constante en el pensamiento humano

Mucho más que un concepto matemático, es una constante del pensamiento humano desde que tenemos registro escrito. Los griegos lo personificaron en Tyché, los romanos en Fortuna, y ambos entendieron algo que la modernidad tardó en aceptar: que la vida no responde a un guion.

Elegir una carrera, mudarse a otra ciudad, iniciar una relación o simplemente cruzar una calle implica un componente de incertidumbre que ningún cálculo puede eliminar por completo.

La fascinación humana por el azar se explica porque nos confronta con una verdad que preferimos ignorar en la vida cotidiana: que el control absoluto no existe. El control es, en gran medida, una ilusión y nuestra relación con lo impredecible define buena parte de lo que somos.

Esta reflexión nos lleva a considerar cómo eventos aparentemente insignificantes —como comprar un café o perseguir una hoja de papel— pueden alterar completamente el curso de nuestras vidas, demostrando que el azar opera en los márgenes de nuestra comprensión, reescribiendo destinos en fracciones de segundo.

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