La desaparición del liberalismo santandereano: una traición con consecuencias
En el panorama político colombiano, uno de los errores más graves que pueden cometer los partidos tradicionales es la selección de candidatos que no representan ni su ideología fundamental ni los ideales que históricamente han defendido. Este fenómeno se ha materializado de manera especialmente dramática en el caso del Partido Liberal en el departamento de Santander, donde sus representantes en el Senado y la Cámara de Representantes han protagonizado una ambigüedad política difícil de comprender.
El viraje hacia el petrismo y sus consecuencias
Los parlamentarios liberales de Santander terminaron traicionando de manera flagrante a sus electores cuando decidieron alinearse con el presidente Gustavo Petro y votaron consistentemente a favor de todas las iniciativas de su gobierno. Esta postura los dejó en una posición incómoda y carente de identidad propia, ya que no mantuvieron posiciones firmes frente a lo que pensaba la mayoría del electorado en su región.
La consecuencia inmediata fue una migración masiva de sus bases tradicionales hacia otras fuerzas políticas. Aquellos ciudadanos que deseaban oponerse frontalmente a la izquierda gubernamental encontraron refugio en el Centro Democrático, mientras que quienes decidieron defender las políticas del gobierno actual engrosaron las filas del Pacto Histórico. Esta división dejó a los liberales santandereanos en una tierra de nadie política, sin un discurso claro ni una base electoral sólida que los respaldara.
El desprecio ciudadano y la derrota electoral
Contrario a lo que algunos analistas políticos han señalado, no fueron los acuerdos incumplidos entre políticos ni las traiciones coyunturales las que determinaron el fracaso liberal. La realidad es mucho más cruda: ni los votantes más identificados con el liberalismo tradicional querían apoyarlos. Meses antes de las elecciones, el rechazo ciudadano hacia sus posturas ambiguas ya se manifestaba abiertamente en las calles, marcando con claridad el camino hacia una derrota electoral anunciada.
Este fracaso en las urnas terminó dando la razón a los votantes, quienes castigaron con su abstención o con su voto hacia otras opciones la falta de coherencia ideológica de sus representantes. La derrota electoral no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de una estrategia política mal concebida y peor ejecutada.
El oportunismo político como estrategia de supervivencia
La situación actual del liberalismo santandereano se ejemplifica perfectamente en el caso del representante Álvaro Leonel Rueda Caballero, quien recientemente ingresó —de la mano de Miguel Ángel Moreno— al partido En Marcha del exministro Juan Fernando Cristo. Este movimiento tiene como objetivo claro apoyar la candidatura presidencial de Iván Cepeda, siguiendo el mismo camino que ya han tomado los integrantes del Pacto Histórico y los excombatientes de las Farc a través de su Partido Comunes.
Esta migración partidista revela no solo la orilla ideológica en la que estos políticos se han situado realmente, sino también el oportunismo característico de quienes pierden el favor de los electores y buscan refugiarse en espacios donde nadie los conoce demasiado. La esperanza parece ser encontrar, en medio del desorden político actual, algún apoyo que les permita mantenerse en la escena pública.
Neopetrismo: la nueva máscara del oportunismo
Lo que estos políticos presentan como progresismo no es más que lo que algunos analistas han comenzado a llamar neopetrismo: una máscara conveniente que ahora adoptan quienes nunca libraron una lucha frontal por la izquierda, pero que hoy posan sonrientes en fotografías para integrar la llamada Alianza por la Vida. Su esperanza parece ser que nadie les recuerde lo que realmente fueron y representaron en el pasado.
Este fenómeno no es exclusivo de Santander, pero se ha manifestado con particular intensidad en este departamento, tradicionalmente liberal pero hoy profundamente dividido y desencantado con sus representantes políticos. La lección parece clara: en política, la falta de identidad y coherencia se paga caro, y los electores terminan castigando a quienes consideran traidores a sus principios fundamentales.



