La Institución Presidencial: Eje de la República Colombiana
La presidencia de la República en Colombia no es meramente el cargo más elevado del Estado ni un simple mandato político. Representa el núcleo fundamental de la república, donde convergen las aspiraciones colectivas, la armonía del poder y la responsabilidad de guiar la nación. Esta investidura está impregnada de dignidad y memoria histórica, depositando en ella, generación tras generación, la esperanza de una sociedad que busca reconciliarse y mantener su grandeza incluso en los momentos más desafiantes.
El Reflejo Moral de la Presidencia
Cuando la institución presidencial se honra, la nación se siente protegida; sin embargo, cuando se envilece o se trivializa, lo que se fractura no es solo una persona o un gobierno, sino la integridad misma del Estado. La presidencia actúa como un espejo que refleja la estatura moral de quien la ocupa y la solemnidad democrática de la sociedad que representa. Alrededor de esta figura se organiza—o se desorganiza—el destino del país. Cada presidente personifica una visión del Estado y una forma de ejercer la autoridad, siempre bajo el imperativo del respeto, las formalidades y la sobriedad.
Preocupaciones sobre el Proceder Actual
De ahí surge la preocupación al observar la conducta de Gustavo Petro durante su cuatrienio, que afortunadamente está próximo a concluir. Desde su asunción al poder, ha intentado alterar la Constitución mediante diversas vías, no para corregir vacíos legales, sino para abrir caminos que le permitan perpetuarse bajo el pretexto de un supuesto respaldo popular. Esta obsesión lo ha llevado a menospreciar la dignidad que representa, recurriendo a métodos impropios de un jefe de Estado.
En múltiples episodios, Petro ha reducido la majestad presidencial al fragor de la controversia cotidiana. Su enfoque desde la inmediatez de las redes sociales—más característico de un activista que de un estadista—ha transformado la presidencia en una disputa constante, desafiando con actitudes bajas y autoritarias a las otras ramas del poder público. No es un detalle menor que sugiera repetidamente que las decisiones del Congreso o de la Justicia son trampas del "establecimiento", debilitando así la confianza en las instituciones estatales.
Llamados a la Calle y Erosión de la Autoridad
A esto se suman sus llamados reiterados "a la calle" contra las instituciones que juró respetar. Su proselitismo agresivo, la deslegitimación de sus contradictores y la descalificación como método han erosionado significativamente la autoridad presidencial. Cuando un presidente degrada el cargo al nivel del agravio, confunde su figura con la de un agitador y deshonra el pedestal que sostiene a la república. Como mandatario, ha estado muy lejos del buen ejemplo dejado por muchos de sus predecesores, especialmente quien le entregó la presidencia, Iván Duque: un hombre decente, respetuoso de la Constitución y, sobre todo, dedicado a gobernar con integridad.
Estilo Personal y Contradicciones
Más grave aún es el estilo personal de Petro, que confunde solemnidad con capricho. Los retrasos sistemáticos, los desplantes protocolarios, las provocaciones y los excesos son presentados por sus seguidores como autenticidad, cuando en realidad degradan la dignidad del cargo. Incluso ha incurrido en alusiones vulgares para ridiculizar a mujeres o menospreciar la fe de millones de colombianos. Sin embargo, los hechos desmienten esta narrativa. En su encuentro con el presidente Trump, Petro llegó puntual, sobrio, bien vestido y ajustado al protocolo, demostrando que sí puede respetar la dignidad que representa, aunque solo haya sido por unas horas.
El Futuro de la Presidencia Colombiana
Hoy, más que nunca, Colombia necesita elegir a un líder que dignifique la institución presidencial, devolviendo al cargo la altura moral, la sobriedad y el respeto que nunca debieron perderse. En las próximas elecciones, no solo se seleccionará un presidente; se decidirá si recuperamos el honor del Estado. Es crucial que el próximo mandatario no sea simplemente un vencedor electoral, sino un verdadero guardián de la democracia y de la dignidad presidencial, asegurando que la república se mantenga firme en sus principios fundamentales.