La democracia: un sistema imperfecto que requiere participación activa
La célebre frase de Abraham Lincoln en Gettysburg representa una de las definiciones más sobrias y precisas de lo que significa la democracia. Esta concepción se distancia radicalmente del 'mi pueblo' que suelen invocar aquellos aspirantes a líderes con tendencias autoritarias. Ese posesivo 'mi' encierra una relación de propiedad que, en última instancia, conduce hacia formas de esclavitud moderna, objetivo último de estos personajes políticos.
El pueblo como conjunto diverso e igualitario
En realidad, el pueblo comprende a todos los ciudadanos sin distinción: ricos y pobres, personas negras y blancas, ilustrados e ignorantes, empresarios y trabajadores, campesinos y amas de casa. Todos poseemos iguales derechos ante la ley y todos contamos con el derecho fundamental a emitir un voto en las elecciones.
Sabemos perfectamente que la igualdad jurídica luce impecable en los documentos constitucionales, pero en la práctica cotidiana suele estar mediada por diversas formas de poder: económico, político, social o incluso militar. Ningún sistema político en la historia ha logrado materializar plenamente este ideal democrático. Sin embargo, existe un principio fundamental que sí se ha implementado en casi todas las democracias —incluidas aquellas que son meras pantomimas—: un ciudadano, un voto.
Las distorsiones de la voluntad popular
Que este voto sea manipulado constituye una problemática aparte. Los discursos seductores, el clientelismo arraigado, la presión política sistemática, la compra directa de sufragios y la intimidación armada —aberración en la que Colombia lamentablemente se ha destacado— distorsionan gravemente la voluntad popular genuina. A pesar de estas distorsiones, cuando se menciona la palabra democracia, lo primero que surge en la mente colectiva es el concepto de 'elecciones'. Esta asociación resulta comprensible, pues votar representa la expresión más visible y tangible del poder ciudadano en acción.
Aunque esta visión pueda considerarse simplista, dado que la democracia abarca dimensiones mucho más amplias, sí resulta válido sostener que las elecciones constituyen una de sus características más esenciales y definitorias.
La paradoja de la participación y la abstención
Aquí emerge la percepción problemática de casi la mitad del electorado colombiano, que concluye erróneamente que un voto individual, entre millones de votos, no puede cambiar absolutamente nada. Esta es la famosa paradoja de Downs, derivada tanto de la pereza mental para informarse adecuadamente como de la pereza física para acudir a las urnas. Como si esto fuera insuficiente, en las elecciones de 2022 más de un millón de votos fueron anulados porque muchos ciudadanos no lograron marcar correctamente una simple X en las tarjetas electorales. Este fenómeno representa un síntoma inquietante de la precariedad educativa que afecta a nuestro país.
El voto en blanco como falsa solución moral
Resulta aún más preocupante la elevación del voto en blanco a la categoría de gesto moral superior. "No me gusta ninguno de los candidatos", afirman algunos electores, como si estuvieran eligiendo simplemente un sabor de helado. La democracia electoral no se trata fundamentalmente de gustos o preferencias personales, sino de responsabilidad comunitaria y compromiso cívico. En un sistema democrático realista, no se trata de elegir al candidato ideal o perfecto; se elige conscientemente a quien pueda causar el menor daño posible a la sociedad.
La democracia es imperfecta, sin duda alguna. Pero abdicar del derecho al voto por desinterés, comodidad o purismo ideológico no contribuye a mejorarla. Por el contrario, la debilita estructuralmente. Y los vacíos de poder que se generan en la arena política nunca permanecen vacíos por mucho tiempo: siempre terminan siendo llenados por otros actores. Siempre, sin excepción, los llenan otros.
