La democracia colombiana frente a la debilidad partidista: una danza con lobos institucional
Al igual que en la película Danza con lobos, la política colombiana frecuentemente se transforma en una compleja coreografía donde la ciudadanía, con la esperanza genuina de elegir el rumbo nacional, termina siguiendo los pasos de quienes se mueven en manada y explotan hábilmente los vacíos institucionales existentes. Es una realidad que ningún sistema político puede considerarse perfecto y que la democracia, en su esencia, mantiene vulnerabilidades frente a los especialistas de la mala política. Sin embargo, como bien señaló Winston Churchill, "nadie pretende que la democracia sea perfecta o totalmente sabia", reconociendo que, a pesar de sus defectos, sigue siendo la mejor opción entre todas las formas de gobierno probadas históricamente.
El peligro de una democracia sin partidos fuertes
Una democracia representativa que carece de partidos políticos sólidos y estructurados se convierte en terreno fértil para el personalismo exacerbado y la manipulación electoral. Este escenario permite que los agentes políticos operen sin las estructuras necesarias que los aten a reglas claras, programas definidos y controles efectivos. La representación pierde así su contenido sustancial, el voto se desfigura progresivamente y lo que finalmente llega al poder suele ser una autoridad con baja rendición de cuentas, más dependiente de acuerdos coyunturales que de compromisos verificables a largo plazo.
Este patrón preocupante debería encender todas las alarmas en el contexto colombiano y servir como una lección crucial para el fortalecimiento institucional. Los partidos políticos deben cumplir funciones esenciales e irremplazables:
- Convertir las aspiraciones sociales en programas políticos concretos
- Forjar liderazgos con visión de Estado
- Ordenar la competencia política con disciplina y transparencia
Sin esta institucionalidad robusta, el sistema político se vuelve volátil y errático; los gobiernos y las bancadas pierden anclaje programático y coherencia ideológica. Esta falta de consistencia facilita el clientelismo, permite que intereses particulares se apoderen del Estado, reduce el costo político por incumplir promesas, diluye la responsabilidad y hace extremadamente difícil exigir resultados tangibles a los gobernantes.
Lecciones desde América Latina
La región latinoamericana ofrece múltiples ejemplos ilustrativos de las consecuencias de la debilidad partidista. En Perú, la fragmentación política extrema y la debilidad institucional de los partidos han alimentado una crisis recurrente, caracterizada por:
- Alta rotación presidencial
- Choques constantes entre poderes del Estado
- Políticas públicas discontinuas y cambiantes
La ausencia de organizaciones políticas robustas facilita que proyectos personales y pactos de corto plazo dominen completamente el escenario político, con costos enormes para la estabilidad democrática y el desarrollo nacional.
En Brasil, el rechazo generalizado a los partidos tradicionales, combinado con el ascenso de liderazgos personalistas, desembocó en profundas crisis de representación, escándalos masivos de corrupción y una polarización política intensa. Estas experiencias regionales demuestran claramente que, más que evidenciar que los partidos políticos sobran, recuerdan que sin partidos responsables y transparentes, el vacío institucional lo ocupan figuras que tensionan el sistema y debilitan los controles democráticos.
El camino del fortalecimiento institucional
La solución no radica en eliminar los partidos políticos, sino en fortalecerlos significativamente mediante una modernización profunda que incluya:
- Modernización de los sistemas de financiación política
- Exigencia de trazabilidad completa del dinero en campañas
- Transparencia absoluta en las contabilidades partidistas
- Profesionalización de la formación de cuadros políticos
- Mejora sustancial en los procesos de selección de candidaturas
Además, se requiere urgentemente una política pública integral y un marco normativo actualizado que clarifiquen la función específica de los partidos políticos y las responsabilidades concretas de quienes participan en ellos. Esto permitiría que la competencia electoral se ordene alrededor de propuestas programáticas, estándares éticos verificables y compromisos medibles con la ciudadanía.
En el contexto de las próximas elecciones en Colombia, la ciudadanía debe exigir con firmeza:
- Propuestas claras y programáticas
- Control interno efectivo dentro de los partidos
- Transparencia verificable en todos los procesos
El voto ciudadano no tiene precio, pero sí posee un valor enorme cuando premia programas serios y castiga la improvisación política. De lo contrario, Colombia seguirá atrapada en esta peligrosa Danza con lobos institucional, donde los intereses particulares prevalecen sobre el bien común y la democracia se debilita progresivamente.