Gisèle Pelicot: La valentía de una mujer que transformó su dolor en un símbolo de justicia
En septiembre de 2020, Gisèle Pelicot, una mujer pensionada del sur de Francia, acompañó a su esposo Dominique a la estación de policía. Lo que comenzó como una cita rutinaria por grabaciones ilícitas en un supermercado se transformó en el descubrimiento de una pesadilla que había durado casi una década. Las autoridades revelaron a Gisèle que su esposo, con quien llevaba casi 50 años de matrimonio, la había drogado, violado y organizado encuentros con decenas de hombres para abusar de ella mientras estaba bajo sumisión química.
La decisión que cambió todo: Romper el anonimato
Inicialmente, Gisèle optó por el anonimato que la ley francesa concede a víctimas de delitos sexuales, buscando un juicio a puerta cerrada sin cobertura mediática. Sin embargo, al enfrentar un equipo legal desbordado por la defensa de su esposo y más de cincuenta acusados que gozaban de presunción de inocencia, comprendió que el silencio beneficiaba a sus agresores. Tomó entonces la difícil determinación de exponerse al escrutinio público, la fiscalización de su dolor y la incredulidad social. Su consigna legal se convirtió en un grito de guerra: "la vergüenza debe cambiar de bando".
Invertir la culpa: Un cambio de paradigma necesario
Esta poderosa frase representa un giro fundamental en cómo la sociedad aborda la violencia sexual. Tradicionalmente, la vergüenza, la deshonra y el señalamiento recaen sobre las víctimas, alimentados por comentarios como "se lo buscó", "lo permitió" o "usaba ropa provocadora". Estas narrativas desplazan la culpa hacia quienes sufren la agresión, mientras minimizan la responsabilidad de los perpetradores, presentándolos como seres con "poco control" o "instintos naturales".
Los hombres involucrados en el caso de Gisèle no eran "monstruos" ajenos a la sociedad. Eran padres de familia, trabajadores, franceses y extranjeros, jóvenes y adultos mayores, de diferentes niveles económicos. Muchos, como Dominique Pelicot, eran respetados en sus comunidades. A través de internet, crearon una red de complicidad donde validaron mutuamente su deseo de someter a una mujer, deshumanizando a Gisèle hasta convertirla en un mero objeto.
El impacto social y legal de un testimonio valiente
Cuando el caso se hizo público, muchos implicados bajaron la cabeza, usaron máscaras o se excusaron en traumas. Gisèle, en cambio, se quitó las gafas oscuras que ocultaban su rostro y comenzó a caminar con la frente en alto. La sanción social demostró ser más contundente que cualquier defensa legal, mostrando que la sociedad puede y debe reaccionar firmemente ante las violencias de género.
En 2026, Gisèle Pelicot vuelve a ser noticia al publicar un libro con su testimonio. Anunció que no quiere seguir siendo vista como víctima, planea confrontar a Dominique en prisión para preguntarle sus motivaciones, y ha impulsado cambios legales en Francia para que las leyes sobre violación otorguen mayor peso al consentimiento.
Una ola de cambio que trasciende fronteras
El caso de Dominique Pelicot no es aislado. Entre 2025 y 2026, se registraron condenas similares en Alemania y Reino Unido por hombres que drogaban y violaban a sus esposas, mientras Suecia investiga una denuncia análoga. Gisèle ha iniciado una ola transformadora, pero la lucha por la justicia y el respeto a la dignidad de las mujeres continúa. Su historia evidencia que el cambio comienza cuando la vergüenza abandona a las víctimas y se instala donde siempre debió estar: en los agresores.