Harari advierte en Davos: la IA redefine la humanidad al controlar el lenguaje
Harari: IA controla el lenguaje y redefine la humanidad

La advertencia de Harari en Davos: la IA como nuevo centro ontológico

Durante su intervención en el reciente Foro de Davos, el reconocido filósofo e historiador Yuval Noah Harari elevó inquietudes tecnológicas de profundo calado, afirmando que la inteligencia artificial ha trascendido su condición de mera herramienta para convertirse en un agente estructurante del sentido humano. Su aserto central resonó con fuerza: "Cualquier cosa hecha con palabras será controlada por la IA", una declaración que replantea los fundamentos mismos de nuestra existencia.

El lenguaje como campo de batalla cognitivo

Harari desarrolló su argumento partiendo de una premisa fundamental: si pensar significa esencialmente organizar el lenguaje, entonces todas las operaciones humanas que empleen palabras serán progresivamente desplazadas por un nuevo centro de gravedad ontológico, extrínseco a nuestra especie. El filósofo advirtió explícitamente que "si seguimos definiéndonos por nuestra capacidad de pensar con palabras, nuestra identidad se derrumbará", planteando así una crisis existencial sin precedentes.

Para el filósofo español Juan Antonio Valor, esta transformación radical implicaría que "hay que ampliar el concepto de humanidad", reconociendo que el antropocentrismo cognitivo tradicional ha omitido la contingencia histórica de "reducir a algoritmos recursivos" todas las formalizaciones universales que considerábamos exclusivamente humanas.

La migración de la legitimidad ontológica

Cuando el criterio de legitimidad ontológica deja de depender de sujetos humanos, comienza a migrar por pura entropía hacia la compatibilidad sistémica algorítmica. Lo estructuralmente incompatible —aquello que opone fricción al sistema— se desactiva automáticamente sin necesidad de decreto alguno, mientras que lo conceptualmente liso será subsumido cuando su arquitectura se revele insuficiente para los nuevos parámetros.

Estas jerarquías espontáneas de origen algorítmico dimanan de una economía de la compatibilidad cuya única función validable es la optimización estadística del sistema global. Bajo esta premisa disruptiva, participar en la gramática del sentido sólo le será posible al ser humano en la medida exacta en que consiga sostenerse en un entorno cognitivo donde su propia ontología aparezca permanentemente descentrada.

La singularidad humana en jaque

Próximamente, advierten los expertos, la singularidad humana dejaría de arrojar ventajas competitivas que un algoritmo no pudiera asimilar, optimizar y sustituir completamente, utilizando términos y procesos que nuestro límite biológico nos impedirá percibir, integrar o superar. Esta transformación recuerda trágicamente la asimilación lingüística y sociocultural de numerosos pueblos indígenas y africanos por hegemonías coloniales históricas, que supuso la desaparición irreversible de sistemas semánticos completos.

Las consecuencias de aquellas asimilaciones fueron traumáticas y duraderas, codificándose incluso en lo epigenético de generaciones posteriores. Habitar un mundo sin las palabras necesarias para nombrar sus categorías fundamentales equivale a carecer de agencia para dotar de sentido a ese mismo mundo, subyugando la identidad colectiva y disolviéndola gradualmente con lo impuesto externamente.

Colonización algorítmica sin colonizador visible

Pero si la hegemonía actual es esencialmente estructural y la producción del sentido se eyecta definitivamente del solio humano, estaremos enfrentando una colonización a escala de la especie sin que pueda designarse un colonizador concreto o una metrópoli identificable. Sin códices válidos compartidos ni solidez comunitaria preservada, el individuo contemporáneo traslada hoy su interlocución fundamental a sistemas algorítmicos cuya configuración ya captó masivamente nuestras atenciones —con el fenómeno de las redes sociales— y ahora copa progresivamente nuestros afectos e intimidades más profundas.

Este desalojo progresivo del diálogo humano auténtico reorganiza por completo nuestro ámbito relacional y restringe severamente nuestra agencia política del sentido: una coyuntura histórica que coarta dramáticamente nuestra capacidad colectiva de permanecer legibles los unos para los otros. Frente a este panorama, la resistencia operativa de lo humano debería ejercerse estratégicamente en silencio, allí donde la vida misma se manifieste como irreductible a cualquier formalización algorítmica.