En la Boca, el paisa Luciano era muy apreciado. Cada viernes, la gente esperaba oír el motor de su canoa surcando las aguas del río Pepé hacia la desembocadura en el Baudó. Aquel seis de septiembre, la expectativa era mayor: el ocho sería la fiesta de la virgen de la Pobreza y todos habían encargado telas, hilos, tenis e interiores para estrenar y salir a la procesión bien elegantes. Niñas y niños corrían al embarcadero para ver las sorpresas que traía el vendedor.
Yeni quedó paralizada al ver en el plan de la canoa una enorme tortuga de mar, volteada sobre su caparazón. No dejaba de mover sus aletas y la niña pensó que solo ansiaba regresar al mar. Alcanzó a ver que su coraza tenía placas rojas oscuras, amarillas, doradas, marrones y negras, y su boca era como el pico de un halcón. No le cupo duda: era una carey en peligro de extinción. De inmediato, puso a Caché al tanto del infortunio.
Corría el rumor de que la señora Encarnación le había encargado la tortuga a Luciano para que Rudecindo, afamado médico raicero, le extirpara la huevera y le hiciera un caldo que la dejara preñada. Ambos niños imaginaban el horror que esperaba a la tortuga. En clases, los había visitado una bióloga especializada en esas tortugas y en las verdes, también en riesgo de desaparecer. Hoy, el Chocó, sus selvas, ríos, plantas, animales y gentes ocupan lugares destacados entre los profesores de las mejores universidades del mundo. Cada vez que la seño Agripina, rectora de la escuela, sabía que un experto llegaba al pueblo, lo invitaba a hablar a sus alumnos.
Sacha Olivera, la bióloga, hipnotizó a Yeni, Caché y sus compañeros. Les contó que quienes trabajan con culebras, lagartijas y tortugas se llaman herpetólogos. Les mostró filmaciones del Parque Nacional Natural de Utría: cientos de bebés carey salían de la arena y corrían hacia el mar. Les explicó que no se pierden porque nacen con cristales que los guían al vibrar con los campos magnéticos de la Tierra. Tienen muchos enemigos, pero las que se salvan nadan durante diez años para alimentarse, crecer y ser fuertes. Con su pico afilado, excavan arrecifes y sacan caracoles, cangrejos, algas y esponjas que sueltan sustancias venenosas para defenderse.
Sacha también les contó que la gente lleva tres siglos matando en masa a las grandes tortugas. A los ricos de Europa les ha encantado su carne y han usado sus caparazones para joyas, monturas de anteojos, muebles de lujo y artesanías. La devastación ha sido tal que en islas caribeñas como las Caimán se prohibió su captura para evitar la extinción. En el Pacífico, la campaña no es tan intensa, por lo que la experta invitó a los niños a convertirse en defensores de estos animales. El video final mostró la lucha de las carey por sobrevivir mientras se desangraban tras ser degolladas. ¡Qué agonía tan eterna!
Volviendo a ese día de septiembre, Luciano se echó la tortuga al hombro y la llevó al patio de doña Encarna. Don José, su esposo, perforó el caparazón para amarrarla a un árbol. Viendo el estado de la carey, Yeni y Caché no podían sacarse de la cabeza lo que Sacha les había enseñado. La conciencia que habían ganado les causaría profundos rompimientos con los mayores, para quienes ni animales ni plantas eran seres sintientes. Bautizaron a la tortuga como Careya. ¿Serían capaces de rescatarla y devolverla a las aguas del Pacífico?
Nota: Además de la tortuga de mar, las identidades indias y negras del Pacífico son víctimas de la crueldad humana. Le corresponde al progresismo abundar en propuestas para evitar su extinción.



