Un encuentro que evoca al santo traductor
En el barrio La Cabrera de Bogotá, un hombre sentado en un andén, recostado contra un muro de piedra, capturó la atención del observador. Su apariencia resultaba sorprendentemente familiar: ojos grandes y hundidos, mirada lejana y seria, barba blanca larga e hirsuta, cuerpo enjuto. La imagen era idéntica a las representaciones de San Jerónimo, el santo erudito que dedicó más de treinta años a traducir la Biblia.
La conexión espiritual e histórica
Desde la infancia, el observador había sentido una querencia especial por este santo. "Una persona que se retiró al desierto durante décadas para traducir la biblia y ponerla al alcance del idioma de la gente es conmovedor", reflexiona. San Jerónimo realizó la monumental tarea de verter las escrituras del griego y hebreo al latín, creando la Vulgata que permitió al vulgo acceder a textos antes incomprensibles.
El famoso óleo que El Greco pintó siglos después muestra al paciente santo con su obra terminada, una imagen que ha perdurado como representación precisa del erudito ermitaño. En el mundo de la fe cristiana, el amor siempre prevalece como don incomparable, donde el amor al prójimo se equipara al amor propio según los preceptos clásicos de redención.
De la contemplación a la cruda realidad
Mientras se acercaba y luego se alejaba del hombre sentado en el piso de cemento, el observador experimentó un conflicto interno. Aunque sintió la tentación, no le dio dinero. Solo lo miró con respeto y con pena en igual medida. "Este hombre no es el santo. Este hombre está sentado pobre y solo y quizás enfermo, y a punto de perder el juicio si no es que lo ha perdido ya", reconoce con crudeza.
La pregunta incómoda sobre caridad y justicia
Al continuar su camino, surgió una pregunta fundamental: ¿La caridad cristiana solucionará los problemas sociales de los miles de ciudadanos derrotados de nuestra ciudad? La respuesta llega con claridad: "Y no, claro que no. La justicia social es un asunto de los seres humanos y es sólo a nosotros a quienes nos corresponde hacerla verdad, o estrangularla".
La especulación sobre la justicia divina resulta fútil, aunque rentable para algunos. "La justicia divina es otra cosa, otra es su belleza, otro su influjo", señala el observador, añadiendo que "la justicia divina es más propia de políticos fariseos en campaña o de sepulcros blanqueados, pero, al fin y al cabo, putrefactos".
Reflexiones finales sobre responsabilidad humana
Este encuentro casual en las calles de Bogotá sirve como poderoso recordatorio de que los problemas sociales requieren soluciones humanas concretas. Mientras los más pudientes pueden declarar que la caridad cristiana resolverá las dificultades de los desfavorecidos, la realidad exige acciones tangibles y compromiso con la justicia social como construcción colectiva.
La imagen del hombre en situación de calle que evoca a San Jerónimo permanece como símbolo de esta dicotomía entre contemplación espiritual y acción social necesaria. En última instancia, la responsabilidad de crear una sociedad más justa recae exclusivamente en las decisiones y acciones de los seres humanos, no en esperanzas divinas o caridades insuficientes.



