En la vía Panamericana, en Cajibío, un cilindro cargado de explosivos fue detonado al paso de un bus. La onda expansiva alcanzó a otros vehículos, dejando carrocerías deformadas, vidrios estallados y cuerpos esparcidos sobre la carretera. En el suroccidente del país, la violencia volvió a instalarse en la vida cotidiana, y los civiles pagan con su vida. El miedo marca el pulso en Colombia.
Masacres y ataques en aumento
En el primer trimestre de 2025 se registraron 35 masacres, el periodo más violento de la última década según Indepaz. En el Cauca y el Valle del Cauca, las explosiones, hostigamientos y amenazas se repiten con regularidad inquietante. La violencia vuelve a ser costumbre en algunos territorios y rutina estadística para el resto del país.
Política indiferente ante la tragedia
Mientras en el suroccidente se entierran más de 20 muertos tras la ola de ataques del fin de semana, el presidente celebra su cumpleaños en X y la campaña electoral continúa. La conversación se centra en buscar culpables y todo se vuelve cálculo político. Los candidatos de los extremos no están interesados en construir soluciones comunes, y las víctimas no logran captar la atención que merecen.
¿Qué tiene que pasar para que los territorios asolados ocupen el centro de la conversación pública? En el suroccidente, las disidencias de las FARC disputan el control del territorio y usurpan el espacio de la democracia. Con cada atentado marcan el ritmo: deciden cuándo se transita, cuándo se guarda silencio y cuándo se tiene miedo.
Disidencias imponen agenda electoral
Como en las peores épocas del conflicto armado, en los años 2000, los criminales terminan imponiendo la dinámica electoral. Fuerzan a que la campaña gire en torno a la seguridad, desplazan otras urgencias y condicionan el debate público desde la violencia. No necesitan candidatos. Les basta con hacer estallar la agenda.



