La sociedad falló: adolescentes therian cuestionan la civilización humana
La forma en que los seres humanos nos tratamos entre nosotros parece más una conducta propia de lo salvaje que el resultado de una civilización que presume de pensar. Esta reflexión surge al observar el fenómeno creciente de los therian, jóvenes que adoptan identidades animales como respuesta a un mundo que les resulta hostil.
Un grito de desesperación identitaria
Cada vez que se encuentre con un therian, un humano que se identifica profundamente con un animal, y sienta miedo, rabia o incomodidad, reflexione profundamente. La realidad es que fallamos como sociedad. Los adultos hemos construido una sociedad falsa y hueca, priorizando lo material y externo sobre lo esencial. Los responsables de esta confusión identitaria somos todos aquellos que creímos que las posesiones y lo concreto daban sentido a la existencia.
Hoy, la comunidad therian representa una bofetada a nuestra cultura, un grito desesperado que evidencia nuestro fracaso colectivo como humanidad. Pero este fenómeno no es nuevo en la historia. Siempre han existido individuos y grupos disruptivos que buscan escapar del control social y de lo considerado normal, buscando identificarse con perfiles diferentes donde su naturaleza no se sienta violentada.
La paradoja de la inteligencia humana
La inteligencia, la razón y el pensamiento marcaron históricamente la diferencia entre humanos y animales. Se consideraba que la inteligencia confería superioridad porque permitía aprender, corregir y analizar. Tener razón era visto como un regalo divino, pero no supimos priorizar a qué dedicar ese esfuerzo mental.
El animal actúa por instinto, mientras el humano lo hace por razón. Sin embargo, cuando seres inteligentes demuestran una capacidad tan grande para hacer daño, destruir y marginar a otros humanos, cabe preguntarse: ¿para qué sirve realmente la inteligencia? El instinto parece más adecuado para la vida, más auténtico, más efectivo para la convivencia y menos contaminado por el control y el poder.
Una sociedad que desprecia lo humano
Es imposible negar las inmensas diferencias de trato en nuestra sociedad, donde frecuentemente un animal recibe mejor cuidado y amor que un niño, una mujer o una persona de raza negra. En ciertas sociedades musulmanas, por ejemplo, la mujer es despreciada, reforzando la idea de que es mejor ser animal que humano.
Ante esta realidad, ¿cómo interpreta un joven con conciencia estos comportamientos? ¿Vale realmente la pena ser humano? La mente humana ha terminado convertida en una tirana que puede asfixiar con su bombardeo de pensamientos disruptivos o, ebria de poder y control, pisotea todo lo que no puede manejar.
La elección desesperada de los therian
Los adolescentes therian han llegado a este nivel de identificación con lo instintivo porque no tienen de qué más agarrarse en un mundo que les resulta hostil. No es una decisión voluntaria exenta de angustia y desesperanza. No saber quién soy, estar perdido en una maraña de sensaciones físicas y biológicas, resulta profundamente aterrador.
Un mundo que desprecia al humano, que hoy trata mejor a un animal que a muchas personas, no es más que una sociedad tóxica que creyó que con la sola razón e inteligencia podría construir una sociedad armónica y equitativa. ¡Fallamos estrepitosamente!
Un cuestionamiento a nuestros valores
Si un adolescente asume la identidad therian, está realizando un cuestionamiento directo a nuestros valores y creencias como sociedad. Estamos muy lejos de ser coherentes entre lo que predicamos y lo que practicamos. Este fenómeno representa nuestro fracaso colectivo en construir una civilización verdaderamente humana.
Se escondieron emociones, biología, trascendencia y naturaleza, creyendo que la razón y la mente por sí solas organizarían adecuadamente la vida. El resultado ha sido desastroso. Se dice que los animales no razonan, pero su conducta de solidaridad y consideración parece más sana que nuestra inteligencia distorsionada. No necesitaron ser inteligentes para ser considerados.
Hoy debemos preguntarnos seriamente si la inteligencia humana es realmente un plus de consideración o simplemente una herramienta para el abuso y el desprecio. La respuesta, lamentablemente, parece inclinarse hacia lo segundo en demasiadas ocasiones.