Cuba ante el espejo de Japón: ¿bloqueo o ineficiencia estructural?
Cuba vs Japón: ¿bloqueo o ineficiencia estructural?

Cuba ante el espejo de Japón: ¿bloqueo o ineficiencia estructural?

En medio de la severa crisis energética que afecta a Cuba, muchos habitantes han tenido que recurrir a medios de transporte alternativos debido a la escasez de combustibles. Esta situación ha reavivado el debate sobre las verdaderas causas del colapso económico de la isla, más allá del tradicional argumento del bloqueo estadounidense.

Una comparación incómoda pero reveladora

La comparación entre Cuba y Japón resulta particularmente iluminadora. Ambas son islas sin reservas petroleras significativas y con historias de rupturas traumáticas. Sin embargo, mientras Japón se levantó de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial para convertirse en potencia económica, Cuba parece haber desmantelado sistemáticamente su propio desarrollo desde 1959.

Se repite constantemente que el embargo comercial explica la asfixia económica cubana, pero los datos muestran una realidad más compleja. Cuba mantiene relaciones comerciales con 158 países y Estados Unidos es su cuarto socio comercial, con importaciones que superan los 730 millones de dólares anuales, principalmente en alimentos.

El verdadero problema: estructura económica disfuncional

La tragedia cubana parece menos geopolítica y más estructural. La producción agrícola ha caído un 14,3%, obligando a importar casi todos los productos básicos. Resulta paradójico que Cuba importe azúcar de Francia y papas de Canadá, cuando históricamente fue exportadora de estos productos.

Entre 1960 y 2025, Cuba recibió aproximadamente 143.000 millones de dólares en ayuda de la URSS-Rusia, China y Venezuela. Esta cifra es 80 veces superior a los 2.660 millones que recibió Japón para su reconstrucción postguerra y equivale al total invertido por el Plan Marshall en toda Europa. Claramente, no fue falta de recursos económicos.

Divergencia en modelos de desarrollo

Japón optó por una constitución democrática, disciplina fiscal y apertura comercial. Cuba eligió el socialismo centralizado, anuló la democracia liberal y subordinó su economía a subsidios geopolíticos en lugar de fomentar la productividad interna. La antítesis es brutal: mercado versus planificación rígida, competencia versus monopolio estatal, instituciones transparentes versus estructuras opacas.

En 1958, antes de la revolución, Cuba tenía el tercer PIB per cápita más alto de América Latina, la mortalidad infantil más baja de la región y lideraba en infraestructura ferroviaria. Hoy, de 11,3 millones de habitantes quedan aproximadamente 8,02 millones, con una fuga masiva de profesionales que incluye más de 12.000 trabajadores de la salud y 40.000 maestros en los últimos años.

El control militar de la economía

Quien realmente controla la economía cubana no es el Estado en sentido tradicional, sino GAESA, un holding militar que maneja el 70% de la economía y el 95% de las transacciones en divisas. Según fuentes independientes, administra alrededor de 18.000 millones de dólares en reservas líquidas.

Esta entidad gestiona los contratos de las misiones médicas internacionales, reteniendo hasta el 70% de los ingresos, mientras el 64% de los hospitales cubanos carece de insumos básicos y las escuelas se deterioran. Es una paradoja devastadora: médicos exportados como commodity mientras los cubanos enfrentan hospitales destruidos y escasez de medicamentos.

Lecciones del espejo japonés

Japón demostró que la prosperidad no depende de recursos naturales, sino de marcos institucionales sólidos. La libertad económica y la transparencia funcionan como cimientos invisibles que sostienen el desarrollo. Cuba no está condenada por su geografía ni por carecer de petróleo, sino atrapada en una estructura donde la riqueza circula en circuitos cerrados controlados por una élite.

La pregunta fundamental persiste: ¿por qué, con tanto capital recibido y tanto talento humano, la isla no logró transformar estos recursos en desarrollo sostenible? El espejo japonés se hace cada vez más incómodo al mostrar que la soberanía no se pierde cuando se acepta ayuda, incluso de antiguos enemigos, si esto se traduce en bienestar para el pueblo.

La crisis energética actual no es más que el síntoma visible de un malestar estructural profundo, donde la ineficiencia del modelo económico y la concentración del poder en manos militares han demostrado ser más determinantes que cualquier embargo externo en el colapso progresivo de la nación caribeña.