Cuatro semanas de ataques de EE.UU. contra Irán: ¿estrategia o improvisación?
Ataques de EE.UU. contra Irán: ¿estrategia o improvisación?

Cuatro semanas de ataques estadounidenses contra Irán: la estrategia en duda

Han transcurrido ya cuatro semanas desde el inicio de los ataques militares de Estados Unidos contra Irán. Inicialmente, el gobierno de Donald Trump aseguró que la operación tendría justamente esa duración, como si los conflictos bélicos pudieran ajustarse a cronogramas administrativos y no a dinámicas caóticas imposibles de clausurar por decreto.

Esta afirmación pareció ignorar un principio elemental de la guerra: la niebla del conflicto. Resulta difícil creer que un concepto tan básico para la estrategia militar haya estado ausente del círculo decisorio en Washington.

La ausencia de cálculo estratégico racional

No existe evidencia clara de que haya existido un cálculo estratégico plenamente racional detrás de la decisión de abrir un frente directo contra Irán. La conducta estadounidense no parece orientada ni a maximizar su seguridad ni a reafirmar una posición dominante coherente en el sistema internacional.

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Por el contrario, la guerra en Irán comienza a asemejarse más al inicio de un epitafio que a una demostración de poder. El mundo no es hoy más seguro, incluso si las capacidades nucleares iraníes se han visto degradadas o si parte de su élite autocrática ha sido eliminada.

La paradoja de las guerras contemporáneas

Las guerras contemporáneas muestran una paradoja recurrente: las grandes potencias pierden la contención estratégica justo cuando más necesitan preservarla. En la espesura del conflicto suele imponerse la aritmética insurgente y terrorista.

Se eliminan algunos actores y el resultado no es la disolución de la amenaza, sino su propia proliferación. Allí radica una inquietud mayor: la noción de pragmatismo que hoy guía las discusiones sobre seguridad y política exterior parece reducida a una lógica de acción inmediata, desprovista de evaluación estratégica de largo plazo.

Cabe preguntarse si realmente se ha diseñado esta operación para preservar un equilibrio de poder favorable o si, por el contrario, se ha abierto un conflicto periférico destinado a consumir recursos, legitimidad y vidas. Las consecuencias no deseadas, inevitables en toda guerra, podrían terminar superando con creces las motivaciones iniciales, que aún no son del todo claras.

El cambio en la política exterior de Trump

Durante el primer gobierno de Trump, varios analistas interpretaron su política exterior como una expresión singular del realismo: menos intervencionista, más reacia a grandes compromisos militares y relativamente contenida en escenarios de confrontación directa. Algo de ello pudo observarse entonces.

Sin embargo, el segundo mandato parece moverse en dirección opuesta. Un realista prudente difícilmente habría optado por la senda actual. Lo que hoy se observa carece de la cautela, la proporcionalidad y el cálculo que constituyen el núcleo del pensamiento realista.

De hecho, la Estrategia de Seguridad Nacional presentada en 2025 introdujo la idea de un "realismo flexible", sustentada implícitamente en la premisa de que la fuerza le da forma al derecho. Esa formulación sirvió como plataforma retórica para justificar una expansión del uso del poder militar.

La incoherencia estratégica en el caso iraní

No obstante, en el caso iraní la supuesta coherencia estratégica se hace agua porque más que una doctrina clara, lo que salta a todas luces es la simulación de una visión realista sin una definición precisa del interés nacional estadounidense.

Rebecca Lissner y Mira Rapp-Hooper señalaron recientemente en Foreign Affairs un punto crucial. Anotaron que si el realismo exige disciplina estratégica, la guerra contra Irán representa exactamente lo contrario. Lo que parece operar es un cálculo en la mediocridad estratégica, generador de una incertidumbre peligrosa.

Irán se ha convertido así en el ejemplo de una operación desorientada a gran escala, una decisión que erosiona la posición internacional de Estados Unidos. Además, la continuidad de los ataques amenaza con afectar la preparación militar estadounidense en el corto y mediano plazo.

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El desgaste acelerado de municiones críticas y la redistribución de activos estratégicos, como los sistemas antimisiles, radares y capacidades de defensa avanzada, pueden debilitar la preparación frente a escenarios potenciales con China o Rusia, al tiempo que debilitan la credibilidad disuasiva de Washington.

La contradicción con los principios realistas

Trump, en este sentido, no actúa como un realista; más aún, desfigura el propio marco analítico del realismo en la política internacional. El conflicto con Irán contradice varios de sus postulados fundamentales.

La apuesta implícita por el cambio de régimen en Irán desconoce una lección clásica de este marco: los costos políticos y transaccionales de transformar el orden interno de otro Estado suelen superar ampliamente los beneficios derivados del uso del poder material.

Las guerras deben perseguir objetivos limitados y alcanzables. Cuando se expanden sin definición ni contención estratégica, terminan diluyendo la superioridad inicial. Entonces, la guerra se ha desbordado y horizontalizado, transformándose en un nuevo frente regional con implicaciones globales que diluyen cualquier ventaja estadounidense más allá de la estrictamente militar.

El realismo aconseja, precisamente, un uso prudente y selectivo del poder en función del interés nacional. La política exterior del segundo mandato de Trump parece operar bajo la lógica inversa.

La dispersión estratégica de Estados Unidos

Paradójicamente, mientras Estados Unidos se empantana en Irán, se ha distanciado del eje central de la competencia entre grandes potencias. La administración ha buscado una distensión comercial con China, al tiempo que su estrategia en Medio Oriente debilita la capacidad de sostener la disuasión en el Indo-Pacífico.

El resultado es una redistribución que no fortalece su posición global, sino que dispersa recursos y atención en un momento que exige precisamente lo contrario: concentración, claridad y disciplina estratégica.

El mundo no es ni más seguro ni menos peligroso por la guerra en Irán. El mundo hoy está definido por guerras regionales con alcance global donde lo único que parece tomar un lugar estratégico en el orden mundial es la incertidumbre y la permacrisis.