Asesinato de negociador de paz de la CNEB en Tumaco: un duro golpe al proceso de desarme
El compromiso con la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB) estaba sobre la mesa, con un acuerdo que prometía salvar numerosas vidas. Este es el motor que impulsa los esfuerzos por evitar muertes, impedir que los territorios sigan fracturados por la violencia, y que los campos no se conviertan en camposantos donde el miedo consume la infancia de los niños y la memoria de los ancianos.
La CNEB y su separación de la Segunda Marquetalia
La CNEB es un grupo ilegal que se formó en noviembre de 2024, cuando la Segunda Marquetalia expulsó a sus delegados de las mesas de negociación. No es la Segunda Marquetalia ni sigue sus derroteros, y es crucial que la población civil, militar, armada y desarmada, tanto nacional como extranjera, comprenda las diferencias entre los diversos grupos al margen de la ley. En 2024, la Segunda Marquetalia cerró las puertas a la política de paz, y desde entonces ha estado ausente de las mesas de diálogo.
Entrega histórica de material bélico
En 2025, la Coordinadora anunció que entregaría al gobierno 14 toneladas de material de guerra para ser destruido por los militares. Miles de granadas, municiones, explosivos y drones quedarían fuera de circulación. Esta entrega se cumplió rigurosamente en octubre del año pasado, y los catorce mil kilos de potencial muerte y mutilación fueron destruidos según lo acordado.
Esta operación, que salvó cuerpos de policías, niños, soldados y campesinos, estuvo en manos de la mesa de negociación, los expertos en antiexplosivos de la Fuerza Pública y, por parte de la CNEB, Alexander. Reclutado desde niño por las extintas FARC, firmante de paz y recogedor de basuras en Corabastos, Alexander se rearmó debido a los incumplimientos del Estado. Padre de tres hijas, desde el año pasado se había matriculado con la paz. Venía de los Llanos y vivió en Inda Zabaleta, zona rural de Tumaco, donde fue asesinado.
El papel de Alexander en el proceso de paz
Como delegado de la Coordinadora, Alexander asumió la responsabilidad de entregar el material bélico y trabajó intensamente en la creación de la Zona de Ubicación Temporal y Capacitación Integral (ZUT-ZOCIUT). A este lugar llegarán ex guerrilleros de la CNEB, sin armas ni uniformes, para iniciar su tránsito a la vida civil y ejercer sus derechos y deberes como ciudadanos en un país donde los fratricidios han dejado 10 millones de víctimas.
La semana pasada, trabajamos con Alex en la subcomisión dedicada a cumplir las metas de sustitución de cultivos de uso ilícito. Propósito, emoción y compromiso se abrían paso entre un calor sin viento, las mismas moscas rondando las cajitas de jugo, y el mismo polideportivo construido donde antes había filas y filas de matas de coca. Alto, con cachucha negra y camiseta blanca, no conocí al comandante militar, sino al negociador de paz: sin fusil ni camuflado, conciliador, práctico y positivo, con la ilusión de ver crecer a sus hijas y evitar que se repitiera para ellas la historia de clandestinidad y reclutamiento, de puertas cerradas y caminos sin salida.
Asesinato y sus repercusiones
Nos despedimos el viernes, y el domingo lo mataron. Cuatro tiros, dicen. Posiblemente nunca sabremos quién lo hizo. En este país de todos y de casi nadie, los noticieros ni siquiera mencionaron su muerte, como si él nunca hubiera existido, ni vivo ni muerto. “Se matan entre bandidos”, dijeron algunos. ¿Será? Los que mataron a Alex hirieron nuestra mesa, y lo sabían. La Fuerza Pública tiene sus teorías, y la comunidad tiene otras. Los negociadores esperamos que las autoridades investiguen; ojalá concluyan algo; ojalá nos digan la verdad. Ojalá el tendero del pueblo le siga fiando a su hijita.
Descanse en paz, Alex. Seguiremos haciendo lo posible y lo imposible hasta que persistir deje de ser un verbo de alto riesgo, y la paz –por fin, algún día– ya no cueste la vida.



