Petro y la paradoja de la paz: de promesas de diálogo a bombardeos contra el ELN
Petro: de promesas de paz con ELN a bombardeos

La transformación paradójica de Petro: de pacifista a defensor militar del establecimiento

Lo que menos podía imaginar Gustavo Petro durante su campaña presidencial, cuando prometía alcanzar la paz con el ELN en apenas tres meses, era que exactamente tres años después estaría ordenando bombardeos contra esa misma guerrilla. Esta reflexión no busca acusar al mandatario, sino destacar lo sorpresivo que puede ser el destino y cuán poco depende de nuestra voluntad individual.

Si resulta amargo constatar que Colombia sigue siendo el mismo país de siempre, con sus ciclos repetitivos de violencia, también debe ser profundamente amargo para Petro comprobar que le ha tocado convertirse en algo que siempre había criticado y odiado: el defensor militar del establecimiento que juró transformar.

La campaña electoral: retórica furiosa y ausencia de proyectos

Lo que hace particularmente mediocre esta campaña electoral es que se reduce a una disputa por el favor del electorado mediante dosis elevadas de retórica furiosa, preparándose para una recta final donde solo pesarán el odio y el dinero. Los colombianos nos preparamos para ver sin descanso a figuras como Abelardo de la Espriella recordándonos lo malos que son Petro y la izquierda, mientras Iván Cepeda nos recordará lo pésimos que son Álvaro Uribe y la derecha.

Esta dinámica revela una triste realidad: nuestros políticos no saben proponer ideas nuevas porque solo se disputan una herencia. Una herencia que en ambos casos tiene algún capital político y muchas deudas históricas. El capital de Cepeda son quienes odian a Uribe y los fanáticos de Petro; el capital de De la Espriella son quienes odian a Petro y los fanáticos de Uribe; y el capital de Sergio Fajardo, quien desafortunadamente juega en la misma ruleta, se limita a ser el de quienes no quieren que gane ninguno de los dos, lo cual claramente no basta.

La ausencia de un proyecto nacional transformador

Es una lástima enorme que no haga irrupción un discurso más complejo y propositivo, capaz de presentar un proyecto por el que valga la pena vivir y morir. Un proyecto que nos diga cómo industrializar el país de manera sostenible, cómo proteger y aprovechar nuestra incomparable biodiversidad, cómo reconstruir un Estado responsable y eficiente, cómo salvar a la juventud del desangre al que la arrojan la ignorancia, la soledad, la falta de oportunidades y la angustia de nuestra época.

Ante un panorama dominado por rencores de aldea y odios fríos, nadie nos hace sentir que estamos en el siglo XXI y no en el país cansado del bipartidismo sectario y estéril. Mientras otras naciones llegan a la luna, Colombia no llega ni a Puerto Carreño. Mientras otros países inventan riesgosamente el futuro, nosotros giramos en el disco rayado de una mediocridad que odiamos pero de la que no logramos escapar.

Las raíces estructurales de la violencia

Las guerrillas, los paramilitares, las mafias y la delincuencia común convertidos en verdaderos ejércitos son el fruto final de un modelo de Estado que desamparó a todo el mundo: campesinos, medianos propietarios, muchedumbres urbanas, sectores emprendedores de las clases medias. Hace tres décadas, en el ensayo "¿Dónde está la Franja Amarilla?", se señalaba que la colombiana no es una sociedad malvada sino una sociedad maltratada, y que el verdadero culpable es un Estado criminal e irresponsable que criminalizó al país.

Por eso resulta tan desalentador que quienes vienen a salvarnos terminen haciendo lo mismo que sus predecesores, cayendo en las mismas corrupciones, aprovechándose de las mismas necesidades de la gente y finalmente bombardeando el territorio bajo las mismas órdenes de la necesidad o la fatalidad histórica.

La democracia colombiana en el contexto continental

Es triste que no podamos tener un país y un continente con agenda propia, y no deja de ser agobiante este sentimiento de irrelevancia que, sin dejar de ser personal, es también el de una sociedad y el de una época completa. Cuando los poderes globales anuncian que "regalarán" la democracia a Cuba, como recientemente lo hicieron confusamente con Venezuela, surge la pregunta incómoda: ¿es esta la misma democracia que tenemos en Colombia?

En nuestro país, la compra de votos impera desde los niveles más humildes veredales y municipales hasta las grandes elecciones del poder central, mientras un hilo de sangre no deja de fluir. Uno se pregunta si lo que darán a Cuba es libertad y prosperidad genuinas, o más bien la única tragedia que les faltaba: el desangre de la juventud en las calles, las mafias apoderadas de todo, lo que sigue creciendo sin piedad en el resto del continente.

La era de la viralidad y la medición como intervención

La irrelevancia no es solo colombiana; se ha convertido en el mal más visible de la humanidad contemporánea. Vivimos el triunfo de la estadística como sistema contable del gran capital, donde solo importa la viralidad. Lo crucial de un mensaje político ya no es que sea verdadero ni que mueva a la acción: basta con que llegue a muchos y ocupe un instante de su tiempo.

Los que miden la popularidad de los candidatos también son quienes la administran. Toda medición es algo más que una medición: es también una intervención en la realidad política. Los poderes que invierten fortunas para que el efecto del mensaje llegue hasta el momento del voto solo apuestan a que, de todas maneras, nadie sueñe con cambiar el mundo realmente, y que solo estén delegando el poder en nuevos administradores del caos, quienes muy frecuentemente terminan haciendo exactamente lo contrario de lo que prometieron y deseaban.