La desaparición del centro político en Colombia: una reflexión desde la polarización
Hace pocos días, rompí una promesa personal al entrar en lo que llamo debates de cafetería: intercambios ideologizados y calientes que más se asemejan a monólogos simultáneos que a un diálogo genuino. Tras una conferencia, charlando con una pareja de funcionarios del sistema financiero, la discusión derivó en política. Como quien se cansa de esconder una identidad, revelé que tengo ideas de izquierda. La reacción fue inmediata: la joven mujer, representante de esa derecha ciega de la clase media ascendente bogotana, me preguntó indignada: ¿En serio eres de izquierda… pero por qué? Su tono sugería que, al verme decente y limpio, mi postura era incomprensible.
La indignación como solvencia moral
Al romper mi promesa, decidí salir del closet con mi ecléctica mezcolanza de creencias políticas en estos tiempos pre-electorales. Soy de izquierda si ello significa indignarme con la absurda desigualdad de Colombia, uno de los países con mayor disparidad de ingresos del mundo. Me refiero a no acostumbrarme a ver gente durmiendo bajo puentes, o a los miles de niños que mueren por gastroenteritis en las costas, una cifra que no ha cambiado desde el siglo XVIII. Tener la capacidad de indignarse ante estas formas absurdas de relaciones humanas y la indiferencia ante el sufrimiento me parece un rasgo mínimo de lo que Gandhi llamaba solvencia moral.
Como en otros ámbitos altamente ideologizados, como la creencia en Dios, mi ideario político está marcado más por la emocionalidad y mi historia personal que por un cuerpo doctrinal coherente. No tiene sentido tacharlo de romántico o irrealizable, pues nunca he militado en partido alguno ni obligado a otros a seguir mis ideas.
La derecha colombiana: resistencia al progreso
En Colombia, la derecha me sabe a protección de una enorme desigualdad, concretada en la defensa de empresas que nos obligan a consumir su energía, comprar sus marcas y vivir en el pasado. Hay una enorme resistencia al progreso. Por ejemplo, Colombia se ha resistido a tendencias globales para proteger gremios específicos, como prohibir plataformas de transporte en defensa de taxistas, o mantener un sistema bancario obsoleto con costos usureros que bloquea la banca internacional. Como dijo el escritor Ricardo Silva, nos cuesta trabajo creer que Colombia queda en el mundo.
La derecha reclama demasiado espacio para su plenitud, y ya no tenemos tanto. La idea nazi del Lebensraum o espacio vital está más viva que nunca en países subdesarrollados. En Colombia, esto pasa por avalar figuras como el narco o el asesino amigable, asistiendo a fiestas sin hablar del elefante blanco en la habitación. Según Daniel Innerarity, la derecha mundial ya no es conservadora; no da estrictas formaciones religiosas a sus hijos y ha reencontrado el amor fuera del sagrado matrimonio. No intenta conservar nada, sino romper pactos sociales, como los acuerdos de Paz en Colombia. Esa derecha no soy yo.
La izquierda wokista: ofensa y obligatoriedad
Tampoco soy la izquierda wokista. No solo no entiendo su nuevo ideario político, me resulta ofensivo. Las viejas ideas de desdibujar estratificaciones se han reducido a llámame por mis pronombres percibidos o libertad de aborto, asumidas con un tinte de obligatoriedad. Queda un rezago estalinista de purga, identificando al bárbaro insensible que no comulga con causas de oprimidos. Pero no hay ismos obligatorios: ni comunismo, ni feminismo, ni capitalismo. Recientemente, una columnista se preguntaba si se podía perdonar a Willie Colón por no ser feminista, reviviendo la pregunta manida de separar al artista de su obra. ¿Es obligatorio ser feminista o derechista?
Así como la derecha ya no es conservadora, la izquierda ya no es liberal. Quizá nunca lo ha sido. Un verdadero problema de género en Colombia no es una mirada inapropiada, sino cuando una mujer debe dejar a sus hijos encerrados para cuidar gatos de una mujer adinerada que no puede llevar una bolsa del D1. En nuestro país, los problemas de género son inseparables de los de clase, porque la existencia no se resuelve en ámbitos abstractos de ser mujer u hombre.
La radicalidad de la polarización
El centro, si bien existe como posición ideológica de individuos particulares, no existe en política. La radicalidad de nuestra polarización ha hecho que nos vayamos a los extremos. Tal vez no nos queda a muchos más que nuestra ecléctica colección de creencias, sabiendo que si alguna vez pertenecemos a un partido político, será de un solo miembro: nosotros mismos. En este contexto, el diálogo se pierde y la solvencia moral se vuelve un desafío urgente para reconstruir un país fracturado.



