La peligrosa ilusión de abolir la guerra por decreto
Abolir la guerra: el pensamiento mágico en política

Hace un par de semanas, Barcelona fue escenario de una cumbre de líderes progresistas, donde el presidente español Pedro Sánchez actuó como anfitrión de figuras como el presidente de Colombia, Gustavo Petro; el presidente de Brasil; la presidenta de México; y otros políticos internacionales relevantes. Sin entrar a valorar la apropiación política del término "progresista" o si los asistentes han representado, representan o representarán algún progreso real para sus países, lo que más llamó la atención fue la intervención del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien propuso declarar abolida la guerra.

Una declaración sin fundamento

Magnífico. Queda abolida la guerra. Ya no hay motivo de preocupación. Más allá del absurdo de pretender que toda la humanidad comparta el mismo nivel psicológico de alguien que cree sinceramente que se puede eliminar una conducta humana mediante un decreto —cabe recordar que las Naciones Unidas ya abolieron la guerra en su Carta, y el éxito ha sido más que dudoso—, esta forma de pensar revela mucho sobre la situación política actual. El pensamiento mágico, la creencia de que desear algo es suficiente para que ocurra, no es exclusivo de Zapatero ni de su grupo ideológico. Lamentablemente, está extendido en todos los sectores del espectro político, reflejando una sociedad que abandona la racionalidad en favor de la emotividad. La pérdida de la lógica y el abrazo a los sentimientos, por carentes de argumentos que sean, es cada vez más común en nuestras sociedades y en nuestros políticos.

Ejemplos de pensamiento mágico en la política

Así, tenemos a personas de derechas convencidas de que pueden detener movimientos migratorios masivos y congelar el curso de la historia. También hay quienes, desde la izquierda, pretenden sacar a los pobres de la pobreza aprobando un par de leyes, como si fuera un acto de brujería. Otros creen que una conducta indeseable se elimina con una orden política, o que la violencia desaparece al prohibirla por decreto. Es propio de nuestra época pensar que las montañas se deshacen arrojándoles papeles oficiales. Cuando se ignora o desprecia la complejidad de un problema, es normal creer que se puede resolver con un simple acto de voluntad.

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El peligro de la simplicidad

No es extraño que Zapatero piense que se puede abolir la guerra. Lo que da más miedo es la multitud que lo aplaudía, convencida de que las palabras pueden cambiar la realidad por sí mismas. Esta tendencia al pensamiento mágico no solo es irracional, sino peligrosa, porque evita abordar las causas profundas de los conflictos y problemas sociales. La política, en lugar de buscar soluciones complejas y realistas, se refugia en eslóganes vacíos y promesas imposibles. Mientras tanto, las guerras continúan, la pobreza persiste y la violencia no cesa, porque ningún decreto puede borrar la naturaleza humana ni la complejidad del mundo.

En resumen, la propuesta de abolir la guerra por decreto es un ejemplo claro de cómo la emotividad y el pensamiento mágico han reemplazado a la racionalidad en la política contemporánea. Una tendencia que, lejos de ser inofensiva, impide enfrentar los verdaderos desafíos de nuestras sociedades.

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