La crónica reciente de un edificio en Bucaramanga, con amenazas y violencia grabadas en video, muestra una situación que, aunque pocas veces llega a tales extremos, sí es recurrente: los problemas de convivencia en copropiedades. Las administraciones de propiedad horizontal suelen tratarlos con el remedio equivocado, pues creen que la solución a los conflictos vecinales está en el reglamento interno, en las multas o en las restricciones a los agresores. Sin embargo, la línea dura y la confrontación permanente con los propietarios no enseñan a convivir, sino que hacen más explosiva la situación.
La importancia de las buenas costumbres
Lo que realmente debe primar en los pasillos, los ascensores, las zonas de parqueo y el espacio público en general es algo mucho más sencillo y a la vez más consistente: las buenas costumbres que debieron aprenderse en la casa y en el colegio, y que ninguna asamblea de copropietarios puede inculcar con una votación mayoritaria. El respeto hacia el otro no nace de una cláusula legal, sino de la convicción íntima de que el vecino que duerme al lado tiene derecho al silencio después de las diez de la noche, o de que la madre que baja con su niño pequeño merece encontrar el ascensor limpio y sin demoras.
Diálogo frente a sanciones
El diálogo amable, maduro y constructivo es una herramienta mucho más poderosa que cualquier querella policiva o proceso verbal sumario. Las administraciones deberían entender que fomentar encuentros entre vecinos, mediar conversaciones difíciles y recordar con diplomacia las reglas básicas es más efectivo que publicar avisos de infractores en las zonas comunes.
Normas que facilitan la convivencia
Por supuesto, existen pautas concretas que facilitan la vida en comunidad, y enumerar algunas no está de más: el uso responsable de pasillos y parqueaderos sin obstruir las salidas de emergencia, el control de ruido respetando los horarios de descanso, la tenencia de mascotas con correa y la recogida de sus excrementos, el cuidado de las fachadas sin modificaciones unilaterales. Incumplir estas normas suele causar conflictos que es mejor tratar con el Comité de Convivencia, antes que llevarlos a instancias legales.
Pero cumplir mecánicamente esa lista tampoco garantiza la armonía si detrás no hay una persona dispuesta a entender que la tranquilidad de todos vale tanto como la propia. Una persona educada para el diálogo y la tolerancia aplicará esas normas casi sin pensarlas, mientras que el más detallado reglamento será violado a la primera oportunidad por quien carece de esa formación ética elemental. En esto radica buena parte del problema de la convivencia en estas unidades residenciales.
Recomendación para evitar confrontaciones
Así que lo recomendable para evitar confrontaciones, que incluso pueden tornarse altamente peligrosas, es que las juntas de administración, antes de imponer la sanción económica, antes de restringir el acceso a las zonas de recreación y deporte, antes de acudir a la Inspección de Policía, agoten la vía del diálogo paciente, la información cálida y el recordatorio amable. Es mucho mejor entender que vivir en propiedad horizontal no es otra cosa que ejercer la ciudadanía en pequeño, y esa ciudadanía se aprende con la tolerancia y con el ejemplo, no con el castigo. Los vecinos problemáticos no se corrigen con multas, sino con gestos de humanidad y con el poder inmenso de una palabra dicha a tiempo y con respeto.



