El arte de destruir al rival: estrategias bélicas en elecciones modernas
Las elecciones legislativas del 8 de marzo dejaron una pregunta inquietante que persiste en el análisis político contemporáneo: ¿cuánto de lo que presenciamos hoy en política responde realmente a lógicas de guerra? La reflexión del filósofo R. G. Collingwood sobre la delgada línea entre civilización y barbarie, rescatada en la película Núremberg: el juicio del siglo, encuentra ecos perturbadores en los procesos electorales actuales.
La construcción del enemigo común
En el campo de batalla electoral, el favorito o quien lidera las encuestas se transforma rápidamente en objetivo compartido. Actores que compiten entre sí pueden coincidir, sin necesidad de declaraciones formales, en debilitar sistemáticamente a quien amenaza sus aspiraciones políticas. No se trata de afinidad ideológica sino de cálculo estratégico puro.
El fenómeno se hizo evidente durante la contienda presidencial de 2022, donde pareció concentrarse sobre Federico Gutiérrez, en una dinámica que terminó enfrentando finalmente a Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. La alianza nunca fue explícita, pero sus efectos fueron palpables y determinantes en el desarrollo de la campaña.
El caos tras la caída del adversario
Una vez que cae el adversario principal, la causa que unía temporalmente a los contendientes se disuelve abruptamente. Lo que estaba contenido emerge sin transición alguna, y las diferencias fundamentales –que nunca desaparecieron– recuperan inmediatamente su lugar protagónico. Quien creyó estar frente a una alianza estratégica descubre demasiado tarde que participaba en un acuerdo meramente circunstancial.
En el universo político, los vínculos rara vez demuestran estabilidad duradera; lo que varía es únicamente el momento preciso en que dejan de ser útiles para los intereses particulares de cada actor.
La supremacía de las narrativas sobre los hechos
La caída política no ocurre predominantemente por los hechos objetivos, sino por las narrativas que se construyen alrededor de ellos. Aunque quisiéramos creer que los datos ordenan la realidad política, con frecuencia incómoda lo que define el destino final de un candidato es la historia que logra instalarse sobre su figura pública.
Una etiqueta –justa o injusta– genera efectos concretos y medibles si consigue fijarse en el imaginario colectivo. Este es el terreno donde realmente se juega la contienda electoral contemporánea: no en el territorio de los hechos verificables, sino en el campo de batalla de su interpretación pública.
La relación crítica entre verdad y tiempo
La conexión entre verdad y temporalidad resulta decisiva en política. Una verdad presentada en el momento equivocado pasa casi inadvertida, mientras que una media verdad, o incluso una falsedad absoluta, expuesta en el instante preciso puede consolidarse como certeza incuestionable.
El tiempo no es un elemento accesorio en la comunicación política; constituye parte integral del mensaje mismo. En la era mediática actual, el volumen distorsiona constantemente: puede amplificar, saturar o arrasar reputaciones. Este fenómeno ocurre a veces de forma orgánica, pero en numerosas ocasiones responde a arquitecturas deliberadamente diseñadas.
La fragilidad extrema de la confianza
La confianza representa el valor central en política, y simultáneamente el más frágil. Se construye lentamente, mediante una acumulación paciente de coherencias y consistencias –una siembra larga y meticulosa– pero puede romperse en un instante definitivo: un hecho aislado, una imagen poderosa, una frase desafortunada.
La confianza política no se desgasta de forma proporcional; se quiebra abruptamente. Y en ese punto crítico, la historia de coherencia acumulada pierde todo peso frente al impacto arrasador del presente inmediato.
El dominio de las emociones sobre la razón
Son finalmente las emociones las que deciden en las urnas. Nos gusta pensar que votamos desde la razón pura, pero lo que realmente inclina la balanza electoral suele ser otra cosa completamente distinta: identificación tribal, miedo colectivo, empatía selectiva, indignación dirigida.
No constituye una conclusión cómoda para la democracia, pero resulta difícil de negar ante la evidencia acumulada. La razón acompaña el proceso electoral, pero rara vez lo conduce determinantemente.
El riesgo mayor: normalizar la guerra sutil
Quizás el mayor peligro contemporáneo no radique en que la política adopte progresivamente lógicas de guerra, sino en que dejemos de reconocerlas cuando se presentan ante nosotros. Porque cuando la guerra se vuelve sutil, sofisticada y digital, deja de parecernos peligrosa evidente.
Y entonces ocurre el fenómeno más inquietante de todos: participamos activamente en ella sin siquiera advertir que lo estamos haciendo, normalizando tácticas que erosionan los fundamentos mismos del debate democrático.



