Dos siglos sin una presidenta: Colombia ante la oportunidad histórica de elegir a Paloma Valencia
Colombia ante la oportunidad histórica de elegir a su primera presidenta

Dos siglos de espera: Colombia ante el umbral de su primera presidenta

Colombia acumula más de doscientos años eligiendo presidentes. Dos siglos completos donde los hombres han tomado las decisiones que afectan a toda la nación. Doscientos años sin que una mujer haya gobernado este territorio. No porque hayan faltado mujeres capaces; las ha habido, las hay, y sobran. Sino porque existen barreras invisibles que una sociedad tarda demasiado tiempo en atreverse a derribar. Este país ya ha esperado suficiente.

La mirada de las nuevas generaciones

Existe una generación de niñas colombianas que está observando atentamente. Están observando cómo funciona el poder, quién lo detenta, a quién parece pertenecerle. Y lo que ven es siempre lo mismo: hombres. Lo que esa imagen les transmite, sin que nadie tenga que explicárselo, es que el poder no está destinado para ellas. Que pueden estudiar, prepararse, trabajar el doble y, aún así, ese techo de cristal persiste. Ese límite no se destruye con un discurso inspirador. No se destruye con una marcha multitudinaria. Se destruye el día en que una niña enciende el televisor y ve a una mujer jurando como presidenta de la República de Colombia. Ese día cambia algo fundamental que no tiene vuelta atrás.

Una trayectoria de trabajo y resultados

Y ese momento histórico tiene un nombre concreto. Paloma Valencia dedicó más de una década en el Congreso haciendo lo que pocos políticos realizan: trabajar con constancia y resultados. Defendió a los productores paneleros cuando nadie los tenía en cuenta. Creó una ley específica para las madres cabeza de familia que sacan adelante a sus hijos solas. Luchó por los emprendedores que el Estado tradicionalmente ignoraba. Logró tumbar el Ministerio de Igualdad, detuvo la expropiación express y removió al Rector de la Universidad Nacional que el gobierno había impuesto para impulsar la constituyente.

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Su demanda contra la reforma pensional ha impedido que el gobierno de Petro afecte el ahorro de los trabajadores, concertó el articulado de la jurisdicción agraria para dar seguridad jurídica al campo y evitar persecuciones contra propietarios, y consiguió que los entes de control investigaran a Colpensiones, la Agencia Nacional de Tierras y el Fondo paralelo de MinIgualdad tras sus denuncias sobre corrupción y malgasto de recursos.

Mientras este gobierno entregaba territorios a grupos criminales, ella peleó para que la JEP actuara con contundencia frente a los narcoterroristas y dejara de ser un tribunal a su medida. Se enfrentó en los debates más complejos del país —seguridad, hacienda pública, tecnología, justicia— y nunca cedió en sus principios. Advirtió al Gobierno que sus decisiones acabarían con el sistema de salud y dispararían el costo de la energía, predicciones que finalmente se cumplieron. Más de diez años en el escenario político más despiadado de Colombia sin una sola mancha en su historial. Eso no es simple suerte. Eso es carácter y consistencia.

Un asunto que trasciende el género

Esto tampoco es solamente un asunto de mujeres. Es un asunto de país en su totalidad. Todo padre que desea un futuro diferente para su hija, todo hombre que ha visto a alguien que ama chocar con ese techo invisible, toda persona que comprende que Colombia no puede seguir desperdiciando el talento de la mitad de su población. Este momento histórico les pertenece también a ellos.

Los países que han dado ese paso hacia la diversidad en el poder gobiernan de manera más efectiva. Invierten más recursos en educación, en salud y en quienes menos tienen. Piensan en el país que van a legar a las próximas generaciones, no solamente en la fotografía del momento. Una presidenta no es simplemente un símbolo. Representa una forma distinta de entender y ejercer el poder.

La necesidad de una nueva perspectiva

Colombia no necesita más de lo mismo con un rostro diferente. Necesita ver este país desde otros ojos. Los ojos de alguien que sabe que gobernar no es un privilegio sino una responsabilidad profunda. Los ojos de alguien que ha demostrado, con hechos concretos y no con promesas vacías, que es capaz de liderar. Paloma Valencia es esa persona. Y si llega a la Casa de Nariño, este país nunca más podrá decirle a una niña que ese lugar no está destinado para ella.

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Doscientos años esperando a la primera presidenta de Colombia es demasiado tiempo. ¡Llegó la hora del cambio histórico!