Clientelismo en Colombia: El arte del trueque político desde el barrio hasta el poder
En un salón comunal del norte de Cali, con sillas plásticas y un ventilador ruidoso, se desarrolla una reunión que refleja una realidad profundamente arraigada en el sistema político colombiano. Un coordinador vistiendo jean y tenis anota meticulosamente en una libreta cuadriculada mientras pregunta a los asistentes: "¿Cuántos votos pone su casa?" y "¿Tres seguros?". A su lado, una carpeta contiene fotocopias de cédulas y números telefónicos organizados por barrio y mesa de votación.
Las dos caras del mismo sistema
A pocas cuadras de distancia, en un edificio con portería y sala climatizada, se celebra otra reunión donde se negocian entidades completas en lugar de votos familiares. En este espacio elegante, con café servido en pocillos de cerámica, se discuten vigencias futuras y cómo comprometer presupuestos del próximo gobierno para asegurar mayorías políticas. Aquí se encuentra el destinatario final de los reportes generados en el salón comunal, quien escucha atentamente y define los límites de cada negociación.
Estas dos escenas, ocurridas en la misma tarde caleña, ilustran perfectamente cómo funciona el clientelismo en Colombia: no como una anomalía del sistema, sino como parte fundamental de su engranaje político. Las necesidades básicas de la ciudadanía —acceso a educación, medicamentos, servicios de salud— se transforman sistemáticamente en fichas de cambio electoral.
El mecanismo del intercambio
Durante la reunión comunal, una mujer pregunta por el cupo del SENA prometido para su hija, mientras otra menciona los medicamentos que la EPS no entrega a su nieto con parálisis cerebral. El facilitador anota estas solicitudes y responde automáticamente: "Eso ya está en gestión, pero no olvide acompañarnos el 8 de marzo". Los asistentes abandonan el lugar con la serenidad de quienes creen haber adelantado un trámite burocrático más.
Este intercambio silencioso se replica cada viernes en dependencias oficiales de todo el país, donde líderes comunales hacen fila con fólderes de manila mientras, en el interior, alguien susurra: "Nos cumplieron en las urnas". Nadie requiere explicaciones adicionales; todos comprenden las reglas no escritas del juego político.
Roy Barreras: El maestro componedor
En este contexto político "con barro hasta los tobillos", emerge la figura de Roy Barreras, quien se presenta no como ideólogo sino como el eficaz componedor, capaz de destrabar reformas y conversar con todos los sectores sin disgustar excesivamente a ninguno. Barreras habla constantemente de estabilidad, acuerdos amplios y de bajar el tono frente al reformismo populista, aunque calla estratégicamente sobre la conveniencia de fracturar a la izquierda desde su interior.
Su discurso de sensatez se cotiza particularmente alto en tiempos de antipetrismo, atrayendo incluso a quienes hasta hace poco lo cuestionaban abiertamente. Barreras posee una encomiable historia de vida, respuestas para todas las situaciones y una notable inteligencia política que le ha permitido sentar en la misma mesa a actores que se detestan mutuamente.
El problema del cómo
La verdadera cuestión radica en los métodos empleados: qué ofrece Barreras, qué cede, qué piezas mueve para que la aritmética política cierre y nadie abandone la negociación antes de firmar. El riesgo fundamental consiste en amarrar acuerdos políticos a cargos y contratos, transformando la discusión de rumbos nacionales en un mero reparto de llaves, firmas y nombramientos.
Este mecanismo ha demostrado su ineficacia durante el cuatrienio de Gustavo Petro, donde el Estado una vez más quedó debiendo a la ciudadanía. Lo verdaderamente inquietante no es que este fenómeno ocurra, sino que medimos a los candidatos por su destreza en este ajedrez político clientelar, aceptando tácitamente que este tablero nunca cambiará.
Una claridad necesaria
Votar en Colombia no debería significar tachar al menos malo de la lista; debe representar el respaldo consciente a un rumbo nacional por convicción genuina, no por simple descarte. Si realmente aspiramos a un sistema basado en reglas claras y no en favores personales, debemos apostar por líderes que propongan reformas serias sin deber cuotas políticas ni repartir llaves institucionales.
El clientelismo sigue siendo la moneda corriente de nuestra democracia, un sistema paralelo que opera desde los barrios más humildes hasta los pisos más altos del poder, transformando necesidades humanas básicas en capital político negociable en cada proceso electoral.