Crecimiento del PIB 2025 y salario mínimo: dos caras de la economía colombiana
PIB 2025 y salario mínimo: análisis económico de Colombia

Dos eventos definen la semana económica colombiana

La presente semana estuvo marcada por dos acontecimientos económicos de gran relevancia para Colombia: la publicación oficial del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) correspondiente al año 2025 y las masivas manifestaciones ciudadanas que exigen un incremento sustancial en el salario mínimo. Estos dos fenómenos, aparentemente distintos, guardan una conexión profunda que merece ser analizada con detenimiento, pues reflejan las tensiones estructurales de la economía nacional.

El desempeño del PIB: cifras que preocupan

El PIB de Colombia durante 2025 registró un crecimiento del 2,6%, una cifra que, si bien se mantiene dentro del rango proyectado por las autoridades, se situó por debajo del 2,8% que anticipaba el mercado financiero. Este desfase estadístico se explica principalmente por dos factores: revisiones técnicas realizadas por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) y, de manera más alarmante, por una caída significativa en la inversión en maquinaria y equipo.

La contracción en la inversión productiva opacó el buen desempeño observado en el consumo de los hogares, que creció un 3,6%, y el repunte moderado en la inversión en vivienda. Sobre este colapso inversor, que actúa como principal motor de la caída de la demanda durante el último trimestre del año, se pueden plantear dos hipótesis complementarias.

Por un lado, la persistencia de la inflación hacia finales del año pasado anticipó movimientos alcistas en la tasa de interés por parte del Banco de la República, lo que frenó el impulso de los inversionistas. Por otro lado, la incertidumbre política se intensificó notablemente tras las encuestas de noviembre que posicionaron a Iván Cepeda como líder en las preferencias electorales.

La ambigüedad respecto a la seguridad jurídica y las señales sobre una posible profundización de reformas estructurales parecen haber extendido el compás de espera de los capitales, que prefieren mantener activos líquidos antes que comprometer recursos en maquinaria y equipos productivos.

Las protestas por el salario mínimo: el debate redistributivo

Paralelamente, las marchas y manifestaciones en apoyo al decreto del salario mínimo ponen el énfasis en la cuestión redistributiva. El presidente de la República y varios de sus colaboradores más cercanos consideran que estos incrementos buscan mejorar sustancialmente la condición de vida de los trabajadores, aumentando su capacidad de consumo y, según el ministro de Educación, Daniel Rojas Medellín, han logrado incrementar la proporción de la masa salarial dentro del PIB, redistribuyendo mejor la riqueza nacional.

La teoría de cambio que sustenta esta política es que, mediante estos aumentos salariales, se mejora la posición de negociación de los trabajadores y estos pueden alcanzar una mayor participación en el producto económico total. Por esta razón, el Gobierno redobló sus esfuerzos este año con un incremento particularmente alto. Además, la suspensión temporal del decreto agitó el panorama político y permitió al Ejecutivo hablar de manera explícita sobre el conflicto de clases en la sociedad colombiana.

¿Puede funcionar esta apuesta económica?

La pregunta crucial que surge es si esta estrategia puede funcionar a largo plazo. ¿Se puede crecer de manera sostenible mediante incrementos salariales por encima de la productividad? La respuesta depende fundamentalmente de cómo giran las manecillas de la economía colombiana en el plano cartesiano que relaciona distribución y empleo.

El debate económico tiene dos polos teóricos bien definidos. En el modelo de Goodwin (1967), el ciclo económico gira en el sentido de las manecillas del reloj: la inversión eleva el empleo, los trabajadores ganan poder de negociación y la masa salarial sube como proporción del PIB, pero esto comprime los márgenes de ganancia, frena la inversión, el empleo cae, los márgenes se recuperan y el ciclo reinicia. En este tipo de economías, el motor principal es la reinversión de los beneficios empresariales.

Por contraste, Bhaduri y Marglin (1990) demostraron que las manecillas pueden girar en sentido contrario: si los trabajadores consumen proporcionalmente más que los capitalistas, el alza salarial impulsa la demanda agregada, la mayor demanda eleva la producción, la inversión y el empleo, sosteniendo el ciclo en dirección opuesta. En este escenario, el motor económico es el gasto de consumo de los trabajadores.

Cuál de estos regímenes opera en realidad no es una ley universal; depende estrictamente de la estructura productiva de cada país. La respuesta, por tanto, es empírica y debe analizarse caso por caso.

La trayectoria histórica de Colombia

Los datos históricos muestran la trayectoria colombiana en tres periodos claramente diferenciados. Durante 1984-2000, incluyendo tanto la fase proteccionista como la posterior apertura económica, el patrón predominante fue en sentido horario, siguiendo el modelo de Goodwin. En el periodo 2001-2019 se repite esta tendencia, aunque con ciertas anomalías al inicio del siglo. Finalmente, en 2019-2025, la pandemia del COVID-19 distorsionó temporalmente el ciclo, pero la recuperación posterior trazó nuevamente un sentido horario.

El dato más relevante de 2025 muestra un empleo relativamente estabilizado pero una masa salarial que no ha aumentado en la proporción que la retórica oficial sugeriría. Lo verdaderamente significativo es la persistencia de este patrón: aparece antes de la implementación de la inflación objetivo (1999) y antes de la apertura económica, lo que sugiere que el crecimiento jalonado por beneficios tiene raíces estructurales profundas en la economía colombiana.

Los riesgos de ir a contrarritmo

Si esta lectura es correcta, intentar jalonar el crecimiento mediante aumentos salariales por encima de la productividad significa ir a contrarritmo del ciclo económico natural. Los mayores costos laborales comprimen los márgenes empresariales, la inversión productiva cae, el potencial de crecimiento se reduce y la inflación absorbe parte del aumento nominal de los salarios.

El crecimiento del PIB potencial ha descendido de 3,5% a un rango entre 2,5% y 3,0%, con la inversión estancada en torno al 16% del PIB. Ante la baja inversión y la pérdida de capacidad productiva, los incrementos salariales se trasladan inevitablemente a precios más altos o a un deterioro de la balanza comercial. Si bien es pronto para medir el efecto completo, los datos de enero no contradicen a quienes pronostican una inflación en niveles del 6% o 7%.

El deterioro en la balanza comercial, ya bastante negativo en 2025, probablemente se profundizará durante 2026. La tradición poskaleckiana que el Gobierno invoca implícitamente es clara en un aspecto que suele omitirse: la transición de una economía jalonada por beneficios a una jalonada por los salarios no se logra con política salarial aislada, sino con una transformación productiva integral.

La necesidad de transformación estructural

Esto significa implementar políticas de diversificación productiva, formalización laboral que amplíe la cobertura de los incrementos salariales, inversión sostenida en capacidades tecnológicas que eleven la productividad y desarrollo de un sector de servicios de alto valor agregado. Son reformas de largo plazo que requieren consenso político y continuidad institucional, no meros decretos de fin de año.

Corea del Sur intentó este camino bajo el gobierno de Moon Jae-in en 2017, con incrementos agresivos del salario mínimo, y el experimento, si bien no fue un desastre absoluto, tampoco puede calificarse como exitoso. En Colombia, además de los incrementos salariales, durante este Gobierno se ha intentado promover una diversificación productiva. El giro estratégico de Ecopetrol podría interpretarse como un intento de dicha transformación estructural.

Sin embargo, la señal enviada al mercado no fue de diversificación coherente sino de incertidumbre regulatoria, y el resultado es que ni se transforma la estructura productiva ni se preserva la rentabilidad existente. Hoy el ingreso por remesas supera al petróleo y al café combinados, pero no porque se haya diversificado la estructura productiva, sino porque se impidió el crecimiento de las exportaciones minero-energéticas.

Dos caminos para la economía colombiana

Así, la economía colombiana enfrenta en las próximas elecciones dos caminos claramente diferenciados. O bien escoge continuar intentando invertir las manecillas del reloj económico mediante políticas redistributivas agresivas, o puede optar por dejar que el reloj siga su curso natural. Pero esta segunda opción no significa simple inacción; requiere mejorar sustancialmente el mecanismo del reloj.

Esto exige menos decretos de choque y más políticas de largo aliento que aumenten la productividad nacional y permitan una mayor inversión pública y privada. Solo así el tic-tac de la economía colombiana dejará de ser una cuenta regresiva hacia el estancamiento y una mayor inflación, para convertirse en el ritmo constante de un desarrollo verdaderamente sostenible e inclusivo.