Therians: la viralización de una subcultura y su uso político para desacreditar derechos
En las últimas semanas, ha resurgido con intensidad el debate público sobre los llamados "therians": adolescentes y jóvenes que manifiestan identificarse con animales, utilizando máscaras o adoptando comportamientos característicos de estas especies. Esta práctica, lejos de ser novedosa, existe desde hace décadas dentro de nichos de internet y subculturas juveniles. Lo que realmente ha cambiado es su viralización masiva a través de plataformas digitales y algoritmos de redes sociales.
Un patrón recurrente en la discusión pública
Periodicamente emerge un fenómeno social que cumple una función política muy específica: desplazar la conversación pública hacia el terreno del ridículo. Se toma una expresión marginal, llamativa o excéntrica, se amplifica hasta niveles absurdos y se utiliza como supuesta "prueba" de que la sociedad se desmorona debido a agendas de derechos, particularmente aquellos relacionados con mujeres y población LGBTIQ+.
Este guion ya lo hemos presenciado anteriormente bajo distintos disfraces:
- En una época fueron las tribus urbanas y estéticas juveniles
- En otro momento, fandoms convertidos en "sectas" mediáticas
- Hoy, prácticas hipervisibilizadas por algoritmos como los furries, ecosexuales o el teatro de "NPC" en TikTok
Estos fenómenos, aunque distintos en su naturaleza, cumplen la misma función estratégica: ser recortados, exagerados y transformados en evidencia de una supuesta decadencia cultural.
La falacia de la pendiente resbaladiza
A este patrón se suma el recurso clásico de la pendiente resbaladiza, una falacia argumentativa ampliamente utilizada en el contexto político actual. Se manifiesta en memes como "si aceptamos X, mañana se casan con una nevera" o en noticias falsas como la de la "caja de arena en baños escolares", que circularon en varios países sugiriendo que instituciones educativas se adaptaban a estudiantes que "se identificaban como gatos".
Estos no son debates honestos, sino artefactos discursivos diseñados para confundir, indignar y producir una sensación de apocalipsis moral. El objetivo fundamental no es discutir sobre jóvenes con máscaras, sino instalar la idea de que cualquier ampliación de derechos conduce inevitablemente al caos social.
Identidad de género versus performance
Existe una diferencia fundamental que no podemos perder de vista: una moda, estética o performance no equivale a una identidad estructural reconocida en marcos jurídicos, sociales y políticos. La identidad de género no constituye un juego simbólico ni una caracterización pasajera.
Es la forma en que una persona se reconoce y posiciona dentro de categorías sociales que organizan la vida humana: hombre, mujer, no binario, entre otras. Estas categorías no son neutras; están atravesadas por:
- Relaciones de poder históricas
- Distribución desigual de derechos
- Expectativas sociales diferenciadas
- Violencias estructurales
Cuando una persona trans exige reconocimiento, no solicita validación de una fantasía privada, sino respeto a condiciones materiales concretas: acceso a salud, educación, trabajo, documentación acorde a su identidad, seguridad y autonomía física en el espacio público.
La dimensión del mercado y la desigualdad
Un elemento adicional incómodo en esta discusión es el mercado. Vivimos en una cultura donde "ser lo que quieras" también se ha convertido en mercancía. La identidad se traduce en likes, seguidores, marcas personales y oportunidades de monetización.
Esta dinámica abre debates complejos sobre:
- Autonomía versus medicalización
- Desigualdad en el acceso a intervenciones corporales
- Presión social para "optimizarse"
- Ciencia al servicio del capital
Estos debates requieren análisis serios y matizados, no se resuelven con memes ni indignación viral.
De la viralización a la violencia
Lo que resulta evidente es que la viralización del ridículo activa rápidamente la violencia latente. Basta leer comentarios en redes sociales: "si los veo, los pateo", "me voy a autopercibir asesino". El paso del chiste al odio es corto, y esto no es accidental.
Cada vez que un grupo social exige reconocimiento, emerge una reacción desproporcionada que sigue un patrón similar: caricaturizar la demanda, exagerarla hasta el absurdo, presentarla como amenaza al orden social y, finalmente, utilizar esa caricatura para justificar exclusión y agresión.
La verdadera función de estas polémicas
Mientras discutimos sobre máscaras y performances animales, dejamos de discutir sobre problemas estructurales:
- Brechas salariales de género
- Violencias basadas en identidad
- Exclusión educativa y precariedad laboral
- Sistemas de cuidado insuficientes
- Asesinatos de personas trans
- Redes de explotación sexual
La inclusión real no se juega en si alguien maúlla en un recreo, sino en si las instituciones garantizan derechos, acompañan procesos complejos con responsabilidad y protegen a quienes históricamente han estado en riesgo.
Sí, puede haber adolescentes confundidos. Puede haber modas pasajeras. Puede haber exageraciones propias de una cultura digital que todo convierte en espectáculo. Pero utilizar estos elementos para desacreditar luchas estructurales resulta intelectualmente deshonesto.
El problema nunca ha sido que alguien se identifique con un animal en internet. El problema fundamental es que cada vez que alguien exige derechos básicos, aflora una violencia que estaba esperando una excusa para manifestarse. La pregunta relevante no es qué opinamos sobre los therians, sino por qué necesitamos convertirlos en amenaza para evitar hablar de justicia, equidad, igualdad, paz y garantía de derechos fundamentales.
Análisis basado en la investigación de Natalia Escobar del Observatorio para la Equidad de las Mujeres.