Campaña presidencial desesperanzada: el miedo como motor electoral
Campaña presidencial desesperanzada: el miedo como motor

Una campaña sin futuro

Es extraña, triste, vacía y carente de imaginación una campaña presidencial que no ofrece una ilusión de futuro, aunque sea falsa, como la promesa de pavimentar el río Magdalena que hizo Goyeneche en los años sesenta. Esta lánguida y camorrera campaña que atravesamos es, sobre todo, desesperanzada. Lo que ofrecen los candidatos que encabezan las encuestas es miedo: “Vote por mí, porque qué miedo volver al pasado que ya sufrimos”. Así, los ciudadanos deben elegir entre cuál pasado les parece menos peor: los últimos cuatro años de Gustavo Petro o los doce del uribismo en el poder.

Ilusiones del pasado

Ilusión fue lo que despertó Carlos Gaviria en 2006. En medio de la larga noche oscura y violenta del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, su candidatura fue un respiro ético en un país rendido al poder del paramilitarismo y el narcotráfico. Gaviria perdió, pero su votación mostró que el culto a Uribe no era unánime y que era posible soñar una política desde la decencia y el respeto a las libertades individuales. También fue ilusión la Ola Verde de Antanas Mockus en 2010. Las redes sociales, entonces novedosas, inflaron un fenómeno político que el día de la elección evidenció que muchos clics no significan votos. Perdimos, pero quedó la evidencia de un legítimo entusiasmo juvenil que rechazaba los falsos positivos y exigía frenar la corrupción y la violencia.

En 2014 hubo ilusión: muchos que votamos contra Juan Manuel Santos en 2010 lo apoyamos en 2014 porque los diálogos de paz en La Habana ofrecían la posibilidad real de la desmovilización de las FARC. Con esa misma ilusión votamos en el plebiscito de 2016, que el No ganó raspando y con mentiras, como confesó el promotor de esa campaña. El ajuste del Acuerdo y su firma en el Teatro Colón fueron un momento de ilusión por un futuro mejor, comparable solo con la firma de la Constitución de 1991.

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De 2018 a 2022: entre promesas y realidades

La campaña de 2018 estuvo marcada por el resultado del plebiscito. Iván Duque prometió hacer trizas el Acuerdo, mientras que Gustavo Petro prometió implementarlo. Fajardo se fue a ver ballenas tras la primera vuelta; Petro perdió y el uribismo regresó al poder. Dos estallidos sociales, en 2019 y 2021, recordaron que muchos sectores marginados seguían anhelando un cambio social que impactara su vida cotidiana en términos de inclusión. Esos reclamos fueron la semilla que Petro cosechó hace cuatro años, cuando el uribismo (parece que hoy se les olvida) ni siquiera alcanzó a pasar a la segunda vuelta. “Seré el primer presidente de izquierda” fue la bandera que Petro repitió en 2022. Algunos auguraban que eso significaría convertir a Colombia en Cuba y llenarnos de expropiaciones. Otros soñaron con vivir sabroso, un tren elevado de Buenaventura a Barranquilla y universidad gratis para todos.

El escenario de 2026

En 2026 ya sabemos cómo es un gobierno de izquierda y también sabemos (tenemos máster en eso) cómo son los gobiernos de derecha. Debe ser por eso que algunos aún dudamos por quién votar, pero todos tenemos clarísimo por quiénes jamás lo haremos.

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