Frijol, habichuela o alubia: la misma legumbre con múltiples nombres en América Latina
Frijol, habichuela o alubia: un alimento con muchos nombres

Frijol, habichuela o alubia: la misma legumbre con múltiples nombres en América Latina

Cuando usted cocina en su hogar o siembra en su propia tierra, sabe con certeza qué está poniendo en el plato. Los nombres son familiares, los sabores reconocibles y no hay dudas sobre lo que se come. Sin embargo, basta cruzar una frontera —o incluso viajar a otra región del mismo país— para que algo tan cotidiano como una legumbre se convierta en motivo de confusión. Lo que en un lugar es fríjol, en otro es habichuela; donde unos hablan de alubias, otros dicen judías o caraotas.

¿Por qué tiene tantos nombres una misma legumbre?

La polémica parece grande, pero la realidad es más simple de lo que parece. Alubias, frijoles, judías, caraotas y habichuelas son distintas formas de nombrar, según la región y la tradición cultural, a la misma legumbre que ha acompañado la alimentación de América y Europa durante siglos: la Phaseolus vulgaris. El español se habla en más de veinte países y en decenas de regiones con historias agrícolas distintas. Por eso, un mismo alimento puede tener múltiples nombres según la tradición local.

En Colombia se dice fríjol; en México, frijol; en Perú, frejol; en Venezuela, caraotas (sobre todo cuando son negras); en Chile y Argentina, porotos; en Puerto Rico, habichuelas; y en España, judías o alubias. No se trata de alimentos distintos, sino de variaciones culturales del mismo cultivo, adaptado a climas, suelos y cocinas diferentes. La confusión aumenta cuando se habla de la forma en que se consume. Cuando la vaina se cosecha tierna y se come completa, con semillas inmaduras, muchos países la llaman judía verde o habichuela verde. Si se deja madurar y secar en la planta, entonces se desgrana y se obtiene el fríjol seco que conocemos en sopas, guisos y platos tradicionales.

Variedades y diversidad del frijol en el mundo

Según el Missouri Botanical Garden, las variedades modernas de fríjol fueron desarrolladas para reducir la fibra que antiguamente debía retirarse manualmente. Hoy existen miles de variedades que reflejan siglos de selección agrícola, intercambio cultural y adaptación a distintos climas y suelos. Algunas semillas son diminutas, casi del tamaño de una lenteja; otras son grandes, ovaladas o arriñonadas. Las hay negras y brillantes, rojas intensas, blancas, amarillas, moteadas o jaspeadas, con pecas y combinaciones que parecen pintadas a mano.

Se estima que en el mundo existen más de 38.000 variedades, una diversidad que no solo habla de riqueza genética, sino también de historia: cada tipo de fríjol cuenta el recorrido de comunidades que lo cultivaron, lo intercambiaron y lo conservaron generación tras generación.

Las variedades más cultivadas en Colombia

En Colombia, el fríjol no es solo alimento: es identidad regional. Entre las variedades más destacadas se encuentran:

  • Cargamanto rojo: cultivado en Antioquia, Huila, Tolima, Cundinamarca y Nariño. Grano grande, rosado o rojo con pecas blancas y piel gruesa. Es uno de los más consumidos en el país.
  • Cargamanto blanco: similar en tamaño y forma, con tonalidades rosadas y manchas rojizas. Presente en varias de las mismas regiones productoras.
  • Bola roja: redondeado y rojo brillante. Popular en el altiplano cundiboyacense; suele teñir ligeramente el agua de remojo.
  • Calima: morado o rojo, de forma arriñonada, con ciclos de producción rápidos y alta demanda.
  • Caraota negra: ampliamente usada en preparaciones tradicionales; en muchos casos es importada desde Argentina.

En el fondo, la polémica sobre el nombre revela algo más profundo: la riqueza cultural que rodea a los alimentos. Un fríjol puede cambiar de nombre al cruzar una frontera, pero sigue siendo la misma semilla que ha acompañado a generaciones enteras.

¿Para qué sirve el frijol? Valor nutricional y usos tradicionales

El fríjol no es solo un alimento cotidiano en América Latina, es una de las bases históricas de su alimentación. Además de su versatilidad en la cocina, aporta nutrientes esenciales y ha tenido usos tradicionales en distintas culturas. Por ejemplo, según el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, su valor nutricional es amplio y lo convierte en un cultivo estratégico para la región. Y es que en valor nutricional aporta:

  • Fibra, que ayuda a regular el tránsito intestinal y contribuye a disminuir el colesterol en sangre.
  • Calcio, fundamental para la contracción muscular y la formación de huesos y dientes.
  • Hierro y zinc, minerales clave en la regulación de funciones metabólicas y procesos celulares.
  • Fósforo y vitamina C, que cumplen funciones antioxidantes y participan en distintos procesos del organismo.
  • Proteína vegetal, que lo convierte en una excelente alternativa nutricional en dietas basadas en plantas.

Por su parte, de acuerdo con el Royal Botanic Gardens, Kew, el fríjol común se consume en distintas etapas de desarrollo:

  1. Semillas maduras secas: son las más conocidas y se utilizan como legumbre en sopas, guisos, potajes y preparaciones tradicionales.
  2. Vainas y semillas inmaduras: se consumen como verdura (Habichuelas verdes o vainitas), crudas o cocidas, al vapor, salteadas o encurtidas.

Por parte de la medicina tradicional se le han atribuido propiedades, según menciona el Jardín Botánico de Bogotá:

  • Diuréticas
  • Antidiabéticas
  • Uso complementario en casos de hidropesía y reumatismo

Ojo, según el Jardín Botánico de Kew, el fríjol seco debe cocinarse correctamente antes de consumirse. Contiene lectinas —compuestos naturales que actúan como defensa de la planta— que pueden causar náuseas, vómitos o diarrea si se ingieren crudas o mal cocidas. El remojo previo y la cocción completa eliminan este riesgo.

En resumen, el frijol es mucho más que un simple ingrediente: es un símbolo de diversidad cultural y nutricional que une a América Latina y más allá. ¿Y usted: cómo le dice al frijol?