El triunfo del cacao santandereano en el escenario mundial
En las veredas de San Vicente de Chucurí, Santander, el cacao representa mucho más que un cultivo tradicional. Es una herencia familiar, un estilo de vida y ahora, gracias al esfuerzo de la familia Rincón Santamaría, un producto de excelencia reconocido internacionalmente. La medalla de plata obtenida en el prestigioso certamen Cacao of Excellence Awards corona seis años de trabajo meticuloso y dedicación absoluta.
Una herencia que florece entre generaciones
Adela Santamaría creció entre las costumbres campesinas de sus padres y abuelos, quienes transformaban el cacao en las bolitas de chocolate que endulzaban los desayunos familiares. Para ella, este fruto era simplemente el sustento diario, una realidad agrícola sin mayores pretensiones. Su hijo, Juan Carlos Rincón, escuchó desde niño la frase que su padre repetía con convicción: "San Vicente de Chucurí produce el mejor cacao del mundo". Esas palabras, que inicialmente parecían una simple expresión de amor por la tierra, se convertirían en la semilla de un sueño ambicioso.
Juan Carlos estudió ingeniería eléctrica y vivió en la ciudad, pero siempre sintió que algo faltaba en su vida. El llamado del campo y la familia fue más fuerte, y decidió regresar a la finca donde creció. Sin embargo, su retorno no significó continuar con las prácticas tradicionales. Con libreta en mano y una curiosidad insaciable, comenzó a estudiar minuciosamente cada aspecto de la producción cacaotera.
La transformación: de cultivo tradicional a producto de excelencia
Adela observaba con extrañeza a su hijo deteniéndose árbol por árbol, examinando los colores de cada mazorca y anotando meticulosamente el sabor de cada grano. "Mijo, ¿por qué le dedica tanto tiempo? ¿Acaso le pagan más por eso?", le preguntaba con ese tono característico de las madres santandereanas que mezcla preocupación y regaño. Juan Carlos, sin embargo, intuía que el verdadero valor no estaba en el peso de la arroba de cacao corriente, sino en el potencial sin explotar de las variedades especiales del fruto.
El camino hacia el reconocimiento internacional no fue sencillo. Juan Carlos intentó participar dos veces en las convocatorias del premio antes de lograr clasificar. En la primera ocasión, el tiempo le jugó en contra. En la segunda, sus muestras no cumplieron con los requisitos para salir de Colombia. Estas experiencias le enseñaron que para competir en las grandes ligas del cacao mundial, el amor por la tierra no era suficiente. Se necesitaba técnica, control y una mentalidad profesional.
La preparación meticulosa que rindió frutos
Decidido a aprender, Juan Carlos participó en un panel de catación nacional con ayuda de organizaciones suizas, donde compartió experiencias con otros 15 productores. Aprendió a probar sus granos de la mano de expertos hasta dominar la técnica. Su atención al detalle y al sabor lo llevó incluso a montar su propio taller de chocolatería, buscando entender completamente el proceso desde el cultivo hasta el producto final.
Cuando llegó la nueva convocatoria, estaba más que preparado. Envió dos muestras a la Federación Nacional de Cacaoteros: una con su propio cacao y otra con el cosechado por los trabajadores de la finca de su madre. Cinco meses después llegó la sorpresa: la muestra que clasificó para representar a Colombia era precisamente la de la finca de Adela, convirtiéndola en la única mujer del grupo colombiano.
Un triunfo compartido entre madre e hijo
La muestra de Adela cruzó el océano hasta llegar a manos de los jurados en los Países Bajos, donde finalmente se alzó con la medalla de plata. "Yo me apersoné de la mía para ganar y por allá ni soné. Ganó la de mi mamá", cuenta Juan Carlos con una mezcla de sorpresa y orgullo. Adela, por su parte, reconoce que sin el esfuerzo y la dedicación de su hijo, este logro nunca se hubiera alcanzado.
Para Adela, ganar la medalla fue una sorpresa que le cambió la vida. "Fue una gran alegría, una satisfacción muy grande después de tanto trabajo", expresa con la sencillez característica de las mujeres del campo. Pero más allá del reconocimiento internacional, lo que ella atesora profundamente es ver a su hijo convertido en un líder que no solo trabaja la tierra, sino que la dignifica y comparte su conocimiento con otros cacaocultores.
El futuro: calidad sobre cantidad
El éxito en Ámsterdam no representa el punto final, sino el comienzo de una nueva etapa. Hoy, la finca atrae miradas de compradores internacionales de lugares tan distantes como la India. Sin embargo, para los Rincón Santamaría, la prioridad sigue siendo mantener la excelencia sobre la producción masiva.
Juan Carlos continúa experimentando con nuevos procesos, buscando esa nota de sabor única que podría llevarlos a una futura medalla de oro. Adela permanece firme como el pilar familiar, con esas manos que parecen tener un don especial para hacer florecer el cacao con calidad superior. Ambos concuerdan en que este reconocimiento pertenece también a todos los cacaocultores que trabajan día a día la tierra, tratando de sobrevivir ante las dificultades del campo colombiano.
La historia de esta medalla de plata es, en esencia, el relato de un reencuentro: el de un hijo con sus raíces y el de una madre con el futuro de su legado. En la cocina de su hogar, entre aromas de chocolate recién molido y la brisa que refresca el calor chucureño, Adela y Juan Carlos siguen escribiendo su historia. Una historia que se saborea en cada grano que, con paciencia y constancia, logra impulsar no solo a su familia, sino a toda una región y a Colombia en el mapa mundial del cacao de excelencia.
