La paradoja nacional: Colombia exige más a sus futbolistas que a sus políticos
Con el escrutinio de las votaciones al Senado y la Cámara de Representantes en pleno desarrollo, así como el avance del proceso para elegir presidente de la república, la polarización política está cada vez más marcada. Sin embargo, ninguna de estas discusiones tuvo tanta repercusión en redes sociales y medios de comunicación como las generadas por el delantero Jhon Jáder Durán y el histórico Carlos el 'Pibe' Valderrama.
El extraño deporte nacional
Esto representa el perfeccionamiento de un extraño deporte nacional: exigirle todo a los futbolistas y casi nada a los políticos. Cada fin de semana, el país entero se convierte en un tribunal implacable donde millones de "analistas" revisan cada pase mal dado, los cambios del técnico y las decisiones arbitrales. Las redes sociales hierven, los programas deportivos se llenan de indignación y el juicio público es inmediato. Pero ese mismo rigor, esa misma obsesión por el detalle, desaparece misteriosamente cuando se trata de revisar lo que hacen quienes gobiernan el país.
Sería interesante imaginar qué pasaría si la sociedad colombiana dedicara al menos dos horas semanales (lo que dura, aproximadamente, un partido de fútbol) a revisar la gestión de un senador, un representante a la Cámara, un alcalde o un presidente. No dos horas para repetir lo que dijo un meme o un trino viral, sino para leer proyectos de ley, entender votaciones o cuestionar decisiones. Si ese nivel de escrutinio existiera, probablemente muchos políticos no sobrevivirían ni a su primer semestre en el cargo.
Raseros diferentes para medir
La paradoja es absurda. A un futbolista se le reclama como si le debiera algo a cada ciudadano de este país; le fiscalizan la vida, las lesiones, los viajes, las parejas y los minutos. Se le exige liderazgo, compromiso, disciplina y resultados inmediatos. Y está bien exigirles a los deportistas, porque representan a un país y porque su exposición pública implica responsabilidad. Lo que no tiene sentido es que el mismo nivel de exigencia no exista para quienes administran recursos públicos y toman decisiones que afectan directamente la vida de millones de personas.
El dinero de los futbolistas lo generan ellos con su talento, su trabajo y el mercado que han construido alrededor del deporte. En cambio, el salario de un congresista, un ministro o un alcalde sale del bolsillo de todos los colombianos, incluso de quienes jamás votaron por ellos. Aun así, la indignación colectiva rara vez se dirige con la misma intensidad hacia la política.
Indignación selectiva y doble moral
El país se incendia por una discusión entre Durán y el 'Pibe', cada quien toma un bando, se atrinchera y desde allí ataca, pero guarda un silencio incómodo frente a decisiones públicas que comprometen miles de millones de pesos, lo que de verdad afecta, lo que realmente debería tocar fibras.
También está el discurso moral que suele caer sobre los deportistas. A Durán, por ejemplo, se le exige tener inteligencia emocional, ser respetuoso y convertirse en ejemplo para la sociedad y desde una especie de atril lo condenan, pero no pasa lo mismo con los condenados por corrupción en este país.
¿Se hace el mismo examen con los políticos? ¿Les piden preparación, respeto por el debate público, capacidad emocional para gobernar y altura ética para representar a la ciudadanía? Si ese filtro se aplicara con la misma severidad, más de uno que hoy está contando los días para ocupar una curul desde el 7 de agosto de 2026 se habría quemado en las urnas el domingo pasado.
El verdadero juego del poder
El problema, al final, no es el fútbol. El problema es la forma en que como sociedad se decidió distribuir la indignación. Nadie está obligado a dejar de ver partidos o discutir alineaciones; cada quien usa su tiempo como quiera. Pero Colombia sería un país muy distinto si la pasión que hoy se invierte en discutir una jugada se trasladara, aunque fuera un poco, a vigilar el poder.
Tal vez, y solo tal vez, entonces el verdadero juego (en el que se define el futuro del país) tendría un público mucho más exigente. Mientras tanto, seguiremos siendo testigos de esta paradoja nacional donde exigimos perfección a quienes patean un balón, pero toleramos la mediocridad de quienes manejan nuestro destino colectivo.
