Poeta José Luis Díaz Granado: homenajeado en FILBo 2026
Poeta José Luis Díaz Granado, homenajeado en FILBo 2026

Hay conversaciones que nunca culminan. Esta que sostengo con mi padre lleva, en realidad, los mismos años que tengo de vida y se ha ido alimentando del afecto de nuestras lecturas compartidas, de debates, de diferencias y de cercanías que han ido enriqueciendo nuestras miradas sobre la literatura y también sobre la realidad del mundo. A propósito del homenaje que rendirá la Filbo 2026, con motivo de sus ochenta años de vida, lo interrogo y escucho de otra manera y lo reconozco como un testigo y protagonista de una época, no solo como hijo que explora en esas historias los hilos de su propia vida, sino como un reportero que intenta reconstruir una vocación nacida entre poemas copiados a mano, lecturas tempranas y encuentros decisivos con figuras como García Márquez o Neruda. En esta conversación redescubro su prodigiosa memoria y recreo esos relatos que he escuchado toda una vida y que se reescriben cada vez que se cuentan de nuevo y en los que siempre intento comprender de dónde viene y hacia dónde va una vida consagrada a las palabras.

Los orígenes de una vocación literaria

José Luis Díaz Granado recuerda que su amor por la literatura nació de su madre, Margot, quien de joven copiaba poemas de Rubén Darío, Silva, Valencia, Chocano, Delmira Agustini, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou en un álbum. Ya en Bogotá, ella les leía esos poemas a él y a su hermano, y él quedó enamorado de la eufonía. A los siete años, recuperándose de una fiebre, abrió el álbum y, viendo páginas en blanco, tomó un estilógrafo Parker y empezó a escribir versos a la Virgen de Fátima. Ilustró el poema con una casita y un pajarito volando, y lo tituló La casa de mayo. Un amigo de su padre lo llevó a un programa infantil en la Radio Nacional, donde recitó el poema y fue muy aplaudido. Era el 13 de junio de 1953, el día en que el general Gustavo Rojas Pinilla derrocaba a Laureano Gómez.

Encuentros con maestros de la poesía colombiana

En el Externado Nacional Camilo Torres, Díaz Granado tenía un programa radial llamado Hombres y letras, donde hablaba de Rafael Alberti y Jorge Guillén. Luego, en el Gimnasio Boyacá, encontró un grupo de condiscípulos con inquietudes literarias. En 1962, llevó al colegio la novela La mala hora de García Márquez y la comentaba con Luis Fayad, Álvaro Miranda y Pedro Manuel Rincón. Más tarde conoció a Juan Gustavo Cobo Borda a través de María Mercedes Carranza, con quien compartía el gusto por escribir poemas sobre el cine italiano, el Che Guevara, la guerra de Vietnam y escuchar a Bob Dylan, Joan Báez, los Beatles y los Rolling Stones. Eduardo Carranza, padre de María Mercedes, lo tenía en alta estima. Así fue conociendo a contemporáneos como Giovanni Quessep, Darío Jaramillo Agudelo, Augusto Pinilla, Jaime García Maffla, Miguel Méndez Camacho, David Bonells Rovira, Henry Luque Muñoz, Hernán Reyes Peñaranda y Gerardo Azcárate Calero, quienes se agruparon en publicaciones colectivas. Cuando les pidieron bautizar el grupo, consultaron a Aurelio Arturo, quien dijo: "Ya estamos saturados de nombres". Y se quedó: la generación sin nombre. Se reunían, recorrían el centro y Chapinero, hacían bohemia, atacaban a los nadaístas, iban a librerías como Buchholz, la Gran Colombia, la Central, Tercer Mundo, La Lechuza, y tomaban café en El Pasaje, La Romana, El Cisne, y bebían aguardiente en El Automático, El Excelsior y El Agujero.

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La relación entrañable con Gabriel García Márquez

En 1959, influido por su primo José Stevenson, Díaz Granado visitaba los domingos a su tía Dilia Caballero de Márquez, quien le mostraba recortes de un sobrino que escribía: Gabriel García Márquez. Fascinado con la lectura de La hojarasca, escribió un cuento imitándolo, La casa, que fue publicado en el Dominical de El Espectador. Su tía lo llamó: "Gabito quiere conocerte". Fue a visitarlo y encontró a un costeño muy cálido, sentado en el suelo junto a Mercedes, quien cargaba a Rodrigo, un bebé de tres meses. Gabo leyó el cuento y le dijo: "El cuento es bueno". Así comenzó todo. Le llevó después otro cuento, Un día antes del viaje, inspirado en uno suyo, que se publicó en diciembre de ese año. Según Gerald Martin, Jacques Gilard y Eligio García, es el primer texto en el mundo dedicado al futuro premio Nobel. A partir de ahí lo visitaba con frecuencia en su apartamento de Chapinero y en su oficina de Prensa Latina. Gabo le hablaba como a un adulto y le recomendaba lecturas de autores anglosajones. Fue el primer escritor que conoció de cerca y esa cercanía se mantuvo toda la vida.

El laberinto y la influencia de Neruda

En 1965, tras una temporada con su padre en la Zona Bananera del Magdalena, Díaz Granado comenzó a escribir poemas de temática caribe. Al regresar a Bogotá, trabajó en la revista Letras Nacionales, dirigida por Manuel Zapata Olivella, donde se embelesaron con los libros del boom latinoamericano: La región más transparente, Rayuela, La ciudad y los perros, Tres tristes tigres, El obsceno pájaro de la noche. Se enamoró de una prima que leía a Sartre y Simone de Beauvoir, y para deslumbrarla escribió El laberinto, un poema experimental influido más por esas novelas que por la poesía. Lo publicó en plaquette en marzo de 1968. En octubre conoció a Pablo Neruda en Bogotá y días después ganó el premio Carabela en Barcelona con un pasaje de El laberinto.

Díaz Granado confiesa que desde niño le atraía la poesía de Neruda, aunque su generación prefería a Vallejo. Al leer El viajero inmóvil: introducción a Pablo Neruda de Emir Rodríguez Monegal, sintió una revelación. Se obsesionó con Neruda, buscó sus libros y leyó sus Obras completas. Le deslumbró su capacidad de embellecer cualquier cosa, desde el agua que anda descalza por las calles mojadas hasta las cebollas, las tijeras y las papas fritas. En ese momento estaba abatido por la muerte de su padre, pero al leer Estravagario descubrió la alegría de vivir. Neruda le enseñó a ser feliz, a luchar por causas justas, a burlarse de la muerte, a amar de verdad. Desde entonces, cada vez que enfrenta un problema acude a su obra, como los creyentes recurren a la Biblia o al Corán. Está convencido de que Neruda es un poeta mayor que no tiene par en Occidente.

Las puertas del infierno y el compromiso político

El día de la toma del Palacio de Justicia salió a las librerías su primera novela, Las puertas del infierno, finalista del premio Rómulo Gallegos. Comenzó a escribirla en abril de 1976, una noche que no olvida. Estaba muy enamorado de Alba, su madre, quien le inspiró el poema que lleva su nombre. Cuando se separaron en 1979, sufrió una crisis que lo llevó a un descenso a los infiernos de los bajos fondos de Bogotá. Esa experiencia alimentó la novela, cuyo objetivo inicial era escribir una Bildungsroman. Tuvo influencias de Ulises, de Joyce; de Henry Miller y de Beckett con Molloy, que le dieron la estructura del monólogo. También hubo una dimensión espiritual: se matriculó en la Facultad de Teología de la Javeriana para estudiar temas como el pecado y la culpa. El protagonista, José Kristián, tiene 33 años y busca al padre, a Dios, al amor, a la verdad, encontrando la respuesta en la bitácora delirante del lenguaje.

En cuanto al compromiso político, Díaz Granado siempre estuvo convencido de que el escritor debía tenerlo. Prefiere a los artistas comprometidos con las clases trabajadoras y con la esperanza de un mundo mejor, como León de Greiff, Jorge Zalamea y Luis Vidales. De Vidales fue secretario en el Dane en 1975. Por sus actividades políticas recibió amenazas en los 90 y se exilió en Cuba con Gladys y Carolina a comienzos del siglo XXI. Allí conoció una sociedad más racional y la más auténtica solidaridad, escribió mucho, conoció a grandes figuras de la cultura, y su amistad más entrañable fue con Aitana Alberti. Durante casi seis años pudo compartir largas jornadas con García Márquez de una manera más íntima y tranquila.

El homenaje en la FILBo 2026

Ahora que es uno de los autores homenajeados en la Filbo 2026, Díaz Granado reflexiona sobre para qué sirve la literatura en un mundo tan difícil. Siente una necesidad casi irracional de reedificar la vida, de reconstruir la realidad. Escribe poemas y narraciones para tratar de corregir la vida; es decir, por aquello que hubiera querido hacer y no lo hizo, pero que en la literatura sí lo logró. Es como un paraíso personal.