Yo no quiero elegir: libertad, igualdad y seguridad
Yo no quiero elegir: libertad, igualdad y seguridad

En un libro genial que acabo de leer, Los nombres de las cosas, de Mariano Peyrou, un libro que me ayuda a pensar, pero, sobre todo, una novela muy original que me mata de risa por su inteligencia, que es despiadada, risueña y tierna a la vez, alguien le pregunta a una niña si quiere más al papá o a la mamá y ella responde: "Yo no quiero elegir". Los protagonistas del libro, que son tres amigos (el narrador, Garzía y Amudsen), celebran la respuesta de la niña. Garzía piensa que "desde esa pregunta se trata de imponer una lógica, la de la elección obligatoria, la de la renuncia". Amudsen va más allá: "La de la monogamia". Garzía concluye "no nos quieren dejar tenerlo todo", y Amudsen remacha: "Ni siquiera desearlo todo".

Los dilemas de la vida íntima y los de la vida pública no son tan distintos. Tal vez son los mismos: libertad, igualdad, seguridad. Los extremistas nos quieren imponer un solo principio sobre todos los demás. La derecha política y familiar se decanta siempre por la estabilidad y la intransigencia: matrimonio indisoluble, heterosexual y con hijos obedientes, por no decir sumisos. Es decir, su lema es la seguridad a ultranza. También en la política.

Para venir a nuestra actual situación: Seguridad es lo que nos ofrecen los candidatos de derecha o extrema derecha, este último con acento en cierto tipo de libertad; no la libertad de abortar o de casarse con quien les dé la gana a las mujeres (con otra mujer, por ejemplo), sino la libertad de que los ricos se vuelvan más ricos, sin impuestos y sin dejarles ni siquiera migajas a los excluidos.

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El candidato de la extrema izquierda pone su acento en la igualdad y su programa consiste en empobrecer a los ricos, en desbaratar lo que funciona bien (si alguien gana plata con eso) y en darles subvenciones o limosnas a los pobres, pero sobre todo en enriquecer a la casta que gobierna, no importa si esta viene del mundo de la corrupción o de la delincuencia, con tal de que hayan sido marginados y pasando por alto que hayan carecido de escrúpulos, es decir, perdonando que hayan secuestrado o matado alguna vez. Es la igualdad del resentimiento, que no sólo desconfía del mérito, sino que niega que el talento o el esfuerzo deban ser recompensados. En ese sentido esta izquierda detesta la libertad de emprender o de destacarse por algo que proviene del tesón o de un azar genético (natural) o cultural. Todo esto se desprecia como meros privilegios de casta o de clase y por lo tanto es visto como despojo a los demás.

Los que no estamos ni con los unos ni con los otros, y por eso se nos ve como flojos, no queremos renunciar a nada, no queremos tomar partido por un solo valor, queremos impulsarlos y hacer lo posible por reconciliarlos en una discusión y unos acuerdos complejos y permanentes. Nos gustan la libertad creativa, la libertad de iniciativa, de pensamiento, de expresión. La igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades, la igualdad de acceso a ciertos bienes básicos (agua, alimento, abrigo, afecto, ambiente, educación), pero no que los pobres se enriquezcan con la libertad de ser corruptos o con la libertad de asaltar o matar. Los tibios no queremos renunciar tampoco a la seguridad de los inermes. Pero se nos exige que escojamos, que tomemos partido por los que secuestraban o por los que usaban la motosierra. Si lo queremos todo, nos acusan de ingenuos, tibios, idiotas útiles.

Hace años, por saber mis orígenes, me hice un test. Por el lado del ADN mitocondrial mi más lejana antepasada tenía origen indígena andino; por el lado del haplogrupo paterno, mi antepasado remoto me llevaba a España. Ambos, en últimas, se remontaban a África. Mi mamá era una capitalista con conciencia social; mi papá un socialista que no desdeñaba la libertad. Yo no quiero escoger ni renegar de ninguno de los dos. Un candidato como Sergio Fajardo es capaz de conseguir tanto un capitalismo como un socialismo reformados. Por eso elijo votar por él, es decir, por uno que no escoge, que lo quiere todo. Por Héctor Abad Faciolince

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