Luis Enrique Figueroa: El sibarita santandereano que cambió el seminario por los trapiches
Luis Enrique Figueroa: De seminarista a historiador picaresco

La vida picaresca de Luis Enrique Figueroa: Un ícono santandereano

Historiador, columnista y sibarita de tiempo completo, Luis Enrique Figueroa Rey fue el alma de la picaresca santandereana. Su vida estuvo marcada por anécdotas humorísticas, un profundo amor por su tierra y una personalidad que combinaba lo sacro con lo terrenal de manera única.

Del seminario a los trapiches: Un giro inesperado

Mientras cursaba quinto de bachillerato en el Seminario Conciliar de Pamplona, la vida de este "pichón de papa" dio un vuelco radical. El rector lo llamó a su oficina y le entregó una carta que demoraba tres días en llegar desde Piedecuesta. La misiva contenía noticias fatales: su padre había fallecido. Tras el impacto inicial, Figueroa preguntó con devoción: "¿Y moriría con el consuelo de la extremaunción?". La respuesta del cura mensajero fue contundente: "No sea zoquete, Figueroa. La carta sólo dice que se vaya a administrar tres trapiches que le quedaron de herencia".

Así, colgó el latín y el evangelio para dedicarse a las matas de caña de azúcar en su amada Piedecuesta. Como él mismo lo expresó: "Me alejé del cielo pero me acerqué más a la tierra". Sin embargo, no se enterró definitivamente en el campo, sino que estudió Derecho en la Universidad Nacional, aunque nunca ejerció formalmente.

La picaresca eclesiástica y el humor santandereano

Figueroa tenía un humor espontáneo y un repentismo proverbial que lo caracterizaban. Su tema favorito eran las anécdotas eclesiásticas, como la del cura Jerez que, además de su ministerio, tenía una compra-venta de carros y aprovechaba el púlpito dominical para promocionar su mercadería: "Viajaba Jesús con sus apóstoles entre Jericó y Jerusalén en una camioneta Chevrolet Apache que, a propósito, una de esas se halla a venta en el despacho parroquial...".

Cuando Bucaramanga aún no era diócesis y dependía de Pamplona, Figueroa encabezó un movimiento laico que logró convertir la ciudad en centro diocesano. Al enterarse de que el nuevo obispo sería Aníbal Muñoz Duque, quien como él tenía estrabismo, corrió a contarle a su esposa Carmenza Clausen: "¡Carmenza, ganamos..!". Ella preguntó eufórica: "¿Un liberal?". Él respondió: "¡No, mija, un tuerto..!".

Vestimenta excéntrica y personalidad dual

Su forma de vestir era desconcertante. Podía presentarse ante Alfonso López Michelsen con un pantalón de dril ordinario y una chaqueta de paño, o asistir a la ceremonia del deportista del año con una corbata verde, camisa de manga corta a cuadros azules y zapatos sacados de un poema del Tuerto López. Para la cabeza tenía un surtido de boínas, gorras y sombreros recogidos de varias regiones.

Cuando alguien le pedía prestada su gorra, respondía con socarronería: "Prestársela es lo de menos. Lo que pasa es que 'sto es mucha gorra pa' tan poca cara". Su personalidad mezclaba al campesino risueño y bonachón con los ataques histéricos de abogado citadino, reflejando su dualidad de cura y abogado frustrado.

Rituales sagrados y respuestas procaces

Los viernes santos, Figueroa cargaba el Palio con el cura oferente en la procesión del Altísimo. Mientras daban la vuelta al parque, escuchaba impasible entre el rumor de la gente: "ahí va el tuerto Figueroa, ahí va el tuerto". Al llegar al atrio, esperaba que la última persona hiciera atormentador el cuchicheo y entonces transformaba su lenguaje sacramental en un procaz rechazo a media voz: "¡Chino hijueputaaa. Si no me va a respetar a mí por lo menos respete al Altísimo que va aquí conmigo!".

Abandonó definitivamente cualquier pretensión legal después de defender a un procesado: "Después de mi vehemente defensa lo condenaron a veinte años...", cuando inicialmente iban a ser diez.

El legado de un explorador del alma santandereana

Este explorador del alma y del pellejo de las gentes, como él mismo se definía, tuvo fama pública de poco generoso, un rumor que circulaba en el chisme popular. Doña Zorayda Uribe, entonces asistente de gerencia de Vanguardia, conservó durante un año una panela verde de moho que Figueroa le trajo de regalo de Navidad.

También es recordado por negarse a pagar la valorización cuando la ampliación de la autopista se acercaba a su finca trapichera. Su paisano Germán Valenzuela le compuso un verso guasón: "Vive prendido a la teta /y no la quiere soltar; / y aunque todo se le fleta / la autopista está incompleta / porque él no quiere pagar".

Luis Enrique Figueroa representó la vida en su más alta expresión: investigó el pasado como historiador, vivió el presente como columnista y estuvo preparado para el futuro, sabiendo que moriría de diabetes. Su espontáneo humor, su proverbial repentismo y sus caricaturas habladas quedarán grabadas para siempre en el mármol de la historia regional santandereana.