El debate sobre la intervención divina en tragedias humanas
Durante más de un mes, Colombia observó con angustia la agonía de una figura política joven y prometedora, víctima de un atentado vil, conectada a máquinas que mantenían sus funciones vitales, sostenida por una combinación de ciencia médica y esperanza colectiva. Meses después, un recién nacido luchó durante doce días contra lo que los médicos denominan pronóstico reservado y otros consideran una prueba de vida. En ambos escenarios dolorosos se repitió un ritual social profundamente arraigado: cadenas de oración interminables, rosarios compartidos, velas encendidas para desafiar al destino implacable.
La gramática moral de los milagros
Y, como es habitual en estas circunstancias, emergió la misma gramática moral colectiva: cada pequeña mejoría, cada hora adicional de vida, cada cambio mínimo en las cifras de los monitores hospitalarios, era interpretado inmediatamente como un milagro divino. No se atribuía a la ventilación mecánica avanzada, ni a la pericia del neurocirujano especializado o del equipo de neonatología. Era obra exclusiva de Dios. La ciencia médica, en el mejor de los casos, era considerada apenas como mensajera secundaria de una voluntad superior.
Luego llegaron los desenlaces trágicos: ambos perdieron finalmente la batalla por la vida. Y entonces ocurrió la transformación semántica más reveladora: la derrota médica se convirtió en victoria teológica. No se dijo abiertamente que Dios no había escuchado las súplicas. Se afirmó, en cambio, que Dios los había llamado a su reino celestial, que la misericordia divina es misteriosa e inescrutable, que el plan de Dios es perfecto aunque incomprensible, que no corresponde preguntar por qué ocurrió, sino para qué propósito superior.
Dios nunca pierde en esta lógica interpretativa. Si la vida se prolonga contra pronóstico, es milagro evidente; si se apaga finalmente, también lo es. La fe funciona así como una empresa con ganancias garantizadas: cuando acierta en sus predicciones, cobra crédito moral; cuando no acierta, simplemente reinterpreta los hechos para mantener su coherencia interna.La dimensión política de la intervención divina
No se trata aquí de cuestionar la legitimidad del duelo humano. Las personas rezan genuinamente porque no saben qué más hacer frente al dolor insondable. La oración es, también, una forma de compañía espiritual. Una manera concreta de decir "estoy presente contigo" cuando no hay nada material más que entregar. El problema filosófico y social empieza cuando un gesto tan humano y comprensible se convierte en explicación totalizante de eventos complejos.
Porque adjudicarle sistemáticamente a Dios cada avance médico y no cada retroceso clínico es una manera elegante de no mirar directamente lo que nos aterra profundamente: que el azar existe realmente, que el cuerpo humano es frágil por naturaleza, que la violencia decide destinos, que la biología no pide permiso para manifestarse, que el mundo físico no nos debe sentido trascendente alguno.
En el ámbito político colombiano y global, esa idea de un Dios interventor directo tiene un aspecto particularmente peligroso. Si Dios salva milagrosamente a un líder político de un atentado, entonces ese líder estaba predestinado para algo grande. Si el líder muere finalmente, entonces su muerte se vuelve designio divino inapelable. Es precisamente por ello que figuras como Donald Trump y Gustavo Petro, en su reciente encuentro, hablaron extensamente de sus respectivos atentados sobrevividos.
La violencia política, que debería ser siempre un escándalo moral y un fracaso institucional evidente, se transfigura así en misterio divino, y este, ya se sabe históricamente, es el mejor anestésico social para la responsabilidad humana colectiva. La historia universal nos lo demuestra contundentemente: las monarquías absolutas se legitimaron durante siglos con derecho divino, las guerras más sangrientas se bendijeron con cruces y símbolos religiosos, y, cómo no recordarlo, muchas dictaduras contemporáneas han usado estratégicamente a Dios para justificar sus excesos de poder.El sufrimiento íntimo y su justificación teológica
En la esfera íntima y familiar ocurre un proceso interpretativo similar. Si el recién nacido crítico sobrevive finalmente, Dios es bueno y misericordioso. Si el recién nacido muere a pesar de todos los esfuerzos, Dios sigue siendo bueno y justo inmanentemente. Siempre bondadoso, siempre justo en su esencia. ¿Y el bebé concreto? ¿Y los padres devastados? ¿Y los doce días interminables de agujas, lágrimas silenciosas, manos apretadas en espera?
Quedan reducidos inevitablemente a un simple capítulo de una narrativa superior donde el sufrimiento humano es pedagógico necesariamente y la pérdida irreparable, apenas el tránsito obligado hacia un lugar mejor prometido. Es una idea psicológicamente cómoda: convierte el dolor agudo en imitación cristológica. La pregunta incómoda, la que nadie quiere pronunciar en voz alta para no parecer impío o insensible, es esta: ¿qué clase específica de misericordia divina necesita realmente el sufrimiento humano extremo para justificarse racionalmente?
Dios nunca pierde en esta construcción cultural porque lo hemos modelado colectivamente como un ser esencialmente bondadoso que nos devuelve constantemente la imagen reconfortante de que todo tiene sentido profundo, incluso cuando evidentemente no lo tiene. Es una defensa psicológica inconsciente, ciertamente, pero también una negociación emocional profunda: preferimos mil veces un universo aparentemente injusto pero con explicación trascendente, que un universo indiferente y frío sin ella.
La honestidad brutal de la ciencia médica
La ciencia médica contemporánea, con su brutal honestidad epistemológica, no ofrece consuelo metafísico alguno. Ofrece probabilidades estadísticas, protocolos clínicos estandarizados, límites biológicos claros. Nos recuerda constantemente, a veces con crudeza, que la muerte es inevitable finalmente para todos los organismos vivos.
Cuestionar críticamente el rol divino en los eventos humanos no es atentar contra la fe personal legítima, es declarar independencia intelectual frente a la manipulación del sentido. Porque mientras sigamos creyendo colectivamente que Dios escribe el libreto completo de cada existencia, todo evento trágico será inevitablemente misterio inescrutable, prueba espiritual necesaria o misericordia divina disfrazada.
Por Jaime Humberto Silva C., historiador y analista social colombiano