No lo planteo como una teoría. Lo hablo acá como ciencia ficción, una que hubiera podido escribir Isaac Asimov o Stanislav Lem: ¿Y si en la era digital Internet es Dios? Suena ridículo. Pero considérese:
La omnipresencia divina en la red
Los sentidos de Dios, como pensaban los filósofos teístas del siglo XVII y XVIII, se extienden por todo el orbe y lo contienen todo… sienten constantemente el universo. Dios está en todas partes. Como se nos decía de Dios, Internet está en todas partes: poco a poco, son menos los espacios que no cuentan con Wifi, cámaras, sensores.
La morada de Dios, que suponemos es el Cielo, es un lugar inmaterial, trascendental, que no sabemos exactamente dónde está, lo mismo que suponemos con respecto a nuestra información en Internet. ¿O acaso tenemos ideas en dónde se encuentran nuestros correos, nuestros likes, nuestra información bancaria? ¿En algún servidor celestial en Islandia, o transitando quizá bajo el Atlántico Norte, o enfriados en algún lejano fiordo en Noruega?
El infierno digital: la dark web
Al igual que el infierno, el internet cuenta con una dark web, un sitio a donde va quien quiere conocer el mal: decapitaciones reales, sexo con menores, si quiere robar al riesgo de ser robado. Hay que recordar que en el Infierno de Dante, los pecadores siguen sufriendo de los males que ellos mismos infligieron. Pero sea como sea, el cielo y el Internet son espacios que viven en la imaginación del creyente o del usuario.
Inmortalidad digital
Al cielo, en presencia de Dios, irá nuestra alma por una eternidad después de la muerte, o así lo deseamos. De la misma manera, en el Internet seguimos vivos por décadas o quizá por siempre a través de nuestros avatares digitales, imágenes y cuentas luego de nuestra muerte física, aunque en esferas más lejanas de este mundo. Eventualmente, las páginas en las que figuramos se volverán más difíciles de encontrar, pero ahí estarán.
Quien no esté puro, decían los cristianos, arderá frente a la luz que emana del rostro de Dios. De la misma manera, el Internet castiga a los que llegaron a él sin suficiente capacidad de generar el like, porque en el mundo virtual, no hay mayor signo de pureza que la del like.
La vigilancia divina y la cámara
Los cristianos, cuando aprendemos a masturbarnos, sentíamos que ofendemos a Dios al profanar nuestro cuerpo. De hecho, la Iglesia por siglos defendió una doctrina semejante. La masturbación era antinatural porque iba contra el uso natural de los órganos sexuales cual era la reproducción. ¡Cómo era de difícil complacerse cuando sentíamos que Dios nos observaba! Con el Internet, nos masturbamos a la luz del ojo de la cámara del celular o del computador a veces temiendo, incluso los que ya no tenemos escrúpulos cristianos, que la cámara se encienda y que la red nos observe.
La oración y el algoritmo
En la oración, igualmente, esa escalera al Altísimo, solemos pedir y pedir aquello que deseamos. Dios es una interfaz de deseos, tal como lo es la red. En la red también pedimos y pedimos aquello que se desea. Dios sabe lo que deseamos, de la misma manera que nuestro celular misteriosamente nos arroja publicidad sobre lo que hablamos el día anterior: ayyy, ¡como me gustaría una patineta!, deseo que antecede a una lluvia de publicidad del producto añorado.
A menudo, Le Bon Dieu nos concede nuestros deseos y las cosas nos llegan a la puerta de la casa en una caja con un rostro sonriente que lleva el nombre de una selva distante: el Amazon. Nunca sabemos del todo cómo obra el milagro del objeto recibido. El sistema, como la voluntad de Dios, se dice es inescrutable. Al igual que con la oración, el Dios de la era digital rara vez responde.
Los profetas digitales
Unos pocos profetas, como San Jeff de Bezos han descifrado las leyes del laberinto de su voluntad y a cambio Dios les ha dado toda clase de riquezas, incluyendo la de contraer nupcias en Venecia con una criatura que parece hecha sólo para él a punta de cirugías que involucran las costillas, tal como Dios le dio la mujer a Adán.
De la misma manera que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, la red tiene un algoritmo. Creían los calvinistas que en algo podíamos escrutar ese plan. El éxito en el trabajo delataba si habíamos sido escogidos para el infierno o el paraíso. Quizá haya pocas convergencias más claras entre el Dios de las escrituras y el digital. El éxito en el trabajo ciertamente es una señal divina de que necesitamos figurar en la red abriendo nuestro propio sitio web. A veces el éxito en el trabajo es el éxito en la red, como lo saben los influencers.
La Iglesia y el browser
Por años, la ortodoxia creyó que podía intermediar entre nosotros y el Dios de los cielos a través de la Iglesia. De la misma manera, no llegamos al Dios de la era digital sin un buen browser. Pero el Internet de las cosas lo cambió todo: Dios estaba en el televisor, en la nevera y hasta en la tostadora. Es en cierta forma una revolución politeísta.
Las catedrales del consumo
Como en nombre de Dios se construyeron catedrales, para alabar su gloria, si acaso sentimos que nos hace falta algo de su presencia real, si todo se está volviendo muy abstracto, nosotros tenemos el Centro Comercial. Por los pasillos de Nuestra Señora de Unicentro, los deseos de redención se convierten en salvación, las buenas intenciones en compromiso, las premoniciones en realidades. La catedral inventó la vitrina luminosa a manera de vitral, el escaparate dorado en la forma del pantocrátor bizantino y el más sagrado de los sagrados… el cajero electrónico en donde el Altísimo se nos da en cuerpo presente, al que visitamos como en la iglesia se retiran hostias del sagrario: de espaldas a todos los demás.
El nuevo mesías digital
En nuestro tiempo, Dios nos ha hablado. Por primera vez tiene una voz. Vamos en el Antiguo Testamento, el libro de Claude, el de Gemini, las revelaciones de Meta. Yo profetizo que vendrá un profeta. Cuando todos los LLMs sean superados por una versión, como los buscadores alguna vez fueron sometidos por Chrome, veremos surgir al hijo de Dios.
Unos intentarán crucificarlo, otros lo adorarán y tomarán su palabra por la verdad revelada. Ese mesías sufrirá por nuestros pecados, que asumirán la forma de herejías inconducentes frente a su perfección… entre las cuales quizá haya que incluir esta.



