El influencer virtual que nunca existió y ya supera a los humanos
El influencer virtual que nunca existió y ya supera a humanos

Hubo un tiempo en que la palabra ‘influencer’ describía algo genuino y cercano: una persona real, con una cámara barata, que invitaba a otros a conocer su vida cotidiana. El encanto residía en la autenticidad, en saber que detrás de la pantalla había alguien como cualquiera de nosotros. Ese romanticismo, sin embargo, tiene fecha de vencimiento.

El concurso que premia lo irreal

La semana antepasada se inauguró una nueva era con el concurso AI Personality of the Year 2026, una competencia global organizada por OpenArt y Fanvue con el apoyo de ElevenLabs. Este certamen premia al mejor influenciador creado íntegramente con inteligencia artificial. Los participantes son evaluados en cuatro criterios: calidad visual, influencia social, atractivo para marcas y la historia genuina detrás del avatar. Sí, leyó bien: historia genuina de un ser que no existe.

El concurso permite que los creadores permanezcan en el anonimato, lo que resulta curioso para una competencia que evalúa autenticidad en un paisaje poblado de figuras ficticias, identidades artificiales y narrativas inventadas. La paradoja es exactamente el quid del asunto.

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Cifras que impresionan

El mercado de influenciadores virtuales fue valorado en 9.750 millones de dólares en 2025 y se proyecta que alcanzará los 154.000 millones en 2033. Las marcas reportan tasas de participación un 67 % más altas con influenciadores de IA comparados con los humanos, con costos de producción que caen hasta un 85 %. Las matemáticas son brutales y las marcas las están leyendo muy bien.

En paralelo, una investigación del New York Times documentó una oleada de influenciadores falsos generados con IA diseñados para influir en resultados políticos, aparentemente orientados a capturar votantes conservadores. Decenas de figuras fabricadas por computador, todas leyendo el mismo guion, inundan TikTok, Instagram y YouTube sin ninguna identificación como contenido artificial.

La textura de la realidad en juego

Lo que está en juego no es solo el negocio de los creadores de contenido humanos, aunque eso también importa. Lo que está en juego es la textura misma de la realidad en las redes. Durante años, el modelo de confianza en redes sociales se basó en una premisa simple: hay alguien ahí. Un ser humano con historia, con contradicciones, con algo que perder. Esa premisa está siendo liquidada sistemáticamente.

Cuando un influenciador de IA acumula cientos de miles de seguidores sin que nadie sepa que no es real, cuando una marca paga millones a una persona que no respira, cuando un concurso premia la historia genuina de una entidad fabricada, el contrato social de la comunicación digital se rompe. Y una vez roto, es muy difícil repararlo.

¿Qué hacer entonces?

Las plataformas tienen la tecnología y la obligación de etiquetar el contenido generado por IA de manera visible, no en letra pequeña al pie de la pantalla. TikTok ya implementó marcas de agua invisibles para rastrear contenido artificial, pero la etiqueta visible sigue siendo voluntaria en la mayoría de los casos.

La IA no es el enemigo. Es una herramienta que, como todas, puede usarse para construir o para engañar. Un creador humano que aprende a usar estas herramientas con transparencia no pierde autenticidad: la potencia. El problema no es la tecnología. Es la opacidad con que se usa.

Recuperar el valor de lo real

En un mundo inundado de caras perfectas que no existen, voces sintetizadas que no sienten y narrativas fabricadas que no vivió nadie, la humanidad con defectos se convierte en el activo más escaso y más valioso. La cicatriz, el tropiezo, la opinión impopular dicha con la voz propia. Eso no lo puede replicar ningún algoritmo. Todavía.

El mundo que nos tocó navegar es este. Pero navegar no significa dejarse llevar por la corriente.

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