La realidad oculta del periodismo colombiano: acoso sexual como práctica extendida
Son las siete de la mañana y una periodista revisa su celular antes de salir a trabajar. Entre mensajes laborales y notificaciones, encuentra insinuaciones, preguntas incómodas y mensajes que cruzan límites personales. Esta escena, que se repite cotidianamente, refleja una problemática estructural en los medios de comunicación colombianos donde el 67% de las mujeres periodistas ha enfrentado acoso sexual en el ejercicio de su trabajo.
Las cifras que revelan una crisis silenciosa
Según el informe "Periodistas sin acoso: Violencias machistas contra periodistas y comunicadoras", publicado en 2021 por la Fundación Karisma, la Red de Periodistas con Visión de Género y Colnodo, la mayoría de los agresores son hombres del entorno laboral más cercano: colegas, jefes o fuentes. Fabiola Calvo, coautora del estudio, afirma categóricamente: "No es que haya cambiado mucho con el tiempo, la situación sigue igual".
Los datos son contundentes: el 73% de las comunicadoras consultadas reportó haber vivido violencias psicológicas, incluyendo humillaciones, gritos y formas de manipulación (24%), así como situaciones de acoso relacionadas con solicitudes de tipo sexual (14.5%). Esta realidad, silenciada durante años, emergió con fuerza en los últimos días tras el comunicado de Caracol Televisión sobre la activación de un protocolo interno para atender denuncias de acoso sexual contra dos de sus periodistas, sumado a la salida de Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas.
De los silencios a la visibilización colectiva
Bajo etiquetas como #YoTeCreoColega y #MeTooColombia, mujeres periodistas compartieron masivamente sus experiencias en redes sociales, señalando patrones sistemáticos dentro del gremio: acoso sexual, comentarios sexistas, abusos de poder y entornos laborales inseguros. Fabiola Calvo Ocampo, periodista, docente y fundadora de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género, explica: "Lo que hoy se nombra tiene una historia larga de silencios, problemas estructurales y un trabajo colectivo para hacerlo visible".
La experta identifica múltiples espacios de violencia: "Las salas de redacción son el reflejo de lo que socialmente vivimos". Pero la violencia no se circunscribe solo a estos espacios formales. Las extensiones informales -como tomar un tinto con colegas o salir de rumba- tampoco deben convertirse en licencias para violentar. Además, las fuentes periodísticas representan un riesgo particular, especialmente para las periodistas jóvenes recién egresadas de la universidad.
El impacto profesional y emocional del acoso
Las consecuencias son profundas y multifacéticas. Calvo detalla: "Una es la afectación emocional y psicológica. Se presentan depresiones que se manejan de forma silenciosa". En el plano profesional, se modifican comportamientos: abandono de redes sociales, autocensura y, en casos extremos, renuncia temporal o definitiva a la profesión. Psicológicamente, se genera "una zozobra permanente, el hecho de no sentirse segura en el entorno cotidiano".
La normalización de estas violencias representa un obstáculo fundamental. "Las violencias se han normalizado y naturalizado en las salas de redacción, en los medios y en la sociedad", afirma Calvo. Chistes, comentarios y formas de relacionarse violentas se han incorporado como parte de la cultura laboral, dificultando su identificación como problemática.
Relaciones de poder y dinámicas estructurales
Las jerarquías y estructuras de poder juegan un papel crucial en la perpetuación del acoso. Calvo analiza: "Hablamos de diferentes campos de poder. Uno es ese que se tiene introyectado, y es que las mujeres han sido 'propiedad privada' del varón". A esto se suma el poder institucional: "'Yo mando, yo decido, tú acatas', es lo que hay en el fondo".
Para las periodistas jóvenes, el panorama es particularmente complejo. Preguntas capciosas sobre gustos personales, invitaciones a cenar o propuestas de "llevarlas a casa" se mezclan con dinámicas laborales donde el acceso a información puede condicionarse a relaciones personales. "Se generan las condiciones para estar a solas", advierte Calvo, destacando cómo estas situaciones aprovechan la inexperiencia y entusiasmo profesional de las recién llegadas.
Dos décadas de trabajo y la fuerza de la juntanza
La Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género cumple 20 años de trabajo en esta problemática. Calvo recuerda: "Abrimos camino cuando aquí no se tocaban esos temas". Talleres, conferencias, manuales, informes y programas como "Ni reinas, ni cenicientas" han sido herramientas para generar conciencia. Pero la experta insiste: "Una sola golondrina no hace verano".
El cambio actual, según Calvo, es resultado de procesos acumulativos: "Los procesos son acumulativos y suman hasta que llega un momento en que hay un salto cualitativo, y es el que estamos presenciando". La juntanza -la unión y apoyo mutuo entre mujeres- ha sido fundamental para romper silencios históricos.
La preparación insuficiente de los medios
Pese a los avances, los medios de comunicación colombianos no están preparados para enfrentar adecuadamente estos casos. Calvo cuestiona: "¿Tienen los medios de comunicación en Colombia un protocolo con enfoque de género que contribuya a prevenir y a sancionar realmente lo que ocurre?". La respuesta implícita es negativa: "Si así fuera, no habría tanta denuncia de acoso".
La solución requiere múltiples vías: acción estatal con enfoque de género, participación de instancias internacionales cuando sea necesario, compromiso de gobiernos, congreso, medios, plataformas digitales, organizaciones periodísticas y facultades de comunicación. Pero sobre todo, requiere lo que está ocurriendo ahora: "La denuncia, la juntanza, la movilización, el arroparnos unas a otras".
Calvo concluye con emoción: "Me emociona porque fui también víctima de violencia, de acosos... y ver ahora que la semilla ha prendido y que ya existe la voz de las mujeres periodistas". Un cambio cultural profundo está en marcha, donde las periodistas ya no callan por miedo, desconfianza o vergüenza, sino que hablan colectivamente para transformar estructuras que durante décadas han normalizado la violencia.



