Sacerdote en Vaupés celebra misa bajo lluvia que atraviesa templo deteriorado
Sacerdote en Vaupés celebra bajo lluvia en templo deteriorado

La fe que resiste donde la estructura cede: un sacerdote en el corazón del Vaupés

Cuando la lluvia cae sobre Acaricuara, en lo profundo del departamento del Vaupés, el agua no simplemente golpea el techo del templo católico, sino que lo atraviesa completamente. Se filtra a través de la madera debilitada por años de humedad y comejenes, cae sobre las bancas de los feligreses, recorre las paredes agrietadas y termina acumulándose en el piso de tierra mientras el sonido constante de las gotas llena el espacio que antes ofrecía refugio del exterior.

Celebración en medio del deterioro

En medio de este escenario, el padre Joan David, ordenado sacerdote hace apenas cuatro meses, continúa celebrando la misa con voz tranquila y serena, como si la fe pudiera sostener lo que la estructura física ya no logra contener. Su camino hacia el sacerdocio incluyó años de formación en filosofía y teología, experiencias misioneras internacionales y aprendizajes que, sin embargo, difícilmente anticiparon lo que significaría llegar a un lugar como Acaricuara.

"Aquí la selva no es simplemente un paisaje, es una condición de vida que redefine constantemente lo esencial", explica el sacerdote sobre su experiencia en esta remota comunidad donde la infraestructura básica es un lujo inexistente.

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Condiciones de vida extremas

En Acaricuara no hay energía eléctrica constante y las noches llegan sin interruptores que las iluminen. El agua potable no se obtiene abriendo una llave, sino recolectando lo que la lluvia proporciona cuando es generosa. Cocinar implica encender leña y esperar pacientemente, mientras que moverse de un lugar a otro no es un simple traslado sino una aventura que puede implicar horas de navegación por ríos caudalosos, caminatas extenuantes o trayectos inciertos dependiendo de lo que esté disponible.

"La distancia aquí no se mide en kilómetros, sino en esfuerzo", comenta el padre Joan David, quien llegó acompañado por tres seminaristas africanos que también eligieron quedarse y aprender de esta experiencia transformadora.

Una misión que va más allá de lo religioso

Desde su llegada, la misión dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una forma de vida integral donde ser sacerdote es apenas una parte de todo lo que hay que hacer. En Acaricuara también hay que enseñar a niños y adultos, acompañar procesos comunitarios, construir soluciones prácticas, resolver problemas cotidianos, adaptarse constantemente y asumir oficios que no estaban escritos en ningún manual pero que se vuelven inevitables cuando las necesidades superan cualquier estructura formal.

El templo, en este contexto, se convierte en la imagen más visible de lo que ocurre alrededor. La humedad constante ha ido debilitando cada pieza de madera, los comejenes han avanzado sin pausa y el techo, que alguna vez ofreció protección, ahora deja pasar la lluvia como si fuera parte natural del paisaje. Cada aguacero no solo moja el interior del recinto sagrado, sino que confirma que el tiempo ha ido ganando terreno y que la estructura está cada vez más cerca de ceder completamente.

Recorriendo el deterioro con el celular

El padre Joan David ha documentado meticulosamente los daños con su teléfono celular, mostrando las grietas profundas, la madera vencida y los puntos críticos de filtración, como si intentara que alguien más pudiera ver lo que él contempla todos los días. Aun así, describe la situación sin dramatismo excesivo, refiriéndose al templo como "un lugar sencillo, parecido a un pesebre, donde también habita Dios", encontrando en esa misma sencillez una razón poderosa para permanecer incluso cuando todo alrededor sugiere fragilidad extrema.

Una misión que se extiende por la selva

Su labor pastoral, sin embargo, no se limita a ese espacio que amenaza ruina, sino que se extiende a aproximadamente 32 comunidades dispersas en medio de la espesa selva amazónica. A estos lugares llega navegando en canoa por ríos caudalosos, caminando durante horas bajo el sol tropical o encontrando la forma de avanzar en condiciones que muchas veces no son favorables.

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En esta región remota, incluso un galón de gasolina puede costar hasta 50 mil pesos si es que se consigue, lo que convierte cada desplazamiento en una decisión que implica cálculo minucioso, esfuerzo físico significativo y planificación detallada.

Encontrando más que necesidad material

En sus recorridos por las comunidades dispersas, el padre Joan David no encuentra solamente necesidad material, sino también una forma de vida que se sostiene con lo mínimo indispensable. Descubre comunidades que trabajan arduamente con lo que tienen a disposición, que resisten desde lo cotidiano y que encuentran en su presencia pastoral una forma de compañía espiritual que no siempre llega por otras vías.

"Mi permanencia aquí no responde únicamente a una misión asignada por la jerarquía eclesiástica, sino a una relación que se construye día a día con quienes habitan este territorio", explica el sacerdote, destacando la dimensión humana de su labor.

Un llamado a la solidaridad consciente

Frente a esta realidad compleja, el padre Joan David decidió pedir ayuda, no como un gesto de urgencia desesperada sino como un reconocimiento honesto de los límites humanos. Comprendió que hay situaciones que no se pueden sostener solo con voluntad individual, que el templo necesita más que resistencia espiritual y que la misión, aunque firme en su propósito, también es vulnerable frente a las condiciones materiales.

Su llamado no se reduce exclusivamente a lo económico, aunque incluye esta dimensión necesaria, sino que se abre generosamente a quienes puedan aportar desde sus conocimientos específicos, a quienes estén dispuestos a visitar la región, a quedarse un tiempo significativo, a enseñar habilidades prácticas, a construir soluciones duraderas, a compartir experiencias valiosas.

"Hay lugares en Colombia donde el país central se siente más lejano y donde cada aporte solidario tiene un peso cualitativamente distinto", reflexiona el sacerdote sobre la particularidad de su contexto misionero.

La decisión de permanecer

Mientras la lluvia sigue cayendo implacable sobre Acaricuara y la estructura del templo continúa cediendo gradualmente, el padre Joan David permanece en su puesto pastoral. No se queda porque ignore lo que está ocurriendo, sino precisamente porque lo ve con claridad y aun así decide mantenerse firme, sosteniendo con su presencia constante una misión que no depende exclusivamente de un edificio físico, sino de algo mucho más difícil de explicar con palabras: la decisión consciente de no abandonar a quienes tampoco tienen a dónde ir.

Su testimonio se convierte así en un recordatorio poderoso de que, en los lugares más remotos y desafiantes de Colombia, hay personas que eligen diariamente la perseverancia sobre el desaliento, construyendo comunidad desde la fe y la solidaridad práctica.