El falso satanismo de Belén de Umbría: cuando el dolor juvenil se confunde con lo demoníaco
Falso satanismo en Belén de Umbría: dolor juvenil confundido

La alarma satánica que ocultó una tragedia social en Risaralda

Hace más de dos décadas, como reportero, llegué a Belén de Umbría, un pueblo templado de la cordillera en Risaralda. La misión: investigar un supuesto brote de satanismo denunciado por autoridades, padres y profesores. La alarma era grave: entre enero y junio de 1998, el hospital local reportó 37 envenenamientos con agroquímicos, con 21 casos que parecían intentos de suicidio. Seis personas murieron, entre ellas Laurita, una estudiante de octavo grado cuyo colegio prefiero no nombrar.

El pacto de muerte que estremeció a un pueblo

Justo en ese curso, el 17 de marzo, cuatro jóvenes de 15 años hicieron un pacto de muerte. Consumieron Neguvón, un antiparasitario para ganado, mezclado con colombinas de Bom Bom Bun. Laurita y Adriana fallecieron; dos se salvaron, una por arrepentimiento a tiempo y otra porque su organismo resistió. En ese mismo plantel, ya se contaban diez intentos de suicidio colectivo en años recientes.

La situación escaló tanto que a Belén llegaron 15 psicólogos profesionales, brigadas del Instituto Piaget de Armenia, del ICBF, de la Defensoría del Pueblo de Risaralda, dos teólogos de Cali y hasta un franciscano italiano experto en satanismo. Durante tres días, entrevisté a unas 25 personas –padres, maestros, alumnos– y la mayoría creía que algo siniestro y paranormal acechaba a la juventud.

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Varios mencionaron a un grupo de adolescentes de octavo B que iban al cementerio de noche, bailaban sobre tumbas y escribían en lápidas. El franciscano, desde Italia, aseguró que el problema era el rock pesado que incitaba a la autoaniquilación. Las recriminaciones entre adultos crecieron, y una familia incluso vendió su casa y emigró a Pereira.

La verdad detrás del mito: dolor, no demonios

Este aparente brote demoniaco, una reedición medieval en el trópico, era fascinante y doloroso. Sin embargo, el testimonio de Jorge, otro adolescente local, desbarató la historia. Explicó que los rituales en el cementerio eran de chicos que extrañaban a las compañeras fallecidas, a quienes iban a recordar, llorar y escribir mensajes de nostalgia. Con el tiempo, añadieron música y licor, terminando bailando a Chichi Peralta entre cruces y mausoleos.

Según Jorge, otro grupo sí intentó un ritual a la salida del pueblo: se vistieron de negro, colgaron crucifijos al revés, pusieron música trance y hasta sacrificaron un gato para beber su sangre. “Cuando se la iban a tomar, ninguno fue capaz”, me confesó.

Escribí “En Belén el diablo anda suelto”, una crónica donde las alarmas no eran por Lucifer, sino por el abandono, la escasez de diálogo y soporte emocional para jóvenes en zonas periféricas de Colombia. También por la ausencia de proyectos educativos que combatieran la ignorancia y el pensamiento mágico, y por la terquedad en perpetuar ficciones que generan infelicidad, culpa y remordimiento.

Ecos en el presente: polémica en Bogotá y libertades en conflicto

Recordé esto por el Jueves Santo pasado, cuando medios y redes registraron un supuesto ataque de satánicos contra la fe católica en la iglesia de San Francisco, en la avenida Jiménez con carrera séptima de Bogotá. No hubo una versión completa: no se aclaró si hubo violencia contra feligreses o impedimentos para entrar o salir del templo.

Lo que vi en videos fue una comparsa de gente vestida de negro, con disfraces y maquillajes, haciendo un performance con un nazareno dócil y encadenado siguiendo a un personaje gótico, alguien apuntando con un crucifijo como fusil, y un afiche de un papa similar a Francisco con el tricolor colombiano. Se escucharon gritos como “en la iglesia violan en nombre de Dios” y “pedófilos”. Hubo un conato de enfrentamiento, pero sin registros claros de agresiones.

En cambio, abundaron titulares escandalosos. Un concejal del Centro Democrático pidió investigar y sancionar. La candidata uribista, cuyo nombre evoca indirectamente al Espíritu Santo, declaró: “Horrible que no haya habido autoridad que defienda el derecho a la expresión religiosa, que es fundamental”. Hasta el gobierno, presidido por un hombre que ha chismeado sobre actividades sexuales de Jesucristo, emitió un comunicado exigiendo respeto por la libertad religiosa e instando a investigar.

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El problema con estas declaraciones es que el argumento de la libertad de culto rige para todos. Y en medio, la siempre problemática libertad de expresión. Así como millones pueden acudir a un templo y creer en milagros, otros deben poder disfrazarse, gritar sus críticas a una iglesia que aún debe explicaciones, desde teologías que inventan demonios para control social, hasta el encubrimiento de curas pedófilos premiados por un papa hoy en los altares.

La historia de Belén de Umbría y los eventos en Bogotá revelan cómo el pánico moral y las ficciones colectivas pueden oscurecer problemas reales: en un caso, el dolor juvenil por abandono; en otro, el debate sobre libertades en una sociedad diversa y conflictiva.