En una época donde abundan las acusaciones infundadas y los delitos imaginarios, resulta pertinente recordar el emblemático caso de las brujas de Salem. Este episodio histórico, que incluso inspiró la obra teatral de Arthur Miller, sigue siendo un poderoso recordatorio de los peligros del fanatismo y la intolerancia.
El origen de la histeria colectiva
Corría el año 1692 en Salem, Massachusetts, cuando dos niñas, sobrina y nieta del recién llegado pastor Samuel Parris, comenzaron a exhibir comportamientos extraños: gritos histéricos, arrastrarse por el suelo y contorsiones involuntarias. Un médico examinó a las menores sin encontrar enfermedad física alguna. Sin embargo, pronto otras jóvenes del pueblo empezaron a manifestar síntomas similares.
El pastor Parris afirmó haber oído hablar de casos análogos y declaró que tales conductas eran señales inequívocas de brujería. Según su interpretación, las niñas estaban endemoniadas por obra de brujas. Así se desató una cacería de culpables.
Las primeras acusadas
Las primeras mujeres detenidas fueron Tituba, una esclava de origen caribeño; una mendiga del pueblo; y una respetable señora que despertaba sospechas por no asistir a misa. Todas fueron acusadas de brujería. Con el tiempo, se sumaron más sospechosas, dando inicio al famoso juicio de las Brujas de Salem.
En total, más de 200 personas fueron acusadas. De ellas, treinta fueron halladas culpables, y diecinueve fueron ahorcadas (contrario a la creencia popular, no fueron quemadas en la hoguera).
Un símbolo de persecución injusta
La persecución de brujas en Salem se ha convertido en un paradigma de los juicios donde se acusa a inocentes de crímenes imaginarios. Investigaciones posteriores sugieren que fue el propio reverendo Parris quien indujo a las niñas a sus brotes histéricos, y que las demás acusadas imitaron esos comportamientos al ver la atención que despertaban. Se trató de un caso típico de histeria colectiva.
La motivación de Parris era crear temor en la comunidad para que la gente siguiera sus directrices religiosas, pero la situación se le escapó de las manos. Tres siglos después, todas las condenadas fueron declaradas inocentes, pero los juicios de Salem perduran como un símbolo de los peligros del fanatismo y la intolerancia.



