Hay edificios que hablan a través de sus muros. Basta con entrar a la sede de Crespo de la Fiscalía General de la Nación en Cartagena, en donde no solo hay tragedias convertidas en fríos expedientes, para sentir que allí algo anda mal, porque el aire espeso y la espera bajo un calor pegajoso dicen más que cualquier queja. No es una simple incomodidad de oficina pasajera, sino una situación que viene golpeando a funcionarios y usuarios en una ciudad donde la temperatura no da tregua y donde una mole casi hermética se convierte en horno cuando el aire acondicionado deja de funcionar.
Quienes frecuentan esa sede saben que esta historia no empezó ayer. El aire se daña, se anuncia una reparación, se invierten recursos y al poco tiempo vuelve el mismo martirio, como si la solución siempre quedara a medias. Mientras tanto, fiscales, investigadores, asistentes, empleados y ciudadanos siguen cumpliendo funciones, atendiendo diligencias o esperando respuestas con el sudor encima, la cabeza pesada y la paciencia reducida dentro de un espacio sin ventilación suficiente.
Condiciones laborales precarias
Hay despachos con cientos y hasta miles de carpetas, fiscales sin apoyo, equipos escasos, fallas de conectividad y falta de insumos básicos, de modo que pedir resultados oportunos ya es bastante exigente, pero pedirlos bajo un calor que agota el cuerpo y enturbia la mente termina siendo una forma silenciosa e hirviente de maltrato laboral y una falta de respeto hacia el ciudadano.
Impacto en la función judicial
Nadie piensa mejor con el sudor pegado en la espalda ni decide con serenidad cuando el ambiente lo obliga a resistir, porque el oficio judicial exige concentración, criterio y trato digno y todo eso se evapora cuando el espacio de trabajo se vuelve hostil. Una audiencia o actuación investigativa no deberían depender de la capacidad de aguante de quien las hace, pues la justicia necesita condiciones mínimas para funcionar con humanidad y no apenas con sacrificio.
Por eso el llamado es directo y definitivo. La parte administrativa de la Fiscalía y las entidades responsables de garantizar condiciones laborales adecuadas no pueden seguir tratando este asunto como una avería más en la lista de pendientes, ya que lo que está en juego no es el lujo de trabajar fresco, sino la salud de los servidores, la eficiencia del servicio y la confianza ciudadana. Si el sistema central ya no sirve, habrá que replantearlo y, si todavía sirve, tendrá que operar de manera estable, porque la justicia en Cartagena ya tiene suficientes demoras como para cocinarse entre paredes calientes o aguantar huelgas por esa situación. En un horno puede salir pan, pero difícilmente una decisión fresca, sensata y oportuna, por eso urge apagar ese frío institucional antes de que siga quemando la paciencia de quienes trabajan allí y la confianza de quienes todavía llegan a la Fiscalía esperando un atisbo de justicia.



