La caída de 'El Mencho' revive la sombra del narcotráfico en América Latina
Caída de 'El Mencho' revive sombra del narcotráfico en Latinoamérica

La captura de 'El Mencho' reaviva el fantasma del narcotráfico en América Latina

La reciente caída de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como 'El Mencho' y considerado uno de los narcotraficantes más buscados de México, ha vuelto a colocar sobre la mesa una realidad que América Latina conoce de manera demasiado íntima: la convivencia prolongada y traumática con la violencia sistémica y la ilegalidad organizada.

Un fenómeno que trasciende la seguridad

Este acontecimiento no representa simplemente una noticia más del ámbito de la seguridad. Constituye la confirmación palpable de un fenómeno que ha marcado a varias generaciones en la región: organizaciones criminales que no operan únicamente al margen de la ley, sino que logran infiltrarse profundamente en las estructuras del Estado, imponer sus propias reglas, controlar economías locales enteras y sembrar el miedo en la vida cotidiana de millones de personas.

En el caso específico de México, la influencia del crimen organizado ha alcanzado niveles tan profundos que numerosos analistas utilizan incluso el término "narcoestado" para describir un escenario donde la corrupción deja de ser un hecho aislado para convertirse en parte integral del sistema, y donde los carteles narcotraficantes alcanzan cotas de poder que ponen en entredicho la autoridad legítima de las instituciones.

El espejo colombiano: una historia de dolor y aprendizaje

Resulta imposible no dirigir la mirada hacia Colombia. Nuestro país ha pagado un precio incalculable, en vidas y en desarrollo, a causa del narcotráfico. Durante décadas, la nación vivió bajo la sombra alargada de capos como Pablo Escobar y los poderosos carteles de Medellín y Cali, enfrentados entre sí y en una guerra abierta contra el Estado.

Este conflicto dejó un legado de miles de muertos, atentados terroristas, instituciones debilitadas por la corrupción y un miedo colectivo que marcó de manera indeleble a toda una generación de colombianos.

Una lección compartida: de negocio ilegal a problema estructural

México y Colombia comparten una lección fundamental, aprendida con enorme dolor: cuando el narcotráfico logra consolidarse, deja de ser únicamente un negocio ilegal para transformarse en un problema estructural de la sociedad. Ya no se trata solo del tráfico de sustancias prohibidas, sino del control de territorios por grupos armados, de economías locales que llegan a depender del dinero ilícito y de una cultura de impunidad que erosiona día a día la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes.

El caso mexicano introduce además un elemento que hoy preocupa a todo el continente americano: su papel central en la producción y tránsito del fentanilo. Este opioide sintético, desarrollado inicialmente para uso médico controlado, ha terminado convertido en la droga más letal del mercado ilegal actual. Su potencia, que puede ser hasta cien veces superior a la de la morfina, ha provocado decenas de miles de muertes por sobredosis y ha desencadenado una grave crisis de salud pública, con especial virulencia en Estados Unidos.

La adaptación constante del crimen

Colombia conoce muy bien esta dinámica: cuando la economía del crimen se instala en un territorio, las consecuencias negativas no tardan en expandirse como una mancha de aceite. Ocurrió históricamente con la cocaína, y no resulta descabellado pensar que nuevas sustancias sintéticas puedan convertirse en otro desafío monumental si no se actúa con anticipación y firmeza. El narcotráfico no permanece estático; por el contrario, se transforma, se adapta a los controles y busca constantemente nuevas rutas de tráfico y mercados de consumo.

Un legado que permea la vida colectiva

En ambos países, la violencia asociada al narcotráfico ha permeado la vida diaria y la memoria colectiva de sus pueblos. Ha condicionado decisiones políticas, cercenado oportunidades económicas legítimas y truncado incontables proyectos de vida individuales y comunitarios. La comparación entre ambas realidades deja una conclusión meridiana: el narcotráfico no solo destruye vidas humanas de manera directa, sino que también debilita las bases de las democracias, minando su legitimidad y capacidad de acción.

La discusión que realmente importa

Por ello, la discusión pública no puede limitarse únicamente a la captura o la caída de un capo criminal, por importante que este sea. La pregunta de fondo, la que realmente define el futuro, es cómo evitar que otro individuo ocupe su lugar en la cadena del crimen. Mientras el narcotráfico siga representando una opción económicamente rentable frente a la falta de oportunidades legales y de desarrollo social, el ciclo de violencia y corrupción se repetirá inexorablemente.

México y Colombia lo han aprendido con un dolor inmenso. Enfrentar este fenómeno de manera efectiva exige mucho más que operativos policiales o militares espectaculares: requiere la construcción de instituciones fuertes e íntegras, un sistema de justicia eficaz y transparente, políticas sólidas de prevención del consumo, una educación que ofrezca alternativas reales a los jóvenes y una estrategia integral de Estado que comprenda que este no es solo un problema de seguridad nacional, sino un desafío social, económico y moral de primer orden que nos involucra y compromete a todos como sociedad.