La Brecha Digital en Salud Tiene Género: Un Estudio Revela Costos y Riesgos Desiguales
Brecha Digital en Salud Tiene Género: Costos y Riesgos Desiguales

La Brecha Digital en Salud Tiene Género: Un Estudio Revela Costos y Riesgos Desiguales

En Bogotá, una mujer describió con calma lo que siente cada vez que intenta acceder al sistema de salud: “El sistema da por sentado que como todo es tecnología y todo el mundo puede acceder a un celular, todo el mundo va a acceder al servicio. Pero eso no es así.” Esta no es una queja aislada, sino el resumen de una realidad documentada por el consorcio internacional Digital Health and Rights Project, liderado en Colombia por la Universidad de los Andes. La investigación muestra que la digitalización de la salud avanza más rápido que las condiciones reales de las personas para adoptarla, y ese desfase no afecta a todos por igual.

Digitalización que Excluye en Lugar de Incluir

La conversación pública sobre salud digital suele estar llena de promesas, como telemedicina, inteligencia artificial y aplicaciones que acercan servicios. Sin embargo, una pregunta incómoda surge: ¿qué pasa cuando digitalizar no significa incluir, sino trasladar costos a quienes menos pueden asumirlos? En salud, esto es crucial, ya que no se trata solo de innovación, sino de derechos, confianza, cuidado y desigualdad. El estudio, realizado con 301 jóvenes de 18 a 30 años en Colombia, Ghana, Kenia y Vietnam, revela que conectarse sigue siendo difícil para muchas personas, y estas dificultades no se distribuyen de manera neutral, sino que también tienen género.

Muchos participantes hablaron del costo de los teléfonos, el precio de los datos, la falta de wifi, conexiones inestables y barreras para distinguir información confiable en salud. En algunos casos, la conexión no era una comodidad, sino una carga. Por ejemplo, Mamushka, de 29 años y residente en Nairobi, lo describió claramente: “Tu teléfono está ahí, pero es solo un pedazo de metal sin uso. ¿Compras crédito [internet], o alimentas a tus hijos con hambre? Es una decisión difícil.” Esto desmonta la idea de que digitalizar equivale automáticamente a incluir; a veces, significa trasladar costos a los más vulnerables, profundizando brechas en el ejercicio de derechos.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

Impacto Desigual en Mujeres Jóvenes

El estudio muestra que estas barreras no afectan a todos por igual. Las mujeres jóvenes hablaron más que los hombres de exclusión digital, relacionándola con falta de ingresos, dinámicas del hogar y control sobre su vida cotidiana. Varias participantes describieron la necesidad de compartir sus teléfonos con familiares, parejas o amistades, no por elección, sino por necesidad u obligación. Esto limita la posibilidad de buscar información en salud con libertad, consultar contenidos sensibles, comunicarse de forma privada y ejercer autonomía. Una mujer en Medellín lo explicó sin rodeos: en su comunidad rural, las mujeres dependen de que el esposo pague el internet; si él no recarga el teléfono, ellas simplemente no se conectan.

Así, la brecha digital no es solo una brecha de acceso, sino también de autonomía. No basta con que exista una conexión; lo que importa es quién puede usarla sin miedo, con privacidad, tiempo propio y capacidad real de decisión. La privacidad aparece en el estudio no como un asunto técnico, sino como una experiencia social profunda. Al preguntar quién representaba el mayor riesgo si accedía a información personal, muchos participantes señalaron primero a quienes tenían más cerca: padres, parejas, vecinos, familiares. Varias mujeres hablaron de vigilancia constante sobre sus redes sociales, mensajes y actividades en línea.

Consecuencias Graves para Grupos Vulnerables

Para personas que pertenecen a grupos estigmatizados, como personas que viven con VIH, comunidad LGBTQ+ o trabajadoras sexuales, este miedo puede tener consecuencias más graves. Una joven de 25 años en Nairobi que vivía con VIH lo experimentó brutalmente: el médico le envió un mensaje de texto recordándole que debía renovar su fórmula médica, su hermana lo leyó antes que ella y se lo contó al padre, quien esa misma noche le dijo que ya no era su hija, obligándola a irse de la casa. Esto obliga a replantear el lenguaje sobre protección de datos: la privacidad no debería ser un lujo, sino una condición para ejercer derechos sin miedo.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

Cuando una persona teme que buscar información sobre su salud pueda exponerla al juicio, castigo o estigma, deja de buscar, se autocensura o se retrae, vaciando la promesa de la salud digital. Sin embargo, el estudio no se queda solo en el diagnóstico del daño; también recoge el deseo de aprender. Muchas personas participantes expresaron interés en recibir formación sobre derechos, inteligencia artificial, seguridad y herramientas para navegar el entorno digital con más criterio y protección. Esta demanda no es anecdótica, sino una pista política importante.

Necesidad de Pedagogía Digital con Enfoque de Género

Durante años, la transformación digital se ha pensado sobre todo en términos de infraestructura y conectividad, pero esta investigación sugiere que eso no basta; hace falta pedagogía digital. No una capacitación superficial para usar plataformas, sino una formación capaz de fortalecer autonomía, pensamiento crítico y capacidad de incidencia. Y si la desigualdad digital tiene género, esa pedagogía también debe tenerlo, no por corrección política, sino porque los costos de conectarse, exponerse y buscar ayuda no recaen igual sobre todas las personas.

La experiencia digital está mediada por el poder: quién controla el dispositivo, quién tiene espacio para la privacidad, quién puede hacer una consulta sin miedo a ser vigilada. Por ende, la pregunta urgente no es solo cómo digitalizamos más la salud, sino cómo evitamos que esa digitalización reproduzca exclusiones ya existentes. Si ignoramos que esa exclusión se vive de manera distinta según el género, la tecnología no corregirá injusticias: simplemente las reorganizará en nuevas plataformas, dispositivos y formas de control.

Reconocer que la brecha digital tiene género no es un gesto retórico, sino una condición mínima para que la salud digital pueda ser realmente más justa. Para cumplir su promesa, la salud digital no puede avanzar únicamente desde la innovación tecnológica, sino desde una mirada que ponga en el centro el derecho a la salud y las condiciones reales de las personas para ejercerlo, reconociendo explícitamente que estas condiciones están atravesadas por el género. Cerrar la brecha digital no es solo ampliar cobertura: es garantizar acceso equitativo, privacidad, seguridad y, sobre todo, autonomía para quienes hoy enfrentan mayores controles, riesgos y barreras. Esto implica invertir en formación y capacidades que permitan a las personas, según el género, habitar los entornos digitales sin miedo, con herramientas para protegerse y participar. Digitalizar la salud es una oportunidad para llegar mejor, cuidar mejor y ampliar derechos, pero si no se hace con un enfoque de género y de justicia, esa misma transformación puede terminar profundizando las desigualdades que dice querer resolver.