Carolina Hoyos: 'El cuerpo entendió antes que la cabeza' en su libro sobre duelo y resiliencia
Carolina Hoyos: 'El cuerpo entendió antes que la cabeza'

Carolina Hoyos: 'El cuerpo entendió antes que la cabeza' en su libro sobre duelo y resiliencia

Carolina Hoyos Turbay, presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia, ha lanzado su libro 'Felicidad imperfecta', una obra profundamente personal que explora su proceso de duelo tras la pérdida de su madre, Diana Turbay, asesinada por la violencia en Colombia. La publicación, presentada en el contexto de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, ofrece una reflexión íntima sobre cómo enfrentar el dolor y construir resiliencia desde la experiencia más devastadora.

Un amanecer que cambió todo

En las primeras páginas, Hoyos describe con crudeza el momento en que su vida se quebró. "No fue una idea. No fue un pensamiento articulado. Fue una sensación física, inmediata, imposible de ignorar", escribe. A los dieciocho años, tras el entierro de su madre en un cementerio del norte de Bogotá, despertó en la casa de su padre con la certeza de que su mundo había dejado de existir. El dolor, según relata, estaba en la piel, en el estómago, en la garganta, un dolor en carne viva que hacía que respirar requiriera esfuerzo.

Recuerda el entierro como una pesadilla lenta y espesa, rodeada de periodistas, cámaras, familiares y figuras políticas, mientras intentaba procesar una pérdida que sentía íntima e imposible de compartir. "Estaba vestida de negro, con una camisa blanca, y tenía la sensación permanente de que todo era mentira", confiesa, esperando que alguien anunciara que era un error y su madre aparecería. Pero no apareció.

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El movimiento como supervivencia

Fue su padre, con una convicción profunda, quien decidió que no podía quedarse quieta. "No puede quedarse quieta", dijo, no como una orden, sino como un acto de amor para evitar que el dolor la tragara entera. Así, el domingo enterraron a su madre y el lunes la mandó al colegio. Aunque en ese momento le pareció brutal e injusto, con los años comprendió que ese gesto fue fundamental para su recuperación.

Hoyos explica que su avance no fue heroico ni inspirador, sino torpe, irregular y desordenado. Hubo días en que levantarse de la cama era una hazaña, pero lo hizo siempre. "Cada pequeño movimiento —ir al colegio, cumplir un horario, sentarse frente a un cuaderno— no resolvía el dolor, pero lo contenía", escribe. Aprendió que poner límites al dolor no significa negarlo, sino impedir que ocupe todo, evitando que la herida se infectara emocionalmente.

La mente como refugio interno

Con el tiempo, descubrió que no solo el dolor necesita límites, sino todos los sentimientos. La tristeza sin contención se vuelve abismo, la rabia sin cauce se vuelve destrucción. Parte de esos límites llegaron a través de la disciplina y la cotidianidad, como cumplir horarios y repetir gestos pequeños en medio del caos interno. Pero algo más profundo comenzó a operar: la mente.

Poco a poco, comprendió que no era solo lo que le había pasado lo que determinaba su sufrimiento, sino cómo su mente lo habitaba. "Todo es mentecéntrico", afirma hoy, explicando que la mente permite poner límites internos cuando el mundo externo se desmorona. Sin saberlo, estaba construyendo el primer esqueleto interno de su vida adulta, una estructura mínima que la ayudó a orientarse en la pérdida.

El aire prestado de la familia

En su proceso, no estuvo sola. Su padre, su esposa Piedad, y sus hermanos Mauricio y Andrés fueron presencias amorosas que le dieron el aire necesario para subir poco a poco, como en el buceo cuando un compañero presta su regulador alterno. "Cuando alguien está en shock, no necesita respuestas. Necesita oxígeno", reflexiona. Ese apoyo fue más importante que cualquier discurso, permitiéndole seguir caminando sin entender.

Con los años, ese gesto mínimo se convirtió en el primer acto de lo que llama 'felicidad imperfecta': no la alegría o la calma, sino la decisión profunda de seguir viviendo cuando nada parecía tener forma. Hoy, como presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia, Hoyos comparte esta historia no como una lección de superación, sino como un testimonio honesto de que el dolor puede, con tiempo y apoyo, transformarse en aprendizaje y crecimiento personal.

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