La aparición del virus del Hanta, afectando a pasajeros de un crucero, volvió a despertar uno de los grandes talentos de la humanidad moderna: imaginar el apocalipsis apenas escucha una palabra infecciosa pronunciada con suficiente dramatismo. Bastan algunos casos reportados, una rata sospechosa y un barco lleno de turistas confinados en altamar para que medio planeta empiece a visualizar cuarentenas flotantes, besos bajo vigilancia epidemiológica y romances cancelados por razones sanitarias.
Y, la verdad, eso no es para tomárselo a la ligera: cuando aparecen enfermedades potencialmente graves, la prudencia deja de ser paranoia y empieza a parecer inteligencia básica.
Pero aun así, aquí sigue la especie humana. Buscando el aquello. Porque el erotismo y el miedo siempre han compartido camarote. La gente puede hablar durante horas sobre transmisión, secreciones, riesgos biológicos y superficies contaminadas… pero bastan dos personas, atardeceres, música suave y una bebida tropical servida con exceso de optimismo para que el departamento inferior empiece a tomar decisiones sin demasiada consulta con el cerebro. El crucero —para hablar de los contagios que en este caso requieren contacto muy íntimo—, además, tiene algo peligrosamente simbólico: miles de personas encerradas, pieles expuestas, emocionalmente relajadas y convencidas de que lejos de tierra firme también quedan suspendidas las consecuencias.
Ahí aparece la vieja contradicción humana. Ciudadanos que usan alcohol glicerinado cada quince minutos, pero terminan besando a alguien cuyo historial médico, emocional y judicial desconocen por completo. Personas aterradas por los roedores transmisores del Hanta, aunque perfectamente dispuestas a compartir cama con individuos que tienen más alertas afectivas que un boletín epidemiológico continental.
Y no, la conclusión no es cancelar el aquello ni convertir la cama en una unidad de aislamiento infeccioso. La prudencia no está peleada con las ganas. Lavarse las manos sigue siendo una magnífica idea, pero elegir bien con quién se comparte la planta baja, mucho más. Porque una cosa es defender el aquello y otra comportarse como voluntario involuntario de un experimento microbiológico patrocinado por el mal criterio.
La humanidad probablemente seguirá sobreviviendo a virus, alarmas sanitarias y titulares apocalípticos. Lo que no siempre sobrevive es la dignidad después de ciertas decisiones tomadas bajo luces tenues, exceso de ron y optimismo hormonal descontrolado. Por eso conviene recordar algo elemental: ir al catre con ganas puede ser una decisión maravillosa de la vida… siempre y cuando no termine necesitando rastreo epidemiológico internacional. Hasta luego.



