Rosa tiene 50 años. Siempre fue la más risueña de su grupo de amigas, pero ahora evita reír en público. Blanca, de 78, empezó a usar ropa más amplia para ocultar lo que le avergüenza. Ximena, de 38 años, madre de tres hijos, hace más de un año dejó de dormir con su esposo: la incomodidad y el miedo al mal olor cambiaron su vida íntima. Son historias distintas atravesadas por un mismo problema del que casi no se habla: la incontinencia urinaria femenina.
Reír, estornudar, levantar una bolsa del mercado o simplemente ponerse de pie puede desencadenar la pérdida involuntaria de orina. Muchas mujeres optan por guardar silencio antes que consultar. “Es una patología que las mujeres sufren en silencio. Solas. Incluso con amigas cercanas les da pena decir: ‘ve, yo me orino’”, explica la ginecóloga Karen García, especialista en salud pélvica femenina.
Una condición más frecuente de lo que se cree
Una revisión sistemática internacional publicada en 2025 y citada por la International Continence Society estimó que el 25,7 % de las mujeres adultas presentan algún grado de incontinencia urinaria, es decir, aproximadamente una de cada cuatro mujeres. En países en desarrollo, donde existen mayores barreras de acceso a diagnóstico y tratamiento, la prevalencia puede superar el 31 %, según reportes epidemiológicos recientes de esta misma organización científica. Incluso en sistemas de salud con mayor acceso a atención especializada, como el Reino Unido, análisis citados por el National Institute for Health and Care Excellence (NICE) estiman que cerca del 34 % de las mujeres adultas presentan síntomas.
Aunque suelen asociarse con edades mayores, también aparecen en mujeres jóvenes: revisiones clínicas del National Institutes of Health (NIH) muestran que entre el 7 % y el 37 % de mujeres entre los 20 y los 39 años reportan síntomas, especialmente después de embarazos o por debilidad del piso pélvico. Especialistas advierten que las cifras reales podrían ser mayores porque muchas pacientes no consultan.
No es solo cosa de la edad
Aunque el paso de los años influye, la incontinencia urinaria por esfuerzo —la más frecuente— aparece cada vez más en mujeres jóvenes. “El envejecimiento del tejido influye, especialmente en la perimenopausia y la menopausia, pero los embarazos y el deterioro del piso pélvico son factores determinantes”, explica la doctora García, de la Clínica especializada Melier. También inciden hábitos cotidianos que muchas veces pasan desapercibidos. “Estamos viendo mujeres jóvenes que levantan mucho peso en el gimnasio sin tener un piso pélvico preparado”. Según la especialista, incluso pacientes de 25 años han consultado por síntomas tempranos.
Cuando el cuerpo empieza a dar señales
La incontinencia urinaria suele comenzar de forma silenciosa. Primero aparecen pequeños goteos al toser, estornudar o reír. Luego puede ocurrir al caminar rápido, levantarse de una silla o incluso antes de alcanzar el baño. La paciente empieza con pérdidas pequeñas, pero con el tiempo pueden aumentar en frecuencia e intensidad. Lo que muchas mujeres consideran normal o inevitable puede ser el inicio de una condición tratable.
Más allá de la incomodidad física, la incontinencia urinaria afecta la seguridad personal, la vida social y la relación de pareja. “La paciente permanece húmeda, puede presentar mal olor y alteraciones en la piel. Esto disminuye la calidad de vida”, señala García. En algunos casos, el temor al rechazo o la incomodidad durante la intimidad genera distancia emocional. “He tenido pacientes cuya pareja les decía que olían mal. Eso puede inhibir el deseo y hacer que eviten el encuentro íntimo”. Muchas mujeres dejan de hacer ejercicio, viajar o participar en actividades sociales antes de consultar.
Tratamientos que hoy pueden evitar la cirugía
Durante años, la cirugía era una de las principales alternativas en los casos avanzados. Hoy existen opciones intermedias que permiten intervenir antes de que el problema progrese. Actualmente existen terapias no invasivas orientadas a fortalecer el piso pélvico y regenerar los tejidos de soporte. Estas tecnologías basadas en energía permiten regenerar las áreas comprometidas. “El láser regenera mucosa y ligamentos; la radiofrecuencia mejora el soporte de los tejidos; y la silla electromagnética fortalece el músculo del piso pélvico”, explica la especialista de la Clínica Melier. Estas terapias permiten trabajar distintos niveles afectados: músculos, ligamentos, uretra y vejiga, y sin cirugía.
El tratamiento suele realizarse en sesiones progresivas y los primeros cambios pueden percibirse en pocas semanas. “Muchas pacientes empiezan a notar disminución en la cantidad y frecuencia de los goteos desde la primera sesión”. Aunque la cirugía sigue siendo necesaria en casos severos, muchas pacientes pueden beneficiarse de tratamientos conservadores. “Podemos pasar de una paciente que usa pañal a una que utiliza solo protector. Para ellas eso representa un cambio enorme en su calidad de vida”, explica la especialista.
Durante años, la incontinencia urinaria ha sido una condición silenciosa. Pero no debería serlo. “No es normal. Tiene tratamiento. Y entre más temprano consulten las pacientes, mejores resultados podemos obtener”, concluye la especialista. Romper el silencio puede ser el inicio de la recuperación.



