Del bullicio infantil a las funerarias: el ciclo de los encuentros en la vida adulta
Cuando miramos hacia atrás en el tiempo, descubrimos que la existencia humana no se mide únicamente en años calendario, sino en los espacios físicos y emocionales donde nos fuimos encontrando con aquellos amigos que marcaron nuestras vidas. En la infancia, las reuniones giraban inevitablemente alrededor de celebraciones como cumpleaños, primeras comuniones o aquellas tómbolas que hoy llamamos con el anglicismo family day, eventos llenos de globos de colores, pudines caseros y piñatas que estallaban en lluvia de caramelos.
La inocencia de los primeros encuentros
En aquellos años dorados de la niñez no existían preocupaciones mayores, solo un bullicio feliz que sabía a bolis de leche con Kola Román y piononos recién horneados. El mundo era un patio amplio donde todo parecía posible y los problemas se resolvían con un abrazo o un juego compartido. Luego llegó la adolescencia y con ella una transformación radical en la naturaleza de nuestros encuentros sociales.
Los eventos juveniles cambiaron de nombre y escenario: ahora se llamaban fiestas, asados, sancochitos o bailes improvisados que surgían espontáneamente en las salas y patios de las casas familiares. A menudo, los padres aparecían con cara de jueces estrictos justo en el mejor momento de una canción, recordándonos que los vecinos merecían su descanso nocturno. "¡Bajen ese volumen!", nos reclamaban con mezcla de exasperación y cariño.
Entre risas contenidas y miradas cómplices, obedecíamos bajando el sonido del equipo de música, mientras las suelas de nuestros zapatos seguían rozando el piso con ese sonido característico similar a un ceceo, marcando el ritmo sobre las baldosas aún calientes por el baile, resistiéndose con terquedad juvenil a dejar morir la fiesta antes de tiempo.
La transformación en la tercera edad
Hoy, al aproximarme a los 62 años, entrando en esa etapa donde las canas pesan tanto como los recuerdos acumulados y con más de una década tomando el cóctel diario de pastillas multicolores—la de la presión arterial, la del colesterol, la de los triglicéridos, la de la diabetes, las vitaminas esenciales y alguna que otra medicina cuyo nombre ya se me escapa—, observo con cierta melancolía cómo las reuniones sociales han cambiado nuevamente de naturaleza.
Ya casi no ocurren en patios soleados ni en terrazas con vista, sino en los espacios sobrios de las funerarias. Allí, entre responsos litúrgicos y coronas de flores que despiden aromas mezclados, aprovechamos para saludarnos después de tanto tiempo, contarnos las últimas novedades familiares y, sin decirlo demasiado en voz alta, compartir esa inquietud existencial que nos ronda a todos los presentes: ¿cuándo me tocará a mí estar en el centro de este ritual?
Memorias de los primeros rituales fúnebres
Recuerdo vívidamente mi primera experiencia en una funeraria, allá por el año 1974, durante las exequias de mi bisabuelo materno quien había alcanzado los venerables 90 años. Escuché a mi padre y a mi abuelo hablar en voz baja, medio en broma y medio con cariño genuino: "Le dábamos su roncito todos los días, hasta el final". Dentro de este dialecto particular de las honras fúnebres cartageneras, existía un viejo conocido que, habiendo vivido mucho tiempo fuera de la ciudad, solía aparecerse misteriosamente en los sepelios, incluso cuando no conocía personalmente al difunto.
Lo hacía con un propósito dual: saludar a conocidos de antaño y repartir discretamente su tarjeta profesional de abogado, actualizando así su regreso definitivo a la ciudad. Mi padre, hombre de buenos tragos y mejores amigos, pertenecía además a un grupo particular que, cuando alguno de sus miembros "se iba", organizaba una despedida etílica en su honor.
Los rituales de despedida
Dejaban simbólicamente una silla vacía en la mesa, con un vaso de whisky cuidadosamente servido, brindando colectivamente por el ausente. No lo hacían con tristeza paralizante, sino con profunda gratitud hacia el amigo perdido, como si su memoria constituyera un halo de luz que seguía iluminando desde la distancia a quienes quedábamos en este plano terrenal.
Ahora, sintiéndome ya casi parte del club no oficial de veteranos de la vida, agradezco a Dios conscientemente cada nuevo día que amanece. Hoy pienso especialmente en Ricardo Vélez Pareja, ese ser entrañable que recientemente pasó al otro plano existencial, a quien quisimos profundamente y cuya ausencia duele. Lo imagino cantando boleros eternos allá, en las alturas, con la misma elegancia natural y alegría contagiosa que siempre lo caracterizaron.
Este relato constituye un réquiem personal por Rica, cuya memoria inspira estas líneas y nos recuerda que, aunque los escenarios cambien, la esencia de los encuentros humanos permanece: celebrar la vida incluso cuando recordamos a quienes partieron.



