Venezuela tras la captura de Maduro: un nuevo modelo de poder global asimétrico
Venezuela tras Maduro: poder global asimétrico en acción

Venezuela tras la captura de Maduro: un nuevo modelo de poder global asimétrico

El mundo se despertó conmocionado el 3 de enero al enterarse de que Nicolás Maduro había sido capturado por la Fuerza Delta en un asalto espectacular a Fuerte Tiuna. Las redes sociales se inundaron de debates, los medios de comunicación intentaron descifrar el evento y ciudadanos de todo el planeta observaron el futuro de Venezuela, y de sus propias naciones, con una mezcla extraña de esperanza e inquietud.

Un escenario post-captura marcado por la incertidumbre

Tres meses después, lo ocurrido resulta cada vez más difícil de enmarcar en términos convencionales. El vocabulario político tradicional – cambio de régimen, intervención, estado satélite, protectorado, régimen clientelar, colonia, ocupación económica – es amplio, pero el consenso sobre cómo definir la situación es nulo. Esto revela algo más grande: el mundo está cambiando, y Venezuela es un síntoma claro de esa transformación. La captura de Maduro no encaja en el lenguaje político del siglo XX, señalando una evolución en las formas de ejercicio del poder a nivel global.

La estrategia estadounidense: control económico sin ocupación territorial

Lo sucedido tras el 3 de enero no ha seguido el guion conocido de intervenciones pasadas. Estados Unidos no ha desmantelado el sistema chavista, pero tampoco lo ha sustituido por completo. En su lugar, ha emergido una situación mixta y compleja: mientras las estructuras fundamentales del chavismo permanecen en pie, Washington ha optado por servirse de ellas para intervenir directamente en el núcleo económico del país.

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  • La administración Trump ha asumido el control de las exportaciones energéticas venezolanas.
  • Ha abierto la puerta a inversiones masivas de empresas estadounidenses.
  • Venezuela posee algunas de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero su industria está devastada tras décadas de mala gestión, expropiaciones y sanciones internacionales.

Reconstruirla requerirá miles de millones de dólares y años de inversión continua, en un entorno de enorme incertidumbre jurídica y política. Aun así, el incentivo persiste: el crudo pesado venezolano sigue siendo valioso para compañías americanas que buscan amortizar su inversión en infraestructuras diseñadas específicamente para procesar este tipo de petróleo. No se trata de una ocupación militar tradicional, pero sí de un modelo de coacción económica que plantea cuestiones incómodas sobre la soberanía económica de Venezuela.

Ambiguidad estratégica y sus riesgos

La ambigüedad mostrada por las administraciones de Trump y Delcy Rodríguez no es accidental, sino profundamente estratégica. Responde tanto a oportunidades como a limitaciones inherentes al contexto global actual. Tras las experiencias de las últimas décadas, Washington parece haber descartado tanto la transformación radical de un sistema político como la inacción absoluta. El mundo globalizado del siglo XXI provee nuevas formas de coacción, particularmente eficaces para una gran potencia como Estados Unidos. Trump ensaya una vía intermedia: influir sin asumir plenamente los costos políticos y económicos de gobernar directamente.

Pero si bien esta ambigüedad es deliberada, también puede resultar costosa a medio plazo. La lucha de justificaciones – entre las que destacan la lucha contra el narcotráfico, el beneficio económico puro o la contención de la influencia china – puede confundir el debate público y político. Un futuro gobierno demócrata en EE.UU. podría aprovechar esta situación de indefinición para imponer la narrativa que defina los años venideros en la relación bilateral.

Continuidad chavista y adaptación del sistema

De momento, la realidad sobre el terreno no se corresponde totalmente con los esperanzadores cantos de cambio político lanzados desde la administración Trump. Las estructuras fundamentales del poder chavista no han desaparecido. El aparato estatal, las redes de seguridad y las alianzas internacionales clave siguen en pie. La propia continuidad de Delcy Rodríguez en posiciones de poder refleja una transición controlada más que una ruptura radical, lo que sitúa a la oposición venezolana en una postura incómoda y compleja.

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El tiempo parece jugar a favor de quienes ya estaban en el poder. La élite chavista conserva buena parte de sus mecanismos de control, desde las estructuras de seguridad hasta sus redes de poder territorial. Lejos de desaparecer, el sistema ha demostrado una notable capacidad de adaptación: cede en lo económico para atraer inversión, pero resiste con firmeza en lo político. Es en esa tensión constante donde se juega el futuro inmediato del país.

Escenarios híbridos y dependencia externa

La situación actual abre la puerta a escenarios híbridos y soluciones pragmáticas. Podrían darse acuerdos tácitos entre sectores del gobierno y de la oposición, reformas parciales que permitan atraer capital internacional sin alterar completamente el equilibrio de poder interno, o transiciones graduales sin ruptura violenta. Sin embargo, estas soluciones dejan sin resolver cuestiones fundamentales, especialmente en el ámbito de la justicia transicional y la legitimidad democrática.

A más largo plazo, la dependencia externa se perfila como uno de los principales riesgos para Venezuela. La reconstrucción económica del país exigirá acceso a financiación internacional, mercados globales e instituciones multilaterales en los que Estados Unidos mantiene una posición dominante. La relación que se está configurando no es la de una ocupación militar clásica, pero tampoco la de una plena autonomía nacional. Es una interdependencia profundamente asimétrica, donde el poder económico se convierte en la principal herramienta de influencia.

Venezuela como síntoma de un cambio global

Por eso, la cuestión venezolana trasciende ampliamente sus propias fronteras geográficas. No es solo un problema de transición política interna o de reconstrucción económica post-crisis, sino un indicio claro de algo más amplio: la transformación acelerada de las formas de ejercicio del poder en el sistema internacional contemporáneo. Allí donde antes predominaban las intervenciones territoriales directas, emergen ahora mecanismos de control más difusos y sofisticados, apoyados principalmente en la economía globalizada y las finanzas internacionales.

En este contexto, el derecho internacional aparece progresivamente desplazado y desbordado. La dificultad para encuadrar jurídicamente lo ocurrido en Venezuela no es solo conceptual, sino normativa. Las categorías legales existentes no alcanzan a describir – y mucho menos a regular eficazmente – este tipo de intervenciones económicas asimétricas. Y cuando el derecho pierde capacidad de nombrar la realidad, también pierde capacidad de ordenarla y limitar los abusos de poder.

Hace más de dos mil años, el historiador griego Tucídides escribió que cuando falla el derecho, los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Venezuela parece hoy inscrita en esa lógica cruda y ancestral, pero actualizada al siglo XXI. Lo verdaderamente interesante no es solo lo que ocurre en las calles de Caracas, sino que, al intentar explicarlo, el mundo ha descubierto que ya no entiende completamente el nuevo lenguaje del poder global.