La izquierda latinoamericana ha construido su identidad política en torno al antagonismo con Estados Unidos, considerado el gran enemigo del capitalismo. Sin embargo, la administración de Donald Trump ha puesto en evidencia que esa supuesta dignidad tenía un precio, como se observa en la actitud servil del chavismo hacia el imperio norteamericano.
El enemigo histórico de la izquierda
El enemigo político de la izquierda latinoamericana se inventó hace décadas: Estados Unidos. Tras la captura de Nicolás Maduro, un usuario en Twitter preguntó con rabia: "¿Pero quién se inventó que la policía del mundo es Estados Unidos?" Otro respondió con acierto: Hitler. La Segunda Guerra Mundial terminó con la alianza de Estados Unidos, Rusia y los aliados para derrotar al fascismo alemán. Luego, el poder de ambos dividió al mundo en dos bloques: capitalismo y comunismo. La historia demostró qué sistema sobrevivió.
Esa dicotomía llevó a que los líderes de izquierda consideraran a Estados Unidos como el gran enemigo. El Che Guevara lo llamó "el gran enemigo de la humanidad"; Lula Da Silva dijo que "Estados Unidos debe aprender que América Latina no es su patio trasero"; y Salvador Allende, antes del golpe, acusó a una potencia extranjera de desestabilizar su economía.
La dignidad con precio
La dignidad de la izquierda latinoamericana se edificó sobre ese antagonismo, pero Trump ha mostrado que esa dignidad, especialmente la del chavismo, tenía un costo. Justo antes de la captura de Maduro, el presidente Gustavo Petro protestó airadamente por el ataque militar estadounidense contra colombianos en lanchas que presuntamente transportaban drogas. Semanas después, se reunió con Trump y mostró orgulloso su autógrafo en una gorra MAGA, el símbolo más característico del trumpismo.
En Colombia, RTVC, el canal público convertido en propaganda gubernamental, cubrió la reunión como un evento histórico, mostrando cadenas de oración, la llegada puntual de Petro en corbata y su saludo de mano a quien antes dijo que jamás estrecharía.
La reputación en juego
Los mandatarios de Colombia y Venezuela, Petro (legítimo) y Delcy Rodríguez (usurpadora), están siendo atacados en su reputación, el activo simbólico más importante. Rodríguez adquiere la imagen de empleada de Trump más que de mandataria.
Aunque la captura de Maduro hizo creer que Trump acabó con el chavismo, Venezuela sigue gobernada por los mismos amigos de Chávez y Maduro, solo que ahora es un chavismo indigno, servil al imperio. Trump retiró a Delcy Rodríguez de la Lista Clinton, y ella agradeció al imperio, que le ha permitido permanecer como presidenta encargada por más de 100 días. El chavismo perdió su capital simbólico, pero ahora cuenta con el dinero de la explotación petrolera reanudada por empresas norteamericanas.
¿Y si algo similar ocurre en Cuba, donde muchos esperan el fin del comunismo mediante una intervención del imperio? Quedaríamos en el peor de los mundos.



