Cuatro años de invasión rusa: la guerra que transformó el orden mundial
El cuarto aniversario de la invasión rusa a Ucrania obliga a reflexionar no solamente sobre el conflicto bélico, sino también sobre las ilusiones, en ocasiones peligrosas, de las paces prematuras. Las guerras siempre estarán bien ejecutadas, mientras que las paces casi nunca lo están, porque la fragilidad de la paz puede conducir a futuros enfrentamientos, nunca al contrario.
De guerra relámpago a conflicto prolongado
Cuando comenzó la eufemísticamente denominada "operación militar especial" ordenada por Vladimir Putin, el mundo apenas intentaba recuperarse de una tragedia sanitaria global. La invasión se transformó rápidamente en un episodio más de la fatiga internacional. Sin embargo, la guerra nunca desapareció porque simplemente no se fue. Cambió de forma, de intensidad y de narrativa.
Inicialmente, el Kremlin pretendió presentarla como una guerra relámpago. Ucrania caería en setenta y dos horas, según afirmó Putin. Han transcurrido más de treinta y cinco mil horas desde entonces. Lo que aspiraba a ser una demostración de fuerza terminó exhibiendo algo completamente distinto: una debilidad evidente de un poder que se consideraba fuerte.
Rusia parecía sólida, determinante y vertical. Pero a los fuertes se les notan más las debilidades que a los débiles. La prolongación del conflicto ha desnudado limitaciones militares, económicas y políticas que contrastan marcadamente con la imagen inicial de potencia dominante. De hecho, la ralentización de la guerra se ha debido, en buena medida, a que las partes se están quedando sin municiones.
Una guerra tibia y global
Cuatro años después, la guerra ha ingresado en una fase profundamente estratégica. Ya no puede comprenderse únicamente en términos militares. Es una guerra política, geoeconómica, tecnológica y social. Algunos analistas la describen como híbrida. En realidad, se trata de una guerra tibia y global.
Tibia porque, aunque no ha escalado a una confrontación directa entre grandes potencias, tampoco ha sido contenida y su temperatura mantiene un clima peligroso para el orden internacional actual. Global porque sus efectos atraviesan mercados energéticos, cadenas de suministro, presupuestos de defensa, sistemas de alianzas y narrativas ideológicas.
En efecto, la guerra ha dejado al descubierto las costuras deshilachadas del orden internacional. Ha mostrado la facilidad con que los regímenes autocráticos sincronizan sus apuestas estratégicas y realizan gimnasia rítmica para que sus intereses coincidan con la barbarie. Pero también ha evidenciado las dificultades de las democracias para armonizar el interés nacional con las exigencias de libertad, legalidad y justicia.
La resistencia ucraniana y el aprendizaje europeo
En este escenario complejo, la resistencia ucraniana ha sido, ante todo, un ejercicio de supervivencia estratégica. Las operaciones militares y de inteligencia han permitido mantener la existencia del Estado, incluso en medio de reveses tácticos significativos.
La base industrial de defensa ucraniana, que comenzó como un esfuerzo improvisado, ha evolucionado hacia un ecosistema con potencial estratégico considerable, especialmente en:
- Desarrollo y uso de drones
- Guerra cibernética
- Software militar especializado
Este desarrollo no es un detalle menor: podría convertirse en un pilar fundamental de la seguridad europea de posguerra si logra integrarse de manera estructural en las cadenas de suministro de la Unión Europea y la OTAN.
Europa, por su parte, enfrenta un aprendizaje acelerado y forzoso. La guerra ha demostrado que la "zona gris" no es una anomalía temporal, sino una condición permanente con la que deben coexistir. Prepararse para provocaciones, sabotajes, presión energética o campañas de desinformación ya no es opcional, es un mandato imperativo.
Incluso si la intensidad militar rusa disminuyera significativamente, ningún acuerdo diplomático impedirá que Rusia continúe siendo una amenaza constante para Europa. Los acuerdos, de hecho, suelen seducir a los autócratas, porque les fascina violarlos cuando las condiciones les resultan favorables.
Limitaciones rusas y resiliencia ucraniana
Sin embargo, también sería un error estratégico sobreestimar la capacidad ofensiva ilimitada de Moscú. Rusia enfrenta restricciones económicas severas, desgaste militar acumulado y tensiones estructurales que limitan considerablemente su margen de maniobra. La guerra ha sido extraordinariamente costosa en todos los sentidos.
El aguante estratégico -ese concepto que combina resistencia económica, cohesión política y capacidad militar sostenida- se ha convertido en la variable decisiva para ambas partes. No se trata solamente de quién avanza kilómetros en el terreno del otro o en el propio, sino de quién soporta más tiempo la presión acumulada.
Desde el ángulo social, la guerra ha producido otro fenómeno crucial: la resiliencia cívica. La resistencia ucraniana no depende exclusivamente del Estado ni de la ayuda externa. Redes de voluntarios, organizaciones comunitarias, brigadas de producción de insumos militares y sistemas de apoyo a desplazados han tejido una infraestructura social robusta que sostiene la continuidad del esfuerzo bélico.
Aunque la ayuda internacional ha fluctuado desde 2022, la capacidad de autoorganización ha compensado parcialmente esas brechas. La disposición mayoritaria de la población a sostener la guerra el tiempo que sea necesario revela que la supervivencia nacional es percibida como una responsabilidad colectiva profunda.
El futuro de la paz y el orden internacional
De tal suerte, la guerra solo terminará cuando Rusia deje de luchar activamente. Porque si quien deja de resistir es Ucrania, Ucrania desaparecerá como Estado soberano. No se trata de una consigna emocional, sino de una constatación estratégica fundamental. Para Kyiv, la derrota no representa una pérdida territorial parcial; constituye una amenaza existencial, una sustracción de materia definitiva.
Por eso esta es una guerra global, aunque no sea total. Global en sus efectos, en sus implicaciones normativas y en su capacidad de reconfigurar el equilibrio internacional. La noción de paz, en este contexto, no puede reducirse a la firma de un documento diplomático.
Sin garantías estructurales creíbles y sin un rediseño profundo de la arquitectura de seguridad europea, cualquier alto al fuego sería apenas una pausa temporal y una bocanada de oxígeno, nada más. Cuatro años después, la guerra tibia continúa su curso.
No arde con la intensidad de una conflagración mundial como las que presenciamos hace más de ochenta años, pero tampoco se enfría lo suficiente para reducirse a un mero conflicto congelado. Se mantiene en una temperatura estratégica constante, alimentada por el cálculo político, el desgaste mutuo y la voluntad inquebrantable de resistencia.
Y en esa temperatura intermedia, o tibia, se juega el futuro del orden europeo y, en buena medida, el funcionamiento del sistema internacional en su conjunto. La lección más importante de estos cuatro años podría resumirse así: la paz verdadera requiere más que el silencio de las armas; exige estructuras que impidan su regreso.
